God save the Queen, God save the monarchy?
Al hilo de la muerte de la reina Isabel II me vuelvo a plantear la legitimidad, idoneidad, sentido, étcetera, de la monarquía, obviamente también, y ante todo, de la nuestra. Les adelanto que no lo tengo claro, en sentido estricto, pero desde luego de lo que huyo es de las argumentaciones tópicas a favor y en contra. Imaginen por dónde voy. Razonablemente, y en primera instancia, la monarquía parte del hecho de que todos no somos iguales, que por nacimiento se es diferente. Y por ende, presumiblemente un privilegiado. Se dice también que se es monárquico de corazón y republicano de razón. Tampoco me creo eso.
Visto lo visto: los políticos ya no buscan convencer, sino seducir, algo tan irracional como la propia monarquía. ¿No? Yo voy más lejos y dudo del principio de igualdad universal por el que se debe presuponer que todos tenemos derecho a llegar a ser, potencialmente, presidentes de nuestra república. Ni por actitud ni mucho menos por aptitud. Últimamente no para de cuestionarse la legitimidad de todo, de comer carne o no, de vestir prendas hechas con piel u otros elementos animales, de las bondades de la sostenibilidad, de la educación complaciente en las escuelas…cosa que me parece bien: me encanta el espíritu crítico con el que enfrentarse a la vida. Lo que ya no me encanta es el maniqueísmo subyacente con el que en todas esas cuestiones y unas cuantas más, se arroban muchos en un narcisismo de superioridad. Lo mismo ocurre con la monarquía.
Declararse monárquico es como declararse yo qué sé, salvaje, primitivo, tosco, antiguo y necesitado de que un ente superior nos cuide y nos proteja con su halo de misterio. Y yo creo, humildemente, que los tiros ya no van por ahí. Cuando se habla de que hay que acercar la monarquía al pueblo, me parece ingenuo que eso consista en que un príncipe se pueda casar con una ‘plebeya’ republicana y otras frivolidades al uso con el que, a menudo, se ataca a las personas de sangre azul, en esta y otras latitudes. Acercar la monarquía, para mí es ser conscientes de su utilidad, de sus posibles bondades en el plano de representatividad y como elemento aglutinador. Ya no se es rey por la gracia de Dios, ya no somos siervos, sino ciudadanos. Ni creo que lo pretendan los monarcas europeos actuales. Por ahí tampoco van los tiros. Los tiros van, al hilo de la razón de ser de este artículo, de ser, como ha sido, la reina Isabel: una mujer ponderada, pragmática en el país que inventó ese concepto, la encarnación de una institución al servicio de la colectividad, desde el primer momento, cuando selló ante sí y ante su pueblo el compromiso de que lo primero era antes, y por encima de todo: su país. De forma solemne. Creo que ningún monarca ha sido tan fiel al Imperativo Categórico de Kant por el que la conducta y proceder personal se haya podido tornar en principio moral universalmente aceptado. ¿Eso es connatural a la monarquía, es privativo, al contrario, de la república? Ni una cosa ni la otra. Es propio de una persona excepcional que antepone el deber a cualquier otro motivo.
Soy consciente que mi argumentación pone una vela a Dios y otra al diablo. Ya lo dije al principio. Pero sí hay una cosa que, en ocasiones como ésta, me da mucho que pensar. Lo ilustro brevemente con un símil: los atletas se forman y preparan en lo que ahora se llaman centros de alto rendimiento. Yo imagino a un niño llamado a ser monarca, paseando por las amplísimas galerías de palacio, entre retratos de sus vetustos antepasados. Grandes reyes entre villanos impunes de sangre azul, personas de las que aprender todas. Y crecer en ello, sabiendo que se es parte de un contrato social, elemento de un acuerdo secular no escrito, de un compromiso. Ése también puede ser un centro de alto rendimiento. Pero de todas formas, sigo sin verlo claro. Lo que sí que tengo claro es que todo empieza por ser riguroso y crítico. También con la república, y ésta no es necesariamente igualitaria. Y con la monarquía, que ya no cae del cielo. Per se, francamente, ni una es necesariamente progresista ni la otra tiene porqué es ser una rémora del pasado. Tanto me da un monárquico mitómano como un republicano prejuicioso. Como dice mi hija, en suma, la monarquía es una meritocracia amañada.





















