
Y si fuera verdad la teoría científica de que más allá de nuestro universo, pueden existir otros paralelos. Pero dejemos la complejidad de misterios cuánticos y las hipótesis interdimensionales… Sólo sé lo que percibo a través de mis humildes sentidos de humano pedestre.
No sé si realidad cuántica es llegar a casa y encontrarme con mi yo joven probándose modelitos porque tiene una cita romántica. Me interpela: “¡Llegas con otro ataque de intensidad! Anda, cuéntame qué pasará esta tarde… Tal y como veo ahora el asunto, no parece que vaya a tener mucho éxito la cosa”.
Este es el incordio que soporto desde aquella noche que llegué al dulce hogar supercansada y quise darme un baño de sales con atrezo de velitas a la manera de los idílicos films americanos; hasta me serví una copa champañera, pero de sidra El Gaitero y unos bomboncitos de marca blanca (restos navideños). Y con la ayuda balsámica de un hermoso monstruo: el lirismo del poeta musical de sueños rotos, Chet Baker. Sumergida en una ensoñación sublime, debí invocar a aquel amor del pasado, y de alguna manera, a mí misma, yendo al encuentro lúbrico. Tuve que hacerme con la tecla equivocada hacia el viaje cósmico, y en vez del abrazo de mi preciado romeo, colisioné con mi otra sometiéndome a un inquisitivo tercer grado.
El caso es que no sé cómo se produce ese desdoblamiento del tiempo cargado de yoes pasados, pero, desde entonces, su asedio sorpresivo, me come la moral con su legajo ladino de parte de lesiones. De indomable e insolente juventud, me parte por la mitad: «Me disocia». Se mete en el jeroglífico de las zonas de sombra del cerebro, pulula a sus anchas, lo deja trizado. Y eso, es difícil de lidiar, complicado blanquear.
El tiempo ha desentrañado la incógnita, pero…, ya, pa que.
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Desea reconocerse en mí, pero no le gusta lo que encuentra. Su energía devastadora, su gracejo corrosivo, su terca insistencia. Arrastra un lastre de pesados guijarros y todo tipo de sedimentos. Y, a no ser que volviera con la mágica virtud de reescribir la historia, no la quiero de vuelta, desde donde quiera que sea que venga.
He hecho muda de piel muchas veces y, con la textura del extravío, tengo otro acabado de pelaje. Vivo en otro cuerpo. Soy otra persona. Y mantengo la esperanza de haberme ganado en el trayecto, el derecho de autoclemencia por los errores cometidos.
«Y, es que ha pasado tanto tiempo que ya ha pasado todo».

