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ENTRE TÚ Y YO

Precaución amigo… peatón

María Belén Albaladejo Lunes, 26 de Septiembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

             Andar por la ciudad es abrir una puerta a un montón de señales horizontales, verticales y acústicas que, cuando vienes a saber su significado, has pasado, como mínimo, un par de veces por urgencias del Morales.

 

             “Aparatejos” circulando en asfalto, aceras, carril bici, carril bus, calles adoquinadas de uso múltiple y, además, en ilimitadas versiones: bicis, patinetes, skates, motos eléctricas, patín en línea, patín de cuatro ruedas, un artefacto de una sola rueda que parece sacado del circo. VMP (vehículos de movilidad personal ¡Ahí va eso!). Ir sobre tus simples pies es una ardua tarea digna de un entrenamiento concienzudo y multidisciplinar.

 

            Te encuentras verdaderos fundamentalistas de los carriles. Como asomes el meñique en su carril empiezan a realizar aspavientos  y a soltar por su boca poemas en rima asonante que te dejan como una estatua de cera. Si no controlas los colores o las chapitas colocadas en el suelo (ya las podían haber puesto un poquito más grandes para que se vean), corres peligro de salir del carril bici y meterte en el de coche y ahí ya, ¡el aspaviento y el poema vienen con rima consonante y un bocinazo como  banda sonora!

 

            A veces, atreverse a poner un pie en un paso de cebra es sentirte como un bolo huertano esperando la bola que te tumbe.

 

            Pretender ir desde la Plaza Circular, por el “tontódromo”, al jardín de los perros, por un carril que sea exclusivo para los andantes, es dificilísimo y requiere dosis de atención máxima. Como te pases por despiste, y no quieras cometer una “infracción” o tener un altercado, te ves delante de la Catedral y volviendo sumisa por el otro lado y Totó, (al que pronto les presentaré) desesperado.

 

 ¡Ojo! que, incluso en los sitios solo para caminar, pasan “cosas” por tu lado a una velocidad y con unos movimientos que si te giras te da una contractura paralizante.

 

            Frente a los fundamentalistas de los carriles están los negacionistas viscerales; aquellos que, “porque sí”, van con sus pies por “donde me da la gana. ¡Faltaría más!” y entre unos y otros se montan verdaderas trifulcas que, vistas escondidita detrás de una señal vertical, me dejan, de nuevo, paralizada.

 

Sujetando a Totó y suplicándole con voz  ridícula: “No ladres, no ladres o la “guantá”  a mano abierta, me la llevo yo. Son gritos de “broma” entre ellos, no me atacan a mí. Mira, el que lleva el casco colgado del brazo ya se va y el otro se queda ahí en un monólogo absurdo a gritos porque le gusta… ¡cantar! Y a lo mejor, en su casa, no lo dejan”.

 

            La preparación física para salir de casa requiere unos cinco minutos. Un calentamiento que  aprendí cuando fui a Pilates (y ahora me viene al pelo). Giros de cintura, movimientos de cuello: derecha-izquierda-atrás-adelante, pierna arriba, pierna abajo, pie hacia dentro, inverso.

 

Necesario ir con las articulaciones engrasadas para coordinar los virajes que se puedan presentar y no hacer el ridículo, una vez más, en la sala de urgencias del hospital, con magulladuras por haber puesto el cuerpo en un espacio y  momento inadecuado.

 

            La preparación emocional se puede solventar en otros cinco minutos. Mantras tipo “no voy a entrar a ningún trapo, me va a resbalar lo que oiga”. Distensión del entrecejo y buena cara. Una sonrisa evita sobrecarga en las coronarias.

 

            La preparación de la atención focalizada necesita algunos minutos más. Ejercicios rápidos pero en estado de máxima concentración. “Voy a la calle, no puedo estar pensando en las musarañas, no puedo ir mirando maripositas”. Los ojos giran de izquierda a derecha y retornan en  continuo, coordino campo visual con oídos, manos, tronco, pies y mente. Concentración, atención selectiva, serenidad. ¡Fuera estímulos diabólicos!  No miro, mientras ando, el escaparate de la tienda que me gusta tanto que si no, me estampo en la  señal de la zona O.R.A o con alguien que va absorto mirando su móvil.

 

            Y me pregunto el porqué de tanta gente con  artefactos para moverse por la ciudad. No creo que sea por hacer un beneficioso ejercicio para cuerpo y alma, porque  ¡digo yo que mover un dedo para acelerar el “bicho” no cuenta como ejercicio! Tampoco creo que sea por llegar en hora a las citas (que previamente hemos gestionado por internet, WhatsApp, etc.). La impuntualidad no es una leyenda.

 

No me quiero desalentar pensando que es por ir más rápido y más cómodo. Porque entonces, viendo la falta general de empatía, de respeto, de comunicación, de valores, de esfuerzo personal y la tendencia a  considerar una falsa facilidad para todo, me pregunto: llegar más rápido y cómodo, ¿a dónde?

 

Tengo una sensación extraña que me lleva a creer que se ha abierto la veda de derechos  “motu proprio”, a “pajera abierta” con  poca concesión a las obligaciones como ciudadanos. En mi niñez oía en casa: “demasiada vajilla en la leja de los platos finos”. Pues eso.

 

¡Ah! Si se cruzan conmigo, y voy con Totó, considérenme un peligro. No sé el resto de dueños de perros, pero yo parezco “Zorba el griego”. Voy de lado a lado de la calle en zigzag bailando el Sirtaki.

 

 Perdón por adelantado a quien le trunque su cívico (entiéndanme la ironía) andar, “bicicletear”, “patinear”, “skatear”... Es lo que tiene pasear con un perro extremadamente sociable. Todo  merece su atención dispersa y “todo” suele estar en el lado opuesto de  nuestra marcha.

 

 Estamos entrenando para que no sea así y la línea recta o correcta, una vez que aprendamos ambos la señalética, sea nuestra norma.

 

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