
La ciudad más fría de la tierra se llama Yakutsk, situada en la Siberia oriental de Rusia, es la capital de la República de Sajá, muy cerca del Círculo Polar Ártico. Antes tenía una media de hasta 40 grados bajo cero, aunque ahora ha subido a 18 grados bajo cero. En invierno puede bajar hasta 50 grados. Menos mal que para los 300.000 habitantes que pueblan este terreno la mayoría opina que “hay que tener en cuenta lo que la naturaleza nos regala, ser agradecidos, respetarla y cuidarla”. Aunque parece que se desmorona por tanta dificultad, sus gentes de ojos oblicuos, de escasa y rara belleza coordinan su vida de forma peculiar y optimista. La vida se desarrolla normalmente, en esta ciudad que es un infierno de nieve. El frío intenso no impide que vaya creciendo, enriqueciendo: petróleo, gas natural, oro, diamantes. La Universidad Federal del Noreste, el aeropuerto de Yakutsk y otro pequeño, el aeropuerto de Magan completan un importante centro cultural, científico y económico de la región. Es curioso que los rusos no conozcan el modo de vivir de los habitantes de esta zona ancestral, pero la realidad es que muchos consideran todavía que conviven con los osos y que el transporte sigue siendo el trineo.
En esta ciudad el frío es tan intenso, que solo tener que utilizar los baños (normalmente fuera de las viviendas) se enfrentan a un cambio de 100 grados de diferencia. Los yakutos no pueden usar gafas en la calle pues el metal de las patillas se congela en unos segundos, se pega a la piel y resulta muy peligroso. También el río Lena está helado siempre. El caballo comparte la crudeza del clima siberiano. Estos fieles y duros animales son esenciales para la supervivencia del pueblo yakuto, sus habitantes dependen muchísimo de ellos a pesar del clima extremo. Dicen que en menos de 800 años los caballos se han adaptado al frío de Siberia siguiendo las migraciones de esta población humana.
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Aprovecho que el calor nos sigue la pista sin piedad en este tiempo en el que ya debería darnos un respiro, para recordar este documental que vi hace tiempo en televisión. Me quedé sorprendida de la bonanza del carácter de estas personas que viven en situación límite todo el año, sonrientes mientras desarrollan sus trabajos al aire libre como puede ser un mercado. El sentido de la comodidad, del bienestar para vivir lo centran en la respuesta a una pacífica y monótona vida, pero segura.
Al margen de lo que podamos pensar, nos resentimos del calor con más dureza que los pueblos nómadas siberianos, en un mundo diario donde el frío transforma el sistema de vida. Situados en las antípodas climáticas, como nos pasa a nosotros, no paramos de protestar por otro infierno que nos debilita y nos deja sin reservas físicas, con consecuencias que se traducen en un agotamiento integral. El organismo trabaja sin descanso para mantener una temperatura interna homogénea, constante; consumimos muchos recursos para lograr la estabilidad de nuestro cuerpo. Creo que el calor intenso se ha ensanchado, nos ha robado parte de la estabilidad personal que nos pertenece. Los ciclos estacionales han cambiado y no sabemos calibrar lo que no espera.
Hablamos con cierto recelo de estas cosas, pero cada vez vamos asimilando que el planeta Tierra ha modificado su rutina. Y puede que nuestra colaboración haya sido despreocupada. Es cierto que hace tiempo que nos movemos dentro de grandes incertidumbres: nuestra salud se ve sometida a impactos que nos afectan directamente, mientras que se producen cambios visibles como olas de calor, sequías, fuertes tormentas y aumentos del nivel del mar. Buscamos explicaciones, necesitamos soluciones, pero en este momento solo se me ocurre acudir a la Filosofía, que nace con los primeros pensadores griegos. Una metáfora de lo que abruma tanto al hombre moderno como a los antiguos héroes a soportar duras pruebas, nos da las claves para entender estos sufrimientos ajenos a la voluntad humana.
El mito de Sísifo, un ensayo filosófico de Albert Camus publicado en 1942, y que empieza con una cita de Pindaro: “No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”.
¡Nos vemos pronto!

