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ENTRE TÚ Y YO

El mejor del mundo

Francisco Luis Velasco Martes, 04 de Octubre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Una mañana de otoño de este año de 2022, rodaba por la pista del técnico Kartódromo Internacional Lucas Guerrero de Chiva, en Valencia, un chaval de trece años llamado Marco Velasco Fernández a lomos de un magnífico Kart con chasis Praga y el número 212, empujado por un motor de cuatro tiempos grabado con la famosa firma Tillotson.

 

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Al hacer mención al circuito Internacional Lucas Guerrero, no se debe expresar ni escribir impunemente esa palabra. Lucas Guerrero es cuna de famosos pilotos de Fórmula 1: es como si dijéramos el tallado de miles y minúsculos diamantes, un brocado de necesarios requisitos y un mayor número de cualidades que lucen para nuestro deleite jóvenes de toda nacionalidad y condición, especialmente en los días de un campeonato mundial como la T4 Nation Cup celebrada este pasado fin de semana, favorecida por un maravilloso sol primaveral y por el clima benigno de esta tierra valenciana.

 

La definición de este tipo de trazados es, cuna de pilotos, y se tiene por aforístico ese título ya que, según los expertos de la Real Academia Española, está definido por el uso de pocas palabras para transmitir mucha información o significado, así como urde que lleguen al cielo por el angosto camino jóvenes promesas siempre dispuestas a demostrar a los mayores, los beneficios de su pericia a pesar de la inexperiencia en la vida.

 

No anduvo nada extraviado Carlos Sainz Jr., que también se bautizó aquí y que todavía se escapa algún que otro día para rodar a escondidas en el rey de los circuitos del solemne aprendizaje, como la llaman algunos; pues en la senda hacia la gloria hay tantas y tantas emociones, malos recuerdos, sin sabores y complicaciones que te obligan a volver por tus pasos al comienzo, produciendo desventuras que el alma y cuerpo comprometen, y que no habría osado actuario que se atreviera a escribirlas aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo, hipérbole muy utilizada en estos agitados días, pero que en este caso posee una exactitud imponente.

 

La vida ordinaria parece allí olvidada hasta nuevo aviso; el abstraimiento que te obliga a dirigir toda tu atención a la actividad de pilotar lo más rápido posible, viene desde la tarde del jueves hasta el domingo cuando finalizan las carreras. Tal es el objetivo principal de todos los que llevamos a cabo esa peregrinación invariable, recóndita, sin solución alguna de continuidad. Organizadores, mecánicos, jueces, comisarios, pilotos y por supuesto, los padres de las criaturas. Escasean las reminiscencias a la vida cotidiana, donde prima otra faz de la existencia nada banal, la de la competencia extrema, la de batirte contra los mejores del mundo, y donde cualquier detalle por minúsculo que sea, puede marcar la diferencia entre la divinidad de la gloria y la temida desgracia, solemos decir.

 

Las primeras vueltas de mi retoño en pista avivan el ánimo un tanto, y las últimas postrándose el sol con el lógico y perpetuo cansancio acumulado lo disipan enteramente con la premura de una exhalación. Por supuesto que, ver como tu propio hijo marca vuelta rápida tras vuelta rápida siendo el piloto más veloz del mundial en su categoría permite a cualquier padre disfrutar del calvario, grato en apariencia, en el que las palabras orgullo cuajado y plena satisfacción toman su mayor conciencia: su significado más intrínseco.

 

El circuito Internacional Lucas Guerrero es visitado anualmente por miles de pilotos, por no menos de cientos de miles de personas, en el cómputo global. Que mi hijo llegue a ser el más rápido dispone el alma para hacer alegoría del logro, mientras mis ojos contemplan con avidez las auténticas y afables muestras de reconocimiento del resto de contrincantes que se cruzan en nuestro camino.

 

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Como esa gesta no suele tener justa recompensa, sino una fama momentánea, en vano busca uno quien apueste por sustentar ese talento proverbial y único desde el origen, comenzando en la cuna a la que antes hice mención, que en este país y tratándose de deportistas tenemos para dar y repartir en el mundo entero. Ya quisieran otros pueblos sustentar y promover esa suerte...

 

Pero conociendo el carácter limitado y nada visionario de aquellos que manejan el poder y en consonancia, ese material tan preciado que es el dinero, y su manía de gastarlo en otros menesteres; que no encuentra punto de semejanza con ninguna de las conquistas que estos jóvenes son capaces de alcanzar, está claro que miles de Fernando Alonso o Carlos Sainz Jr., nunca llegarán a existir en la práctica, ni habrá servido para nada dar muestras de que nuestros hijos e hijas, sean predilectos o no, son capaces de grandes proezas si ilustres mecenas les dan nombre y fama. Solo necesitan la oportunidad.

 

En este país, pues, lejos de apadrinar a esas promesas todavía nada famosas - ¿Qué país civilizado no las desearía para sí? -, que algún día podrían enarbolar con orgullo la victoriosa bandera española a lo largo y ancho del mundo, creamos muchos y diminutos mundos separados que sirvan de enfrentamiento entre nosotros, por aquello de volver a inventar lo inventado. Quizá por la importancia de demostrar a la afluencia de extranjeros que nos visitan y nos siguen de cerca, que dejamos atrás nuestros principales valores, tradiciones, promesas, logros, proezas, aquello que nos une y lo que realmente podría hacernos grandes como país, para demostrar que somos aquella prodigiosa república bananera de hace casi cien años que fue tan desastrosa antes como la de ahora.

 

Los pretendidos «logros» de los que nos gobiernan nada valen en comparación con ese portentoso talento que se desperdicia impunemente, que hace palidecer cualquier «nuevo invento», tan entusiasta como el peor fanatismo islámico. A pesar de todo ello, hijo mío, aquí tu padre, orgulloso como nunca, te felicita por ser este fin de semana, en un momento concreto, efímero en el tiempo eterno, por méritos propios, el mejor del mundo.

 

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