
A ella le gusta esa disciplina y en ese orden de cosas.
Con diligente mansedumbre divisa cada gesto mañanero, le sonríe al astro rey que, sale por el este, al tiempo hace recuento de sus lunares, los observa: hay un sitio para cada uno, y cada uno se acomoda en su sitio. Cuando los plexos del día se aflojan y se advierte la fatiga del ocaso por el oeste, entonces respira tranquila.
El pavoneo espiritoso en la cena de compañeros del trabajo de su Adán, relatando las cuitas de los viajes por el mundo -regalo de los jefes de él-, por las buenas dádivas a la empresa. Luego, en la intimidad del hogar, un inflamado y rítmico encuentro amoroso: una locuaz y traviesa sirena con fluidos aerodinámicos, entra resbaladiza y a lo miura por su homo libidinosus para ser preñada de mandatos.
Desde que el cigoto ensambla las células de su genoma y la maquinaria, como en una cadena de montaje, se pone en marcha, parece que llevara implícito el lastre de la genealogía parental, con sus creencias perniciosas. Bien o mal estructurada su logística, la suerte está echada para ella. Por bandera, el símbolo atávico de la diosa, Venus, ♀. Y se entrega por entero al centro del universo de su homo vitruvius, ♂.
Y si las mujeres de los siglos que la habitan, contravinieran el deber de su arcadia particular, en algún momento se sublevaran, arremetieran unas con otras, arañando su espacio, las neutralizaría rauda, con la destreza de su cargo. Ella elude cualquier vínculo de tales manifestaciones.
Siempre hace y dice lo correcto. Nunca se sale del redil ni se inclina a la incertidumbre de otras aflicciones.
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Recuerdo a Gioconda Belli, en su poema, Mujeres de los siglos me habitan: Isadora bailando con la túnica / Virginia Woolf, su cuarto propio / Medea Fedra Jane Eyre… La poeta, Belli, no esconde su femineidad y feminismo. Ama al hombre. Se armoniza con su esencia sin perder la propia.
En cambio, ésta Eva, oculta a sus otras, sin querer saber; amparada en la protección y el esmero de la doméstika que la lidera.
La meretriz consorte, señorea la intendencia de la casa como nadie. Con un virtuosismo tácito que la refrenda, copula y plancha camisas, por igual.

