
Llegué al arraigo y consciencia de mis pies algo más tarde del primer llanto y de la naciente opaca mirada en blanco y negro. Compañeros perfectos del juego lactante: diez dedos, apapachados con el humus de la tierra. Casi etéreos, casi ingrávidos, casi celestiales; se entrelazaban en su recreo. La boca los mordisqueaba como a un chupete. Antes de ser calzados, su plasticidad es casi ilimitada, la que pronto abandonas y/o, nos abandona, al grito de: ¡hostia, vaaa!
![[Img #93635]](https://murciaeconomia.com/upload/images/10_2022/8998_pies-1.jpg)
Pronto aprendes a rendir pleitesía a otros pies que van enfundados en unos zapatos mejores que los tuyos, muy pulcros y relucientes. Casi siempre, para darles jabón, en perjuicio de los propios que van en cueros o, como mucho, al amparo de unas humildes zapatillas. Es cuando te das cuenta de lo inevitable. Aterrizas comprimido de mordaza a esa verdad de las piedras del camino. Y si andas a la contra y te sabes perdedor por naturaleza, ya te hundes con un ojo abierto en las turbulencias abisales del bautismo desequilibrado y caótico, del ofertorio de la vida.
![[Img #93636]](https://murciaeconomia.com/upload/images/10_2022/8908_mpies-2.jpg)
Esta mañana me he levantado con el pie derecho (pero solo porque esa extremidad, mía, no es zurda, tiene una peana muy diestra; así que, no tiene mérito). Anclados en el suelo, los he mirado fijamente… y cierto es, que tienen una ligera asimetría, pero a pesar de todo, los siento ágiles y diligentes al paso que les marco. Se supone que están preparados para sincronizar nuestra marcha; incluso acompasar la del otro, por esas sendas de Dios. Pero al cabo, nos acomete una demencia andarina (será por instinto de supervivencia, digo yo), el caso es, que nos clava a plomo en el sitio.
Después de los años, lo normal sería reconocerse en los pasos andados y el efecto de los mismos en el resultado de su rastro; ya sean livianos, graves…, sería lógico, ¿no?, esto es así. Quizá nos haría más sabios, menos torpes, a la hora de capotear la trampa y el hastío. Pero como gas invisible, esas señales se diluyen en la bruma de la memoria del tiempo. Todo se pierde y, en alguna parte de nosotros hay un obituario donde yace la ceniza de la marca de los cadáveres.
Así pues, visto lo visto, si me dieran la opción de empezar en el km 0, no nos engañemos, el estigma está en el ancestro de nuestra huella y, no te salva ni el de arriba.

