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ENTRE TÚ Y YO

En un lugar de La Mancha

Consuelo Aguayo Jueves, 20 de Octubre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Leer, lo que se dice leer, parece que los españoles leemos poco. Quizás por ello nos viene tan bien usar las plataformas digitales para todo. Que hay que contar algo, en Twitter nos despachamos con 280 caracteres, y ya está dicho. Con los tuits de los famosos, los políticos, las estrellas (no las del firmamento, claro) se suele decir que arden las redes sociales, será que ahí están los pirómanos, no sé, pero lo cierto es que esta forma de comunicación parece que va creando en la ciudadanía una especie de pereza mental que solo atiende a la lectura rápida, fulminante y efímera.

 

Si propusiéramos a varias personas al azar que nos encontrásemos hoy por la calle que lean El Quijote muchas de ellas nos contestarían que está antiguo, desfasado y que cada vez que empezaron a leerlo nunca lo terminaron. Pero claro, es que algunos empezaron a leerlo en el instituto con el único objetivo de aprobar el examen de Lengua, y aún algunos terminaron colocando el resumen del ´Rincón del Vago´ ¡Hala, asunto arreglado!

 

Yo fui de las que se lo leyeron (aunque hoy me llamaran ´pardilla´) pero más que nada por satisfacer mi curiosidad de ver lo que pasaba con aquel loco de los molinos de viento. Y si él estaba loco, no hablemos de aquel que inventó la historia. Ése ya sí que estaría de remate. Pero además aquello de que le llamaran ´el manco de Lepanto´ sonaba más bien a cuento chino del abuelo en tiempos de guerra. ¿Manco? ¿Lepanto? ¡Dios! cuántas incógnitas que despejar, aquello era peor que los sistemas de ecuaciones con la ´x´ y la ´y´. Pues, nada, me lancé al descubrimiento. Y vean lo que descubrí.

 

Dándole a la máquina del tiempo hacia adelante descubrí que en 2022 (¿les suena esta fecha?) sería el 450 aniversario. De qué, se preguntarán ustedes. Pues de aquella batalla de Lepanto en la que quedó manco ese escritor (que según juzgaba mi mente adolescente estaba ´ido´) llamado Don Miguel de Cervantes, autor de la novela que despertó la curiosidad en mis años de Bachillerato. Pero como ningún adolescente se está quietecito, yo rápidamente activé la ruleta del tiempo hacia atrás y me encontré de repente en un 7 de octubre, pero de 1571, y en medio del mar Jónico, en el golfo de Patras, cerca de la ciudad griega de Naupacto (Lepanto en italiano) donde una coalición católica formada por la Liga Santa (bueno de Santa creía yo que no debía de tener mucho, pensé, entre tanta pelotera) que aglutinaba al Imperio Español, los Estados Pontificios, la Orden de Malta, la República de Venecia y yo qué sé cuántos católicos más, que se enfrentaba violentamente al imperio otomano y sus corsarios aliados.

 

La cruenta batalla naval me dijeron que estaba promovida por el Papa Pío V (que tampoco debía ser muy santo que digamos –me dije-, a juzgar por esta movida), financiada por el Imperio Español bajo el reinado de Felipe II (aunque él se quedó en tierra -por si acaso- y mandó al frente a su hermano Juan de Austria) y la República de Malta con la finalidad de combatir el protestantismo y el islam. Pues me quedé allí hasta que ya no quedaba casi ni el apuntador, y puedo dar fe de que la batalla finalizó con la victoria de las naves cristianas en esa batalla llamada de Lepanto con la que se reforzó la hegemonía cristiana en el Mediterráneo, siempre amenazada por los infieles. Tras la victoria, al Papa le dio un subidón, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria (más tarde, la Virgen del Rosario por los rezos del rosario durante la refriega, que acabó introduciéndolo  en las letanías como ´auxilio de los cristianos´) y consideró que se trataba de una victoria moral -además de militar- de tal calibre que intuyó que a Felipe II se le recordaría como el “Rey Católico” (luego, como ya saben, la historia pasó de ese apelativo para Felipe II –creo que su bisabuelo Fernando ya tenía la exclusiva- y lo recuerda más bien como “El Prudente” no sé si es por aquello de que se quedó en tierra en esta contienda, vaya usted a saber).

 

Pero no crean que Felipe II no dominaba la esgrima y las artes de matar, no, que recuerdo cómo el comendador de Castilla Juan de Zúñiga lo instruía en el oficio de las armas, y no por adiestrarse en la contienda olvidó cultivar su espíritu porque también arremetió con las Humanidades de tal suerte que el mismísimo catedrático de la Universidad de Salamanca Juan Martínez musitó: “este chaval promete” y lo puso al día con el Latín, el Griego y el Francés (sí, creo que sacó un sobresaliente).

 

Ahora lo que más recuerdo de todo es el afán del monarca por la música, esa sensibilidad creo que la heredó de su padre, sí, asumió rápidamente el coro de capilla de los músicos flamencos, elevó a arte algunos géneros musicales, potenció los vihuelistas españoles y desarrolló verdaderamente el panorama cultural de los músicos españoles, sí, un auténtico sponsor.

 

Y con la música a otra parte -como suele decirse- volví a darle otra vuelta de tuerca a la ruleta del tiempo (iba ya más mareada que en la noria) y me vi en 2009 en la Catedral de Santiago de Compostela inaugurando una sala de tapices en la que se mostraba un pendón restaurado de la mismísima batalla de Lepanto. Ése sí pueden ir a verlo pues está para disfrute de los visitantes. Y si ya quieren rematar a vueltas con el paso de los años vayan en 2022 a algún concierto de compositores españoles renacentistas como Tomás Luis de Victoria o de otros tantos que en este año proliferan en España con motivo del aniversario de esta batalla (les confieso que yo ya no doy más vueltas).

 

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