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ENTRE TÚ Y YO

Cuatro bodas y un funeral

Consuelo Aguayo Viernes, 04 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Confieso que la vez que más me ha gustado oír la palabra ´funeral´ fue en aquella famosa comedia romántica que seguramente todos ustedes habrán visto en más de una ocasión, en la que sonaba la deliciosa Love is all aronud mientras se desarrollaba el entramado entretenido de la película Cuatro bodas y un funeral, que fíjense si gustó que más tarde a Melendi le dio por nombrarla cuando cantaba aquello de Hablando en plata, soñando en oro, subiendo al cielo, bajando al moro… Bueno que se me va la pinza, no les digo más, en resumen que nunca me ha atraído el tema funerario ni lo más mínimo. Por la misma razón tampoco me gusta el mes de noviembre lo más mínimo, con ese comienzo tétrico del día de los difuntos (y digo yo ¿a quién puede gustarle un mes que empieza con una negación?). Menos mal que este año no hace frío, pues eso era lo que me faltaba, que tuviese que soportar el mes y el frío con lo poco que me gustan las dos cosas. 


Miren que lo he intentado: que si escucho el ´Réquiem´ de Mozart, a ver, a ver… que, si voy año tras año a la representación del Tenorio a ver, a ver… Pues nada, se me despiertan otros sentidos artísticos, pero nada de amor por el mes de noviembre. Y así que, como saben ustedes que me gusta contar historias, rebusqué una de las más rebuscadas para probar suerte, pero no se preocupen que ahora mismo se la cuento a ver si a alguien le funciona y lee mi escrito de noviembre con más gana que con la desgana que yo lo escribo.


Con tanto pensar en los difuntos me fui directamente a la biblioteca a coger un libro a propósito de ´El Libro de los Muertos´ (así, sin anestesia) y me fui adentrando en su lectura con simuladas ansias de devorarlo. Pero he aquí que empecé a interesarme por él con verdadero entusiasmo, y no me creerán, pero parecía que el libro me embrujaba de tal modo que me invitaba a seguir leyendo sin descanso. Pronto supe que se trataba de un texto funerario del Antiguo Egipto que se dejaba en las tumbas, en los sarcófagos o en los templos junto al difunto embalsamado y que contenía lo más esencial para abordar con éxito el tránsito de la vida a la muerte. Porque los egipcios creían que el Alma transitaba al morir el difunto por un viaje subterráneo en barca por el río Nilo desde el Oeste hasta el Este -es decir, al lugar donde se pone el sol- y allí sería juzgada (con el sol ¿lo ven? Si hasta el Libro de los Muertos busca el verano como yo). 


Consejos, conjuros, oraciones y todo lo necesario para ayudar al Alma del difunto a conseguir superar todas las pruebas, eran escritas en un papiro por los Escribas que se depositaba junto al difunto con objeto de prepararlo para la ceremonia del Juicio Final (creo que había algunos papiros hechos ´en serie´ es decir, que servían para cualquiera, se dejaba el nombre en blanco y sólo se rellenaba una vez difunto, en cambio otros papiros se escribían más personalizados, todo dependía de su poder adquisitivo ¡lo que es la vida!). Según las creencias de los egipcios en el lugar donde se pone el sol (ya lo he dicho, sin frío, menos mal) 42 jueces deberían de convencerse de que el difunto no tenía pecado en una ceremonia en la que ante los dioses Isis, Osiris y Horcus observaban el peso de su corazón haciendo de contrapeso una pluma de un avestruz, y según se inclinara la balanza hacia uno o hacia el otro, así sería el resultado.


Pero no crean ustedes que el escrito es simple, no, una de las versiones más famosas del Libro de los Muertos - escrita alrededor de 1300 a. de C. - es la de Hunefer y calculen cómo debía ser que medía ¡5,30 metros de largo por 39 cm. de ancho! Hasta han tenido que partirlo en 8 piezas para poder conservarlo.


Junto a este ritual existían también amuletos de la vida y de la fuerza, eran los ´escarabeos´ que en vida protegían contra el mal, y en la muerte representaban la protección para el difunto. Como ya imaginan esos amuletos tenían forma de escarabajo, representaban al sol al amanecer y se ponían en el corazón del difunto para protegerlo (y no sé si también para calentarlo, no sé, yo por si acaso ya tengo uno), además el libro recomendaba que se mantuviese su cuerpo intacto sin corromperse de ahí su preocupación por las técnicas de momificación y por la necesidad de embalsamar a los difuntos. En realidad, había tanta dedicación que se podía incluso faltar al trabajo para embalsamar a un pariente (a los egipcios que no le hablen de reforma laboral).


Y no quiero terminar mi historia sin decirles que los papiros están llenos de jeroglíficos e ilustraciones en los que se recrea diferentes escenas alegóricas al ritual funerario y algunas de ellas podrán ustedes ver en el Museo Británico de Londres el Papiro de Hunefer, si es que he conseguido despertarles la curiosidad con mi escrito del mes de noviembre…

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