
Cada día surge algo nuevo. El mundo es un sistema realmente poderoso, en continuo movimiento, que no da tregua ni respiro. Y el ser humano sigue ese ritmo que gira y gira sobre su órbita particular como si le fuera la vida. Una apoteosis que provoca estrés y ansiedad, porque no sabemos estar tranquilos saboreando situaciones en las que no acontece nada. El dicho oriental sobre cómo conseguir el bienestar mental y corporal, “centrarnos en cada cosa que hacemos, reposar los pensamientos en una sola actividad” me ha costado asimilarlo, llegar a darme cuenta de lo que significa. Por qué esas zonas de contenido vacío son tan importantes y tan inconcebibles, en un mundo implacable que no se detiene.
Utilizamos estrategias mientras nos encontramos más solos que nunca. Añoramos las horas muertas en el revuelo diario, pero tienden a ser tediosas cuando se consiguen. Los profesionales aconsejan que “perder el tiempo” no es malo, una curiosa frase que se designa al arte, al ocio, y también a la patología humana. También la plena libertad es complicada. Hacer caricaturas respecto a lo que se necesita para sentirse bien, sobre la manera de ocupar el tiempo, mueve las redes sociales con recursos ilimitados. Ideas preconcebidas que salen a la palestra según la respuesta de la sociedad, irritantes por el empeño en dar respuesta a lo que la persona debe hacer con su vida, mientras el temor a no estar dentro de esas dictaduras amables nos mantiene en buena disposición para admitirlas. Hablamos de ellas dando consentimiento a todo lo que oímos, vemos y percibimos como bueno. Sin embargo, el miedo nos sitúa en un límite que puede ayudarnos como un antídoto ante tanta información. Y hoy estoy dispuesta a reivindicar esos espacios vacíos que están en coherencia y armonía con el mundo.
Buscamos relacionarnos con los demás, acercarnos a los otros, recoger lo que nos dan para sentirnos más fuertes, comunitarios, aceptados. Con nuestra actitud estamos pidiendo a gritos que nos quieran y nos digan lo que queremos escuchar, cualquier cosa menos separarnos del grupo. Pero es un acercamiento ficticio, pues ya no vemos a la otra persona, a todos los que podríamos tener cerca, como antes. No nos vemos las caras. El contacto personal casi se ha extinguido. Solo existe a través de unos mensajes que dicen muchas palabras huecas, sin contenido, enmascaradas, que no dicen nada, aunque en lo más profundo de ellas, piden a gritos que no se detengan. De esta manera, cada cual busca su lugar encantado, su hada madrina o su “fiesta” donde olvidar esa soledad, porque sin querer es necesario recurrir a cosas justas, ciertas, que nos den seguridad, que aplaquen las tensiones.
Para muchos es posible que sea el mundo virtual, al que se accede rápido, ausente responsabilidad, con vidas ajenas exhibiendo una felicidad que hace palidecer. Un mundo paralelo a la realidad de cada uno, agresivo y subliminal, sin darnos cuenta de que acabamos en esa postura tan pueril de la que nadie se escapa, justificando la utilidad de la diminuta pantalla, que nos aísla, cada día más.
Aunque siga sentada leyendo en el mismo lugar de siempre, ocupando un tiempo concentrado, silencioso en el que solo estimulo una parte de mi organismo, mi cabeza va dando vueltas sugiriendo atención sobre cosas que rondan por el interior de mí misma. Cada día surge algo nuevo que despierta mi interés, que puede ser relativo, es verdad, pero indagando un poco, logra tener un sentido más que suficiente para reflexionar. Y son las cosas que están delante, a todas horas, esos apagados reflejos personales que no nos dejan indiferentes. El núcleo de la vida. Momentos como cerrar los ojos mientras la mecedora con su vaivén lento proporciona un poco de desahogo a las incógnitas que siempre esperan respuestas, intimidan y empujan como la cosa más natural del mundo. Relajando ese movimiento al que estoy sometida por pura semejanza con la raza humana.
¡¡Nos vemos en dos semanas!!

