
Desde que empezamos este espacio de “EDUCAR en tiempos revueltos” en la sección Entre Tú y Yo hemos hablado principalmente de la educación y de la formación en sentido amplio, pero también de manera específica en distintos ámbitos y sectores económicos con diversos invitados. En esta ocasión, y con la libertad de cátedra que me dan en este querido diario de MurciaEconomía, mi diario, me voy a saltar el guion para hablar de algo tan importante como es la FAMILIA.
La familia tiene un papel fundamental en el desarrollo de sus integrantes. Para las personas, la familia es el primer espacio donde aprendemos a desenvolvernos como individuos que integran una sociedad. Es mediante la interacción con nuestros padres y hermanos que formamos nuestro carácter y valores.
Ayer, domingo 13 de noviembre, fue mi cumpleaños y aproveché para juntar a la familia en nuestra casa de campo de mi querida y añorada Galifa. Mi mujer y mis hijas, mis hermanos, mi padre, mis sobrinos, mis tíos, mis primas, mi suegra y demás allegados pasamos un rato muy agradable y disfrutamos de un arroz de marisco maravilloso cosecha de la “inigualable” Tita Loli. Está claro que faltaba una persona que siempre ha sido indiscutible en estos eventos familiares y que por desgracia hace ya casi 7 años que no está con nosotros, MI MADRE. Aunque siendo justos no puedo dejar en el tintero a otra persona que también nos falta ya hace años y que sin ella no hubiéramos estado ninguno, MI ABUELA ISABEL, nuestra matriarca.
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Y es que estas reuniones familiares, queridos lectores, también nutren y forman nuestra manera de ser y de pensar, y por supuesto de comportarnos. Ni qué decir tiene, que una pérdida repentina como fue la de mi madre, y además muy joven (58 años recién cumplidos) te cambia la vida por completo y te hace tener que salir de esa zona de confort o refugio existencial que siempre da una madre. Ahora ese pilar, férreo e indestructible, ya no está y tienes que comenzar tú a construir uno con esos mismos valores y sentimientos con los que has crecido, eso sí, moldeado y decorado por nuestra forma de ser intrínseca.
Y es por ello que hoy hago hincapié en la importancia de la familia en nuestra formación en valores, y que estos a su vez sean traspasados de generación en generación a nuestros hijos y nietos.
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La vida es un proceso pedagógico cuya principal finalidad es crecer, madurar y evolucionar como seres humanos, aprendiendo a ser felices por nosotros mismos, de manera que sepamos cómo amar a los demás y a la vida tal como son.
En general, solemos confundir la felicidad con el placer y la satisfacción que nos proporciona el consumo de bienes materiales. Y también con la euforia de conseguir lo que deseamos. Sin embargo, la verdadera felicidad no está relacionada con lo que hacemos ni con lo que poseemos. Aunque no es posible describirla con palabras, podría definirse como la ausencia de lucha, conflicto y sufrimiento internos. Por eso se dice que somos felices cuando nos aceptamos tal como somos y –desde un punto de vista emocional– sentimos que no nos falta de nada.
Y es que la felicidad no tiene ninguna causa externa: es nuestra verdadera naturaleza. Igual que no tenemos que hacer nada para ver –la vista surge como consecuencia natural al abrir los ojos–, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.
El reto consiste en aprender a aceptar a los demás tal como son y a fluir con las cosas tal como vienen. Y aceptar no quiere decir resignarse. Tampoco significa reprimirse ni ser indiferente. Ni siquiera es sinónimo de tolerar o estar de acuerdo. Y está muy lejos de ser un acto de debilidad, pasotismo, dejadez o inmovilidad. Más bien se trata de todo lo contrario. La auténtica aceptación nace de una profunda comprensión, e implica dejar de reaccionar impulsivamente para empezar a dar la respuesta más eficiente frente a cada situación. Así es como podemos cultivar y preservar nuestra paz interior.
Por todo ello, hoy queridos lectores no os doy ningún consejo sobre formación, pero sí de vida, disfrutar cada segundo en compañía de vuestros seres queridos, de la familia, de los amigos, y por supuesto, de nosotros mismos que de vez en cuando también es bueno.
Me despido como siempre con una frase para reflexionar, esta vez he elegido una del Papa Juan Pablo II:
“La familia es la base de la sociedad y el lugar donde las personas aprenden por vez primera los valores que les guían durante toda su vida”.
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En recuerdo de dos de los grandes amores de mi vida, mi madre y mi abuela Isabel…

