
Sufrimos por cosas importantes, pero también sufrimos por situaciones cotidianas que hemos condicionado por un dolor pasado. Podemos sentirnos decepcionados por la negativa de un amigo, podemos sentirnos ridiculizados por una broma, podemos sentirnos derrumbados por un fracaso; pero el sufrimiento que me genera la situación no tiene que ver tanto con esa situación sino por cómo la percibo. Responsabilizar a los demás de cómo gestionamos lo que nos pasa no es muy responsable porque la felicidad es una cuestión personal.
Tenemos heridas del pasado ocasionadas por situaciones de abandono, rechazo, humillación, injusticia o traición que dolieron tanto que no se han curado con la edad y que intentan protegernos con conductas enmascaradas de dependencia, huida, rigidez, control, masoquismo, critica. Muchos de nuestros enfados, inseguridades o miedos actuales proceden de algún daño sufrido o por lo menos percibido como amenazante por nosotros al que no pudimos hacerle frente en su momento. Y una vez aprendida la estrategia, que vino muy bien en su momento defensivo, la mantenemos a cadena perpetua sin libertad para pensar; sólo sintiendo el dolor inicial y con reacciones automáticas.
Cada uno de nosotros tenemos desde rasguños a heridas profundas según nuestras experiencias; y en situaciones cotidianas se disparan esas máscaras para salvaguardar la integridad personal.
Y como nuestro cerebro no tiene sentido del humor y se cree todo lo que le decimos, cuando esa creencia irracional se apodera de la mente empezamos a poner condiciones a las personas y a las situaciones con la fórmula si...entonces. “Si me equivoco entonces no valgo”, “si no hago lo que me dicen entonces me rechazarán”, “si no me hace caso entonces no me quiere”, y así tenemos varias cadenetas que decoran nuestra vida.
Esta decoración de cadenas se inicia en la infancia y van a continuar hasta que las queramos descolgar y colocar otras nuevas, con nuevos colores. Y estas cadenas viejas se activan en situaciones presentes que nos llevan a respuestas poco libres y descontrolas por el significado que le damos. Por ejemplo, si en el trabajo mis compañeros no cuentan conmigo para tomar un café puedo interpretarlo como un rechazo porque en ese momento se me puede disparar cuando mis amigas del colegio no me esperaban para bajar al recreo o no me invitaban a cumpleaños. O si mi hijo no arregla la habitación puedo entristecer porque no me siento respetada al igual que me ocurría con mi familia. Y estos son ejemplos suaves de cómo de manera inconsciente puede dispararme la cabeza y actuar de manera impulsiva.
Nuestros hijos también pasan por experiencias desagradables que después actúan como metralletas mentales e impulsos irracionales. Responden de manera reactiva porque han recibido señales de amenaza y necesitan protegerse. Está claro que hacer los deberes, quedar con amigos o mirarse al espejo no tiene suficiente carga negativa como para que detonen con gran frustración, aislamiento o rechazo hacia sí mismos. Es posible que detrás de esas conductas hayan creencias de infravaloración que dificultan respuestas más saludables. No todos los hijos ante tareas, relaciones sociales o el temido grano adolescente les lleva a un secuestro emocional. La diferencia tiene que estar en vivencias distintas.
La realidad es que posiblemente la nueva situación no tenga nada que ver con la situación original pero la respuesta aprendida de defensa se activará sin control. Muchas reacciones que tenemos se deben a una versión desactualizada de nuestro cerebro que impide que las respuestas sean buenas. El adolescente puede estar respondiendo como cuando tenía 8 años y no ha actualizado su programa actual de 14 años. Esto quiere decir que sigue respondiendo de manera subjetiva como aprendió en un momento de su vida, perdiendo la objetividad presente. Si hablamos de adultos pues llevamos a la espalda muchas más versiones desactualizadas que nos hacen actuar de manera errática en situaciones.
Las heridas del pasado pasan siempre factura hasta que se curan. Y la curación de las heridas se hace de manera natural a lo largo de nuestra maduración, pero hay algunas que dolieron tanto o siguen activas que no cicatrizan. Y si no somos conscientes de ellas, seguirán molestando.
Esa realidad que vivimos como verdadera puede existir sólo en nosotros por un daño pasado pero lo que sí es real es que nos interfiere en nuestras relaciones presentes. Por lo que darse cuenta que ciertas cosas nos molestan, irritan o amenazan nos ayuda a actualizar el cerebro para ser libres y con autocontrol. El primer paso para cambiar esa respuesta defensiva es identificar las situaciones que producen la detonación. Y en lugar de esperar que cambien las situaciones o las personas debemos nosotros trabajar en nuestros disparadores para ejercer un control voluntario de la conducta y no ser una bomba emocional.
Tener conciencia de esos disparadores para no reaccionar impulsivamente y poder autorregularnos es parte de la solución de respuestas ineficaces en el presente.
Sufrir gratuitamente en el presente por cosas que ya pasaron, limita nuestra autonomía emocional porque buscamos en los otros su atención, valoración y reconocimiento para ser felices. Preguntarme qué necesito yo y no qué me pueden dar para ser feliz, me hará libre.

