
Sara es una rara, caprichosa y buena amiga. Pertenece a un mundo particular hecho a su medida. Creo sinceramente que con esta reflexión la dejaré en paz, o no, para que siga su camino tal cual se lo ha trazado. Y digo dejarla en paz no porque sea yo quien tenga que intervenir en su modo de ser, sino porque me gustaría hacer algo, frenar esa peculiar tendencia a ser infeliz, y la posibilidad de que me arrastre con ella.
El mundo de Sara tiene tantos registros, es tan abundante su experiencia, su sabiduría, su percepción de lo que ocurre en la vida cotidiana, que al estar tan cerca de ella corres el peligro de que te arrebate también el pensamiento, pues se adelanta, te lo da todo hecho, masticado, resuelto. Sus ideas son visibles, claras, prácticas. Sí. Habla para sí, piensa, reflexiona, argumenta lo que quiere, y se fabrica las respuestas. A veces creo que esta amistad tiene que terminar. Naturalmente tiende a ahogarse como el fuego cuando se alimenta con demasiada leña. Influye la edad, la confianza, la rutina. Cualquier cosa puede echar a perder esa infranqueable fragilidad que se ha mantenido impecable y razonable. Ella no está cerca, y se quiera o no se pierde contenido para mantener algo que ya no crece. Tan intensa a la vez que lejana. Quién no ha pasado por esta situación que llega como todas las cosas en la vida. Los tiempos individuales señalan estados de ánimo personales de ilusión o de abatimiento. De confianza y maduración. La vida es eso. Un sinfín de finales y probables e inciertos principios. La vida es eso: lucha, derrota, junto al orden y armonía que también están presentes en nuestro universo.
Un día le hice un comentario muy simple, a pesar de dar por sentado lo fácil que es todo para ella, con ese halo tan envidiable, en el que su ánimo pocas veces decae. Fue como un arrebato de valentía, ya que suponía lo que me iba a contestar.
- Se te ve tan feliz, tan satisfecha, tan segura, que pienso si lo eres de verdad, como lo pareces.
Ella se echó a reír, pero con poca expresión. Siempre me dejaba con la sensación de ser un libro cerrado cuando se trataba algo personal. Me molestaba porque era una maga en lo referente a hurgar en los demás, sin embargo, yo era incapaz de entrar en su intimidad. No quería molestarla, la conocía y temía sus reacciones. Ejercía un dominio absoluto. Fue en ese momento cuando me sentí fuera de lugar, pensando que a estas alturas era una tontería bajarla de su pedestal. Cumplía su papel generosamente: amiga y buena gestora con los sentimientos ajenos, pero algo se había enfriado entre nosotras, y ya no tenía tanto en cuenta esas cualidades que le había regalado desde el primer día con mi actitud de admiración incondicional. Ninguna de las dos quería romper el encantamiento, la jerarquía y la posición, adquiridos sin mérito ni disciplina. Existía por consentimiento y respeto. Y éramos conscientes de que podría romperse si yo quería, porque era la única que podría rebelarse.
Pero aprendí mucho con Sara; me aportaba energía con su dominio de la situación mientras me preparaba para una batalla sin tragedias ni dramas profundos. Era un pacto silencioso, mientras nuestras conversaciones fluían acaloradamente. La vida con toda su impronta estaba presente. Se deslizaba en los laberintos que tejían las palabras, las confidencias, hasta las discusiones. Si en ese instante algún pequeño objeto hubiese resbalado en la mesa no se habría notado, tal era el aislamiento que se producía por el efecto de la concentración. Creo que me gusta retroceder a estas cosas. Y fue entonces cuando recordé las tardes en las que el profesor de filosofía nos animaba a continuar nuestro camino. Sí, comprender el sentido trascendental de la vida, siempre ha sido un reto apasionante. De esta manera nuestra amistad se forjó de reflexiones que nos aportaban cuestionar e identificar el lugar común donde nos desenvolvíamos. Seguramente fue ese hilo fino y resistente el que nos hizo sobrevivir en nuestra amistad. Aunque en cierto modo, poco a poco se fue perdiendo esa tarea de reconstrucción personal para dar paso a una rigidez propia de la rutina.
Y así hemos vivido nuestra amistad, un poco coja por lejanía y circunstancias. Pero nada parecía corromper ese aspecto invisible, ondulante, que producía vaivenes de silencio y alguna oscuridad en nuestra relación. No dejaba de sentir su respiración al otro lado del teléfono. La leve resonancia y su silencio me dejaron indiferentes. No me importaba lo que pensara de la pregunta que le había hecho. El respeto a su fuerte personalidad se había consumido. Y no esperé la respuesta. Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo mucho que había aprendido con Sara.

