
Todos lo sabemos. El ecosistema emprendedor es maravilloso y está formado por muchos protagonistas. Desde las personas y el talento, hasta las tecnologías más disruptivas, pasando por la contabilidad que incluye una casilla última con la cifra a alcanzar a fin de año.
Y siempre hay un tema diferente dedicado a este mundo del esfuerzo, la creatividad y el insomnio. Las startups son un motor de desarrollo indudable, al estilo de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Israel, Australia o Países Bajos, que son los que encabezan los países con mayor número de StartUps del mundo. Y no les va mal.
Pero resulta que, la gran mayoría de estas StartUps, están basadas en las herramientas y tecnologías digitales. Por eso pueden crecer tan rápidamente e, incluso, convertirse en gigantes al estilo de las de Silicon Valley de toda la vida. Con poca inversión y grandes ideas que ocupan esos huecos que la nueva economía digital va generando. Por eso existen empresas que permiten rastrear vuelos y hoteles, repartir comida a domicilio, observar al gato de casa de forma remota, intercambiar viviendas o hacer porras entre amigos sobre el resultado del mundial.
Todo esto es bueno. Mejora nuestro bienestar y nos permite hacer muchas más cosas que hace años. Pero la naturaleza tiende a equilibrar y no deja que todo sea bueno sin una compensación. De ahí el dicho de que lo que nos gusta, o engorda o es delito.
Porque tantas facilidades basadas en la tecnología llevan consigo algo que no existía en la época de nuestros padres. Me refiero a la ciberseguridad. Más tecnología, más precaución. Más bienestar, más riesgo. Así se comporta la naturaleza. Por un lado nos enseña a programar aplicaciones y desarrollar redes de comunicaciones y, por otro, nos castiga con ciberataques a nivel mundial. Lo estamos viendo en las grandes empresas e incluso en las administraciones públicas. Pero también las StartUps son objetivo de ciberataques. Su conocimiento en forma de algoritmo o datos, en el punto de mira de estos estafadores organizados.
Pero el riesgo no acaba ahí. Resulta que la forma más habitual de entrar en los servidores de las empresas es mandar una aplicación trampa al móvil personal de alguno de sus empleados. Para ver los resultados del mundial de fútbol de Qatar, por ejemplo, y que con su descarga y la aceptación de esas cookies que todos aceptamos sin reparos, regala su autenticación como empleado. Y a partir de ahí, al hacker sólo le hace falta una conexión a Internet. Así de fácil.
Y por eso, las StartUps no pueden quitarle el ojo a ese ciberdelincuente que, desde su cuarto en cualquier país del mundo, les puede hacer un destrozo importante. Tanto esfuerzo y tanta ilusión no se puede regalar a estos piratas digitales, así sin más. Toca proteger los equipos y, sobre todo, los terminales personales. Algo a lo que no estamos acostumbrados. Pero tampoco estábamos acostumbrados a pagar por ver películas en la televisión, y miren hoy. Pues eso. A cambiar las costumbres. Por el bien de todos.

