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ENTRE TÚ Y YO

Mujeres elegantes

Ángeles Hernández-Gil Viernes, 09 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Dora dio media vuelta en la cama y pensó convencida -mi vida tiene que ser importante-. Una frase con mucho peso. Con muchas lecturas. Pero ella sabía a qué se refería. Mientras había estado madurando lo que quería decirse, afirmar ese deseo, lo había ido puliendo de la forma más práctica posible para que esa frase rotunda y escueta fuese creíble, porque, ¿qué significaba ser importante?, una palabra que abarca concepciones abstractas como poder, dinero, control, protagonismo, cumbre profesional. Pero no era eso. No podría situarlo, ponerlo en el lugar auténtico de su escala de valores. Más bien sería parte de su inconformismo, que en esos momentos de la mañana se entrelazaba con la necesidad de encontrarse bien consigo misma.


Dora vive la vida como una carrera de fondo donde participa sin interrupciones, con estrés, con tanta pasión que en algún momento oscurece su ilusión, y lo único que consigue es enredarse en proyectos, trabajos que la dejan exhausta porque necesita ayuda. Se siente sola, incomprendida. Aun así, es tanto un deseo como una necesidad avanzar hacia la meta concreta. Eso es. Para Dora, ese entusiasmo le hace estar siempre en pie de guerra; un remolino de imaginación que la arrastra sin descanso, una necesidad que no se aplaca con el tiempo, cada vez más fuerte, aunque la energía se va encogiendo, y le resta curiosidad para mantenerse alerta en ese punto fijo. Le ha costado darse cuenta.


Una mañana me dijo que su desproporción en los sentimientos le había jugado una mala pasada, con gran sollozo, que fue en aumento mientras escuchaba una triste melodía en la radio. Dora sentía ese bullir interior como una amenaza a su integridad personal, la que quería a toda costa sostener en su endeble repertorio de posibilidades. Una extraña dimensión que aparecía en su estado de ánimo con la sensación de haber perdido los papeles. Y mientras buscaba esa salida de emergencia, recibió mi llamada. Descargó sus pesadumbres, habló cuanto quiso y acampó como una buena tormenta.


Así es Dora, mi amiga del alma; dueña de sí misma con unas convicciones potentes sobre la vida y su sentido del deber misterioso, contrapuesto. Con sus secretos, soledades y su manera de avanzar siempre. La conozco bien, y comprendo su intento de mantener y enderezar este largo camino, con un listón tan alto que la hace inmune a la derrota. A medida que escribo, recordar el perfil de Dora es como pasear por el campo y admitir que la belleza de la naturaleza nos reconforta y nos restablece con la vida. Sonrío cuando pienso en ella: en su privilegiada cabeza para salir adelante, en su carácter que lo quiere todo, sin permitirse esas pequeñas debilidades que nos vacían de contenido tantas veces. Ahí es donde reside la frase que ella denomina “ser importante”. Así la interpreto yo. Quizá ella no tenga la misma opinión, y haya más demanda en lo que dice; otra mirada más personal y amplia.


Porque ahora la mujer necesita atrapar demasiadas cosas que ella misma se exige. Y no existe la Superwoman, esa nueva mujer con la capacidad para mover diferentes piezas del puzle al mismo tiempo; cuando se ocupa de todo sin perder la belleza y la compostura, cuando la moderación ni se lleva ni vende, olvidándose de ella misma, creando una gran tensión unida a la necesidad de responder con responsabilidad. 


Y en ese ir hacia adelante, la mujer se emplea a fondo, aunque no sea lo más sencillo. Hay conflicto interior, sí, claroscuros insondables, pero existen efectos contrarios tan estimulantes como necesarios. Y creo de verdad que la mujer en general ha superado, cuanto menos, la etapa más penosa y difícil. Su autodeterminación está fortalecida. Por mucho que se diga es un deleite considerar que se ha construido lo que se buscaba. Y Ahora, contemplando los resultados, ¿hay motivos para ser optimistas? 


Pero no olvidemos que vivimos en una sociedad polarizada, donde desahogarse en las redes, impide tener empatía con los demás. Donde el enfrentamiento contundente, demoledor, no espera respuestas, ya que no existe el diálogo. He oído que “la Democracia terminó, cuando apareció Twitter”, porque si su propósito era “estar al servicio de la conversación pública”, está claro que el acoso y la violencia han borrado la intención del principio. 


¡Nos vemos pronto!  

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