
Un sábado bien temprano de invierno se me ocurrió desayunar en un pequeño poblado costero de Lorca llamado Calnegre. Es una zona virgen (aunque cada vez menos) de la costa murciana. La verdad es que se me cruzó la idea y no quise reprimirla. No estaba muy lejos del lugar, así que cogí mi coche y en media hora estaba allí.
Estaba amaneciendo. Quería sentir y oír la brisa y el sonido del mar. En realidad, es lo que más me gusta de la playa, visitarla en invierno que es muy diferente al bullicio del verano que me impide realmente disfrutar del mar.
Recuerdo aquel café bien caliente con aquella tostada de aceite servido en aceitera (nada de sobrecitos) y un enorme salero de plástico que ponía en letras casi gastadas 'el Faro'. Es uno de los momentos más sentidos que recuerdo.
La cuestión es que estaba divagando frente al mar y vi a una mujer, joven, de no más de 30 años sentada en el saliente de una roca. No estaba muy lejos, quizá a unos doscientos metros de donde yo me encontraba. No podía divisar bien su cara, pero sus gestos pausados, su postura o cualquiera sabe qué, quizá mi propia imaginación, me hizo sospechar tristeza.
Apuré mi café y me pedí otro con la firme intención de respetar la intimidad de aquella persona. Cuando me lo sirvieron, el camarero le hizo un comentario al parroquiano que compartía terraza conmigo. –“Ha vuelto la Mujer de la Sal”. Yo no pude evitar girarme y preguntar: "¿Cómo?"
Fue entonces cuando me explicaron que casi todas las mañanas aquella misteriosa mujer se acomodaba en aquel saliente frente al mar dejando pasar el tiempo. Al parecer nadie del lugar la conocía: – "No es del pueblo; eso seguro", comentó.
Sin decir más, el camarero se marchó a sus quehaceres dejándome frente a la imagen de aquella silueta misteriosa.
Sentí la tentación de acercarme, de saber más, pero obviamente sus asuntos no eran de mi incumbencia, así que regresé a mis pensamientos, a mi café y a mi periódico, aunque de cuando en cuando, tengo que reconocer, levantaba la vista y allí seguía casi inmóvil, con la mirada fija en algún punto invisible del horizonte.
El sol comenzó a salir y me alegré de estar allí y de que el ser tan madrugador, a veces, tenga su recompensa. Me sentí lleno de vida y sobre todo agradecido por su trato. Me enfrasqué de nuevo en mi periódico y me olvidé del mundo, salvo el que estaba contado en aquel papel.
Cuando, por fin leí la última hoja de forma inconsciente, miré al saliente, pero aquella mujer ya no estaba. Había desaparecido. En su lugar estaba la roca desnuda. Ausente.
La verdad es que, tras su marcha, nada fue igual, aquella silueta en la penumbra le daba carácter a aquel paisaje.
Había disfrutado de un momento único en el que todo lo que me rodeaba estaba bien, y ahora, la pérdida de un elemento desequilibraba todo el conjunto.
Aún hoy, no sé por qué, cuando voy al lugar muy de cuando en cuando, miro a la roca y me la imagino allí, sentada, con pausa, en la tiniebla mirando fijamente al mar, quizá melancólica, quizá llena de vida.
Un día pregunté al camarero por ella, por la Mujer de la Sal, pero era nuevo y no supo decirme, tampoco ninguno de sus compañeros, lo que a veces me hace pensar si realmente lo soñé y aquella mujer sólo fue un producto de mi imaginación.
He tratado de revivir aquel momento más de una vez, pero me ha sido imposible. Nunca he sentido igual, nunca la he vuelto a ver.
Desde aquel día me interesé por la multitud de leyendas que existen en todo el mundo sobre la mujer y el agua. Desde Europa hasta América, desde África hasta Asia. En la mayoría de estas leyendas se cuenta la historia de diosas o sirenas mitológicas cargadas de poder que atraen a incautos jóvenes (o no tan jóvenes) a las profundidades abisales. Nada que ver con la Mujer de la Sal. Alguien debería contar su historia de un amor sin esperanza por un hombre bello pero inasequible y fatal, o quien sabe, de un amor perdido en la mar aguardando su regreso o quizá, la simple historia de una mujer a quién le gusta escuchar el sonido del mar mientras pone orden a sus pensamientos…
Hace tiempo que no vuelvo al lugar y lo cierto es que aquel paraje seguirá siendo precioso, pero para mí, desde entonces siempre le faltará algo.

