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ENTRE TÚ Y YO

A propósito de Emma

Dolores Gil Alcayna Martes, 13 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Desde que adoptáramos la postura erguida por ‘evolución’ y dejamos atrás la pelambre, el homínido ya mostraba interés por el arte y la estética de la imagen. El cuerpo humano, además de receptáculo biológico para dar vida, es el instrumento por el que nos relacionamos socialmente y manifestamos lo que sentimos.  Comenzamos a cubrirlo por protección y pudor; a mostrarlo desnudo en todas las disciplinas del arte. A lo largo de la historia los preceptos de belleza, ligados intrínsecamente a lo cultural, han ido variando su estereotipo. Los artistas dando rienda suelta a su creatividad, han exaltado y materializado la perfección de lo bello en su obra, a la imagen y semejanza de su ojo. Y por mucho que dijera Policleto en su tratado llamado Canon, teorizando el sumun de la belleza en la exactitud de proporciones y simetría de formas, hay un incalculable número de cuerpos que no corresponderían, ni antes ni ahora, a este criterio. Sabemos que estos patrones son inalcanzables y además es imposible y aberrante. 

 

Desde que Thomas Edison sentara las bases del cine moderno con su invento: el Kinetoscopio, un artefacto que proyectaba imágenes en movimiento, el universo del séptimo arte comenzó a evolucionar hasta nuestros días. Paulatinamente, los desnudos (casi siempre femeninos) se fueron implantando en el celuloide como expresión artística y por exigencias de guion. 


La talentosa y bellísima Hedwing Eva Maria Kiesler, protagonizó el primer desnudo integral en el cine, además de una escena cargada de sexo fingiendo un orgasmo. Solo tenía 17 años. Fue más conocida como Hedy Lamarr. Sí, sí, la inventora del Wifi. 

 

Ha llovido mucho desde entonces, lamentablemente el tono discriminatorio para las mujeres, es doblemente perverso. Solo muestran cuerpos normativos en perfecta lozanía de juventud. Incluso con retoques digitales: buena iluminación, planos impecables; para mayor esplendor y gloria del morbo que da el género fresco. Explotado, expuesto como mercancía, hipersexualizado…, por no mencionar la invisibilidad de la mujer madura en papeles protagonistas y de sustancia mollar (cosa que, tampoco pasa con los hombres). Pero cuando se da el caso, el desnudo de una decana de la escena no se mima y cuida igual que el de la fémina joven.  Cuanto más grotesco, mejor: poses nada favorecedoras, salvajes planos… destacando las imperfecciones y decadencia del cuerpo.


Si no, que se lo pregunten a Anne Reid en The mother. La noche antes se desmoronó frente al espejo, odiando aquello que mostraría ante la cámara; tuvo que emborracharse y aceptar no solo la exhibición de su desnudez física. O el caso de la espléndida Úrsula Werner, “En el séptimo cielo” (dando vida a una señora más mayor de lo que era ella en ese momento, y mucho más afeada); Kathy Bates, Charlotte Rampling, Helen Mirren, Diane Keaton, y tantísimas actrices. La paridad en ciertos asuntos del cine brilla por su ausencia. No recuerdo haber visto en las películas a los partenaires masculinos de estas damas en igualdad de condiciones frente a las sutilezas del desnudo.

 

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“A las mujeres nos han lavado el cerebro para que odiemos nuestros cuerpos. Es un hecho”. Dice Emma Thompson, a propósito de su desnudo en “La buena suerte”. El revuelo que ha armado este fotograma frente al espejo, es consustancial a la involución que padecemos en pleno siglo XXI.

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