Connecting people
Para su tranquilidad, no le voy a hablar de antiguas campañas de publicidad o de gigantescas corporaciones que cayeron por falta de amplitud de miras.
Acudo a la cita quincenal con mi querido lector, aún emocionado e infinitamente feliz por un reencuentro vivido este fin de semana. No les desvelaré nombres porque prefiero que mis héroes y heroínas sigan gozando de su anonimato, pero hoy les alumbraré con el foco porque los sentimientos deben aflorar y la escritura no solo es terapéutica, sino tan eterna como mi gratitud.
Lo bueno se hace esperar y cuando llega, brota a raudales, inundándolo todo hasta provocar un tsunami de felicidad del que aún no estoy repuesto, ni creo que lo esté en mucho tiempo.
Permítame valerme de este símil y adelantarle que fue empleado en un capítulo de mi primera novela, que muy pronto verá la luz (en futuras publicaciones, y siempre con su permiso, le contaré más acerca de esta gran ilusión).
Hasta hace pocos días, tan solo era una botella de vino que reposaba durante más de dos décadas en un estante. Antes de adoptar cuerpo de botella, fui un caldo que experimentó su primera fermentación en un gran tonel de madera. De esa barrica se extrajo un vino joven que se embotelló con vitola de añada del 97, aunque nuestra cuba originaria fuera marcada con cuño del 79. Cada botella emprendió su propio viaje, almacenándose una a una, en bodegas privadas hasta que su momento llegase.
Durante 25 largos años, cada botella fue evolucionando. Se asentó su pose, el aroma se matizó, se suavizó su coloración y su bouquet adquirió un muestrario tan amplio de matices, que no precisaba cata para certificar que merecía con creces el calificativo de Gran Reserva. Bastaba con mirarlo a contraluz y aspirar las numerosas notas que quedaban cautivas en su tapón de corcho, el mismo que custodiaba que ese néctar no se derramase antes de tiempo.
Llegó el día y el ansiado descorche se celebró un sábado de diciembre. Los allí presentes decantamos nuestro contenido íntegramente y de manera generosa. Intercambiamos copas de nuestra propia cosecha con otros vinos de esa misma añada. Todos eran excelentes y todos diferentes. Ningún sabor anulaba a otro. Fue una cata memorable. Cada uno de nosotros vació por completo su botella y lo ofreció sin ningún tipo de reservas. Ninguna gota se desperdició y entre risas, anécdotas, historias, recuerdos, abrazos y muchos brindis, nos bebimos la vida sorbo a sorbo y brindamos por lo que vivimos juntos y por lo que nos unió.
¿Quiere saber quién nos unió? No fui yo, querido lector, fue el marketing y la magia que es capaz de crear, cuando todo instrumento es utilizado correctamente. No hay secretos, sino necesidades latentes. Somos seres de carne y hueso cargados de recuerdos y vivencias. Incapaces, a veces, de retornar a la barrica que fue nuestro hogar, en ocasiones por dejadez, otras veces por vergüenza, pero casi nunca por falta de ganas.
El marketing lo hizo posible y conectó a las personas. Fue el catalizador, detectando la necesidad y visibilizándola. Con cariño, mensajes positivos y totalmente sinceros, localizó todas esas botellas dispersas y les mostró el camino del reencuentro. La red social se convirtió en su gran aliado. Fue el canal utilizado para transmitir el mensaje. El boca-oreja virtual funcionó y la comunidad fue creciendo a su propio ritmo y celebrando cada hallazgo. Otro claro ejemplo de que las herramientas, por sí solas, no son buenas o malas, ya que su calificativo viene determinado por su uso. En nuestra historia, Facebook fue el vehículo transmisor que acogió pacientemente a cada botella, hasta ubicarla en la bodega familiar.
El tono comunicativo fue fundamental. Debía enganchar, contagiar, ilusionar y permitir que cada decisión fuese individual y completamente libre. No todos somos iguales, ni tomamos decisiones a la misma velocidad. Lo importante era mantener bien firme esa cuerda para que el cabo nunca se soltara y siempre estuviera al alcance de nuestra mano. En opinión de este creyente-practicante, fue la parte más complicada de todo el proceso. Si hubiéramos perdido esa conexión o cable, habríamos corrido el riesgo de que se nos cayera el sistema y difícilmente se habría completado esa enorme ilusión que tanto nos costó prender.
El reencuentro fue un gran éxito y, como ya le adelanté, el buen vino corrió a borbotones. Todos creímos y lo hicimos posible. El marketing solo nos ayudó a lograrlo, aunque debemos saber que, sin voluntad, ni ilusión colectiva, ningún proyecto o idea saldrá adelante, por muy brillante que sea nuestro plan.
Hoy me he permitido esta licencia personal y he querido rendir homenaje a mis héroes. Lo que fuimos capaz de construir fue muy grande, porque es algo inolvidable e imborrable. No tratemos de repetirlo. En la vida hay momentos que son únicos, pero no dejemos de intentarlo porque me niego a estar otros 25 años lejos de vosotr@s.
Para volver al pasado no es necesario viajar en un DeLorean, basta con emplear correctamente los conocimientos adquiridos y aplicar la filosofía de vida que, libremente, cada uno ha elegido. La mía es el marketing y me declaro creyente.
Me despediré versionando al mismísimo Liam Neeson en su papel de protagonista del filme Venganza, pero permítame adaptar su mensaje a la enseñanza que pretendo transmitir. El resultado sería este:
“Sé perfectamente quién es usted y lo que podría querer. Si teme pagar por mis servicios, le aviso de que no tengo intención de decepcionarle. Pero lo que si tengo, es una serie de habilidades concretas. Habilidades que he adquirido en mi vida profesional. Habilidades que pueden ser una auténtica bendición para gente como usted. Si rechaza mi ofrecimiento, todo quedará zanjado. No le molestaré, ni le perseguiré. Pero si acepta, le sorprenderé, le emocionaré y le convenceré”.
Brindo por mi generación del 79, convertida en un excelente vino del 97 y por las manos expertas que lo hicieron posible. ¡¡¡¡Salud!!!!





















