
Querido árbol:
Te escribo porque ya sabes lo que me gustan estas fechas. Y ya estás aquí de nuevo para alegrarme la vista. Tu presencia es recibida con júbilo por unos, y con tristeza y melancolía por otros. A la “Mirada felina” le entusiasma la preparación de las fiestas, y es que la decoración, la música, los pasteles y los regalos forman parte de una tradición que se repite de manera inexorable año tras año. A vosotros, los abetos navideños, os introdujo en México Maximiliano de Habsburgo, el emperador con el que inicié mi andadura en esta columna, y responsable del nombre de nuestro gato, que llegó sin nombre como el de Desayuno con diamantes. No os conocéis porque vivís en casas diferentes, pero a él también le gustarías. Y mucho.
Tal vez no sepas que estás lleno de simbología. Decirte que representas la vida eterna porque tus hojas están siempre verdes. Eres perenne. Para que luzcáis así de bonitos en Navidad, muchas son las circunstancias que han acaecido en vuestra existencia. Ya erais sagrados para los pueblos paganos, por eso durante el solsticio de invierno decoraban sus casas y templos con vuestras ramas. Es en la Alemania medieval donde empezaron a vestiros y a poneros guapos, os llenaban de manzanas como si estuvierais en el Paraíso, porque el día 24 de diciembre se celebraba la festividad de Adán y Eva. Había obras de teatro en la calle en las que erais la figura central, pero os prohibieron durante dos siglos en las plazas públicas. No obstante, gustabais tanto que los alemanes empezaron a instalaros dentro de sus casas, también tenían pirámides de madera iluminadas por velas, una por cada miembro de la familia. Os adornaban con frutas, galletas y luz. En resumen, que la estrella que corona el árbol es la de Belén, la luz es la de Cristo, la forma piramidal es la Santísima Trinidad, los adornos son las manzanas del Paraíso y vosotros, los abetos, sois la vida eterna. ¡Tenéis historia!
Sabes bien que el olor a castaña, el frío y las luces me hacen creer que estoy en un mundo ideal, lejos de los problemas y preocupaciones que los años me han traído. Con o sin mi permiso. Y que la Navidad es mi infancia, esa arcadia feliz que olía a especias, frutos secos, pastitas de té y panes recién horneados como el früchtebrot, ¿te acuerdas? Está hecho a base de higos secos, pasas, piel de naranja y de limón, orejones, ciruelas pasas, avellanas, nueces, clavo, cardamomo, canela y harina, y hacía las delicias de casi toda la familia, digo casi, y no necesito explicarte el porqué. Es un pan dulce y oscuro que dura muchísimo y que se hacía por San Nicolás, fecha en la que empezábamos a vestirte, tenías que estar listo para la llegada de Santa Claus, ese señor que cada año te dejaba, y te deja, bonitos regalos para que los protegieras con tus ramas, y que se hizo famoso por hacer regalos a los niños pobres cuando era conocido por su nombre, Nicolás de Bari (270-343), obispo de Mira, actual Turquía. En recuerdo suyo, en los países de habla alemana, el 6 de diciembre, día de San Nicolás, los más pequeños reciben cestitas con frutos secos y alguna fruta de temporada. Esto sí que lo sabías.
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¿Te acuerdas de nuestra Nochebuena? El 24 venía gran parte de la familia a cenar. Nos reuníamos como cada año para celebrar la Navidad, pero en nuestra casa los ricos manjares tenían que esperar porque ese era tu gran día. Santa llamaba al timbre a las ocho de la tarde. Mi padre lo recibía entre risas, chistes y brindis. Departían un rato mientras Santa hacía su trabajo. Después, se despedían amigablemente hasta el año que viene. Y tú como testigo. No sabes la envidia que me dabas, porque yo, mientras sucedía todo esto, esperaba impaciente en algún punto de nuestro hogar junto al resto de la familia. El soniquete de la campanilla nos decía que Santa se había ido ya. Qué pena, pensaba. Pero también recuerdo la alegría con la que salía corriendo hacia el salón donde nos esperabas repleto de velas, vestido con tus mejores galas. Mi madre te ponía grandes tiras de espumillón plateado y bolas y lazos de vivos colores. Ibas vestido a la moda, tu imagen era impecable. Bajo tus ramas protectoras los regalos luchaban por dejarse ver. Todos los paquetitos eran muy apetecibles con sus bonitos lazos y estrellas, ¡tanto que daba pena abrirlos! Mi madre permanecía junto a ti, leía los nombres allí escritos y nos iba llamando. Abuelos, tíos y hermanos no te quitábamos ojo, ¡estábamos expectantes! Creo que algún villancico alemán o americano sonaba de fondo, O Tannenbaum y la música polifónica durante todas las fiestas, creo que también te gustaban el oratorio de Navidad de Juan Sebastián Bach y el Mesías de Haendel como a mí. En definitiva, a ti te trajo mi madre del frío, allí donde los abetos crecen en las montañas rodeados de pastos verdes en verano y nieve en invierno, qué bonitos estáis cuando las nevadas os visten de blanco. Adultos y niños disfrutábamos mucho de esta tradición, y es que la Navidad era mi madre, bueno, es nuestra madre, aunque ya no estemos todos…te has dado cuenta, ¿verdad? Acabada la apertura de regalos y sin apenas tiempo para jugar, entre olor a cera y papel de regalo pasábamos a cenar al comedor en el que la mesa lucía impecable para la ocasión. Iba como tú, pero en horizontal. Ramitas de acebo, velas y brillantes guirnaldas yacían orgullosas junto al pato y demás manjares. Todo eran regalos. Y risas. Muchas risas. Esa noche te apagábamos hasta el año siguiente, yo me acostaba feliz con tu recuerdo que me acompaña hasta el día de hoy. Imposible olvidarte.
Por cierto, Thomas Mann en Los Buddenbrook describe una manera muy parecida de celebrar la Nochebuena en su localidad natal de Lübeck, Alemania. Sus antepasados, ya en el siglo XIX, llenaban el salón principal con familiares tuyos. Las estancias se convertían en lujosas habitaciones con vosotros engalanados para la ocasión. He de reconocer que leí esa parte del libro con especial agrado y atención. Lo entiendes, ¿verdad?
Y hasta aquí llega esta carta a mi querido abeto de la infancia, que es una oda a la ilusión que todavía permanece en esa niña que llevo dentro, y que un día fui. No somos ni mejores ni peores que el resto del año. Somos iguales, pero con otro decorado que brilla y que nos hace creer que el espíritu de la Navidad existe. Yo por si acaso lo abrazo sin complejos, que de sinsabores está el año lleno. ¡Por los sueños y por los abetos navideños! Nos vemos pronto amigo, aunque estés viejito siempre formarás parte de mis sueños navideños.

