
Al ser mi primera Navidad en situación de prejubilada, ando yo preguntándome qué va a ser de mí sin comida de empresa y río recordando los años pasados, “invitada” a estas comidas, cenas y bailes.
El tema tiene su enjundia. La comida de empresa es como una muñeca de esas rusas, vas sacando cada vez una más pequeña y al final tienes seis o siete matrioskas. Comida con los compañeros directos, comida con ellos más los de las oficinas próximas, comida con todos ellos más los de las oficinas periféricas, comida con todos esos más algunas sorpresas. Para cada una un modelo y, con suerte, un espacio a menos de 15 kilómetros y un menú variado a un “módico” precio. Nunca se sabe si incluye eso (tan simpático) del “amigo invisible”.
No solo son los eventos laborales, si eres de ir al gimnasio, perteneces a un club de lectura, de senderistas domingueros o participas en cualquier actividad con más de tres personas, cae la comida navideña de “empresa”.
Al final, sufres un ensanchamiento abdominal acompañado de un estrechamiento monetario que arrastras durante meses.
Da mucho gusto juntarse a comer con aquellos a los que ves casi a diario, durante horas y horas. Le añade un toque de novedad festivalera, aunque acabes de la paletilla de cabrito o del salmón a las tres hierbas un pelín harta, y ¡oye! ¡qué más da! No hay más días en el año para cantar “Los peces en el río”, ni bailar la conga agarraditos.
No quiero darle un tono antisocial a mi opinión sobre estos encuentros, pero… ¿tenemos que concentrarlos en dos semanas? ¿Querernos solo en estos días? Con lo a gusto que se está en junio, por poner un mes, y bailar “La barbacoa” o “Despacito” sin aglomeraciones.
Entrar a los restaurantes repletos de gente, requiere ir muy atenta para no equivocarte de salón y meterte en la celebración de otros (sobre todo si llegas tarde); correr para buscar una silla; huir “de ese, que no te hace ni chispa de gracia” o ver alejarse de ti “a ese, al que no le haces ni chispa de gracia tú”. Para todo esto, hay que estar preparada y ágil.
Como digas que no vas, ¡lo llevas claro! Empiezan los mensajes: “Ajoporro, perro verde, venga que nos lo vamos a pasar genial; como vean que no vas, te van a señalar. Si es una vez al año y vamos a vernos todos, ¡comer y bailar!”. Y aquí es cuando te acuerdas de la paletilla de cabrito, del salmón, de la conga y del gorrito de Papá Noel que te van a “calzar” en cuanto acaben los discursos y comience el baile.
Compartiendo bandeja de canapés con los que te cruzas todos los días por los pasillos, y ni saludo hay algunas veces. Y a las personas que ves en la distancia, y te alegras de poder saludar, no puedes arrimarte. En el camino hacia ellos, te agarra la conga o el trenecito, pierdes la orientación y… ¡Ponte a buscar entre gorros rojos y gafas de luz multicolor!
Entonces, te sorprendes diciendo: “Sí, vale, venga. Apúntame”. No ves oportuno aclarar que esta es la tercera matrioska de la semana y que, con aquellos con los que no te cruzas en meses y añoras, prefieres esperar a marzo, por aquello de los idus, y festejar con ellos el simple hecho de conoceros, de quereros y, si se tercia, ¡con “amigo invisible” incluido!
Será que, como se acaba un año y no se sabe si vendrá otro ni cómo será, lo condensamos a ritmo de conga y a esperar que los vientos sean propicios para volver a juntarnos en los últimos días del año siguiente.ç
En cualquier caso, si sois de “Sí” a las comidas navideñas de empresa como si sois de “No”: Feliz Navidad y muy próspero 2023. Que, ¡yo creo que sí que viene con doce meses para bailar… la conga!

