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ENTRE TÚ Y YO

Sin trampa ni cartón

Ricardo Gay Férriz Viernes, 30 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Se subió al autobús detrás de mí. Tendría apenas 40 años. Vestía deportivamente y era atractiva. Se sentó a mi lado. No lo eligió ella: los asientos se reservaban al hacer la compra. No había ni trampa ni cartón.

 

Procuré, no sin dificultad, centrarme en mis documentos de trabajo. Me esperaban tres horas y media de trayecto a destino. Pero no pude. Desde el primer momento, hasta que volví a poner el pie en el andén, estuvimos conversando. Más bien estuvo ella hablando. Se presentó. Era jovial y dinámica. Temperamentalmente sanguínea. Muy positiva y dada a la acción. Al ver que escuchaba con atención y respeto, fue contándome su vida: estaba en su tercera relación de pareja. No había tenido hijos propios, pero había convivido con los de sus respectivas parejas. En una ciudad y en otra; de aquí para allá, sin rumbo en su vida. 

 

[Img #95000]Estaba convencida de que la vida había que vivirla así, tal y como se presentaba. Sin embargo, conforme le iba preguntando, confesó que estaba vacía; que el tiempo de su vida corría demasiado deprisa hacia no sabía dónde. Le felicité por su generosidad y por su entrega en servicio de sus parejas e hijos. No era nada egoísta. Me dio buenos ejemplos, y tomé nota mental para mejorar yo. Tenía a mi lado una persona buena, ¡muy buena!

 

Casi llegando a destino, no pude menos que -mirándole fijamente a sus ojos- lanzarle la pregunta más importante, al menos para mí, de la vida: “Detrás de esa vida generosa y ajetreada, hay una persona que eres tú… ¿Quién es esa persona? ¿Quién eres tú? ...”.

 

No pude mantener la mirada por mucho tiempo. Sus ojos eran hermosos y no podía permitirme ir más allá. 

 

Poco más pudimos hablar pues yo había llegado a destino. Pero me reconoció que en realidad no se valoraba lo suficiente como para tomar las riendas de su vida, y embarcarse en una relación estable. Se quedó pensativa. Nos despedimos con un ¡Suerte en la vida!

 

Ya en la estación de autobuses pensé en lo que ella me había contado y en la importancia de reconocer quiénes somos; y qué queremos hacer de nuestras vidas. Para ello, no hace falta elucubrar grandes teorías: se responde en base a las elecciones que tomamos en las cuestiones más transcendentales, como es la elección de pareja y nuestro compromiso de fidelidad tras esa elección.

 

En el penúltimo artículo del 16 de noviembre “Y tú ¿a qué muelle te vas a dirigir?”, se planteaba indirectamente esta cuestión: 

 

¿Qué transformación radical se produce con el libre compromiso del matrimonio? Si acudimos a la imagen de los barcos “Te amo” y “Te quiero”, en el muelle vemos a dos tripulantes - “el tú” y “el yo”, Pepe y Fuensanta- con la voluntad de navegar, y en la tesitura de elegir en qué velero embarcar.

 

El velero “Te amo” es radicalmente transformador; exige una llamada específica a alcanzar un fin, a seguir navegando, pase lo que pase. Es la “llamada”, una vocación, el punto de no retorno del que hablábamos en el artículo del 6 de diciembre, en el cual la persona, que en apariencia sigue siendo la misma, se transforma radicalmente en aras al fin.


En el velero del “Te amo” solo existe el nosotros; dos tripulantes, pero un único capitán. Tras esa libre decisión, una vez puesto el pie en el barco y soltadas las amarras del puerto, se transforman del “tú” y “yo” que eran en el muelle, a la nueva figura de “el nosotros” que ha de dirigirles a destino seguro, renunciando voluntariamente a mirar atrás, a volver a puerto o a cambiar de velero con nuevos tripulantes. 

 

[Img #94999]En la travesía habrá momentos de zozobra, de vientos huracanados, de bajíos rocosos donde poder encallar, o faros que no aparecen en las cartas de navegación y que nos podrán deslumbrar y apartarnos de la ruta, que es llegar a destino -a las ricas y paradisiacas islas de las Especias- juntos. Podríamos decir, una vida lograda. No se plantean huir -abandonar el barco- ante las dificultades, porque no desean renunciar al amor que les llenaba plenamente cuando embarcaron.  

 

El matrimonio como vocación -por el encuentro y compromiso con una única persona, y no de modo genérico- transforma radicalmente a la persona. Una vez casados, la huella del compromiso, si éste cumplió todos los requisitos para ser matrimonio válido, queda para siempre, aunque con el tiempo se diluya o se dé por finiquitado.

 

¿Qué me pierdo si renuncio al compromiso con mi esposo/a?

 

En la situación del caso “Y tú a qué muelle te vas a dirigir”, probablemente la renuncia aboque al fracaso más doloroso, pues con las decisiones más libres y transformadoras de nuestras vidas no hay bote salvavidas al que acudir para huir en dirección contraria. 

 

Al optar por el velero “Te amo” hemos comprometido inteligencia, voluntad, sentimientos, cuerpo, memoria, imaginación e incluso a veces hijos… Todo ello queda dañado si se abandona el barco, sin la garantía de que la siguiente “travesía” sea exitosa.

 

Nuestra identidad nueva, “el nosotros” que adquirimos en la elección, deja de serlo operativamente con la separación o el divorcio, pero sigue estando presente de por vida de un modo u otro, aunque recompongamos nuestras vidas en otro velero y con otros capitanes. 

 

¿Qué me pierdo si renuncio al compromiso que tomé libremente? Que aquél/aquella al que de verdad amé primero, siga queriéndome incondicionalmente. Dejo de ser merecedor del amor incondicional del otro -que me afirma y me hace crecer, a pesar de nuestras limitaciones o discrepancias- para pasar a depender de un nuevo amor, puesto a prueba de nuevo, mientras se me escapa la vida, quizás de vacío en vacío…

 

Mi tesis en el último artículo del 7 de diciembre - “El punto de no retorno”- es que éste se encuentra, precisamente, allí donde uno reafirma sus compromisos; y renuncia a falsos espejismos, sin trampa ni cartón, porque el final, depende del principio.

 

Ricardo Gay Férriz


[email protected]


(Imágenes de Internet de la pintora Eva Armisén).

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