
Lo cierto es que el ser humano con el conflicto, crece. Debe ser algo innato que llevamos en nuestros genes y que, sin duda, nos diferencia del resto de especies. Los animales se enfrentan para conseguir algo y lo obtienen o no, pero todo queda ahí, existe un objetivo.
El filósofo francés Blaise Pascal ya decía en 1658 que “los humanos son la gloria y la escoria del universo”. Y probablemente llevara razón. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor a un mismo tiempo. De amar y odiar a la misma persona o de extender la mano y cortar la del vecino. Se trata de una más de nuestras contradicciones.
De todos es sabido que en época de guerra la humanidad avanza y se desarrolla con el afán de ganarla. La primera y segunda guerra mundial, que tan devastadoras fueron, nos dejaron grandes inventos en medicina y tecnología e incluso pequeños adelantos que hoy nos hacen la vida más fácil como, por ejemplo, la comida enlatada, la cremallera o las compresas.
Pero en este artículo quiero hablar de rivalidades literarias, no de grandes conflictos. Algunas de estas rivalidades han dejado obras inolvidables en nuestra literatura, otras simplemente han provocado momentos geniales que merecen ser recordados. La más famosa es quizá la de Góngora y Quevedo, pero hay otras menos conocidas que merecen ser recordadas.
Quedándonos en aquella época es conocida la frase de Lope de Vega: “¡Nadie es tan necio que admire a Miguel de Cervantes!” y es que D. Miguel de Cervantes era despreciado por autores de su tiempo, como Quevedo, el cual únicamente se refirió a él para burlarse de su pobreza. La verdad es que el “pobre” D. Miguel no era precisamente locuaz y solía tartamudear debido a su timidez.
Otro gran desencuentro entre dos grandes fue el que enfrentó en la generación del 27, a Federico García Lorca y a Rafael Alberti los que según el libro “Alberti y García Lorca, la difícil compañía” (Luis García Montero) encontraron importantes desencuentros pese a pertenecer a la “generación de la amistad”.
Pero para mí, el enfrentamiento que más me ha llamado la atención es el protagonizado por Ramón María del Valle Inclán y nuestro querido José Echegaray (murciano de adopción).
Ramón José Simón Valle Peña (que así se llamaba en realidad Valle Inclán) era un personaje que buscaba deliberadamente la polémica pues estaba convencido de que debía crear un personaje en torno a su figura lo suficientemente provocador que diera que hablar (todo está inventado).
Cuentan que tras la concesión del premio nobel de literatura a Echegaray en 1904, pusieron su nombre a una calle de Madrid donde vivía un amigo de Valle Inclán y que éste cuando le escribía cartas a su amigo en vez de poner el nombre de la calle las dirigía a “calle del viejo imbécil” y lo mejor es que las cartas llegaban a su destino.
También es conocida la anécdota protagonizada en una representación teatral de una obra de Echegaray donde se decía de una mujer que tenía “nervios de acero bajo una piel de seda” a lo que Valle Inclán respondió poniéndose en pie y a voz en grito “¡Entonces no es una mujer es un paraguas!”.
Por último, cuentan que en una conferencia de Valle Inclán se refirió a Echegaray diciendo que: «Ese don José está obsesionado por la infidelidad matrimonial. Todas sus obras son autobiografías de un marido engañado». Y que en ese momento un hombre lo interrumpió diciendo: “No tiene derecho a hablar así” a lo que contestó – “¿Quién me manda callar?”-. Soy el hijo de Echegaray. Entre la expectación de los asistentes, Valle Inclán se limitó a decir “¿Está usted seguro, joven?”.
Ojalá todos los enfrentamientos de la humanidad quedaran en palabras, pero para eso los enfrentados tendrían que ser tan sabios como los recordados en este artículo. ¡Grandes, muy grandes!

