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ENTRE TÚ Y YO

Almacén de desastres

Consuelo Aguayo Jueves, 05 de Enero de 2023 Tiempo de lectura:

 

Había pensado dedicarme con ahínco en estas vacaciones a subir cuestas, bajar barrancos y culminar cimas ¡qué felices me las prometía! pero ¡ay de mí! mis buenos propósitos se desvanecieron al primer sorbo del elixir navideño y como una pócima o un brebaje quedé atrapada en él. Y ahora  aquí estoy, con mi página en blanco, con más de todo lo malo -más peso, más colesterol, más desórdenes gástricos y más remordimientos-  y con menos de todo lo bueno –menos preparación, menos musculatura, menos buen humor y menos dinero-, yo creo que estoy al borde de ese pesimismo del que tanto hablaban los estoicos y tan pocos comprendemos hasta que no lo sufrimos en carnes (nunca mejor dicho), pero como dice el refrán ´más se perdió en Cuba´. Pero ¡caramba! es que Cuba también se perdió en diciembre ¿será un mes gafe?


Según he leído en las ´crónicas de desastres´ fue el 10 de diciembre de 1898 cuando España firmó su renuncia a la soberanía sobre Cuba y Filipinas, y aunque el espíritu español no es pesimista por naturaleza, antes al contrario, si pecamos de algo es de optimismo y “buen rollito”, eso sí, hasta que nos tocan “lo nuestro”, entonces es cuando no hay quien nos aguante y lloramos lágrimas de cocodrilo por los cuatro puntos cardinales de la piel de toro. Fíjense  que en este almacén de desastres nombran esa pérdida como el espíritu del Desastre del 98, ahí es nada.


Pesimistas, lo que se dice pesimistas no somos, pero aquello desbordó a cualquier mente aunque fuera más alegre que unas castañuelas, porque motivos teníamos los españoles para estar alegres. Resulta que teníamos un Imperio Español como una roca firme, consolidado, y estable con un poderío de posesiones en ultramar que ya, ya quisieran muchos, hasta que llegaron las invasiones napoleónicas –entre otras cosas- y empezaron a desequilibrarlo un pelín.


Pero Napoleón no fue el único, no, hay otro acontecimiento mucho más importante en este desastre y es que EE UU  empezó a despuntar como un iceberg y quiso irrumpir como gran protagonista en la escena internacional. Y, claro, cree que puede conseguirlo, entre otras cosas, a partir de dominar el Caribe, así que en ese momento pone sus ojitos en Cuba por su valor económico, agrícola y estratégico y le lanza una oferta  de compra al gobierno de España, éste tiene un tira y afloja porque los nacionalistas empujan a través de la prensa por el desprestigio que supone vender la isla y también argumentando la riqueza que supone dominar un puerto con un tráfico comercial como La Habana, similar al de Barcelona, (como se solía decir en Cataluña ´la pela es la pela´) así que como si se tratara de la Bolsa de Madrid, el gobierno español respondió: “¡Ea!, que no vendemos”


Y la cosa no acaba ahí “¿qué no vendéis?” dijeron los estadounidenses, pues ahorita mismo os lanzamos un órdago, y sin intercambiar palabras ni diplomacia (no perdieron ni un segundo, sin pestañear y sin anestesia) enviaron un acorazado llamado Maine al puerto de La Habana. Cuando lo supieron los españoles  supongo que se enfurecieron y dijeron “pues ahí lleváis otro”, se revolvieron y mandaron un crucero llamado Vizcaya al puerto de Nueva York (esto no creo que les gustara mucho a los estadounidenses, no).


Pero es que en este ambiente supercaldeado explota el Maine, ¡Dios! Por más investigaciones que hubo nadie sabía el motivo. Unos decían que fue EE UU, otros que fue una mina fortuita. Miren yo no sé, pero el caso es que esa fue la excusa perfecta para declarar la guerra a España.


De este modo el Imperio Español se lanzó a una guerra que tenía perdida de antemano porque los españoles tenían todas las de perder. Por una parte la flota militar norteamericana se plantó en Cuba en un santiamén, mientras el ejército español tenía que mandar tropas al otro lado del planeta, por otro, los españoles estaban muy desgastados ya llevaban mucho tiempo de guerras y guerrillas con las insurrecciones independentistas de sus colonias, y por si esto fuera poco, el tamaño de las flotas era totalmente desigual. Así que, claro, el desenlace fue fatal y calamitoso para los españoles que perdieron la guerra, en la Batalla de Santiago de Cuba, tuvieron que ceder la isla y retirarse -´cantando bajito´-  del territorio, que se lo anexionaron los norteamericanos (una guerra rapidita y San se acabó)


Con todo esto ya entenderán ustedes que los españoles en aquellos días de diciembre no estuvieran para tocar las palmas y se sumergieran en una profunda crisis cultural y filosófica apareciendo modelos artísticos de regeneración y una evaluación negativa de España. No es de extrañar que los de la ´Generación del 98` que todos hemos leído alguna vez (sí, los  Baroja, Azorín, Ortega y Gasset o Unamuno) sintieran la pérdida de Cuba como el origen de los desastres de España  y el nacimiento de los traumas de los españoles.


Ven, amigos lectores, hay algo aún peor que el trauma personal del sobrepeso del polvorón después de Navidad, porque eso se arregla (lo de Cuba ya no) dando largos paseos por el muelle de Sestao en cuyas aguas fue botado  el crucero Vizcaya, acorazado de la armada española y hundido en Santiago de Cuba durante la batalla naval de Santiago de Cuba, seguro que así acaban con su trauma del polvorón.

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