
Sentada delante del ordenador me vienen a la memoria situaciones antiguas, sin contenido, como burbujas que desaparecen por la inconsistencia; una nube protegida por mi cerebro, como el tiempo gastado en recuerdos perdidos, guardados para dejarlos salir siempre que se quiera. No hay nada más familiar que esas rarezas pasadas en el tiempo, ya que al volver a ellas no existe concreción alguna que las haga normales. Aun así, una y otra vez reviso esos recónditos lugares donde asentarme que representan la tierra presente; refugios que son solo míos.
El tiempo pasado no nos es ajeno. Tiempo amigo o enemigo, pero siempre plasmado de autorrealización personal. Nuestra intimidad nos mete prisa, o caprichosamente se detiene sin modificar su paso por nosotros. Es el tiempo el que nos cambia, nos transforma queriendo apoderarse de todos nuestros movimientos. Lo necesitamos y lo detestamos cuando no nos deja en paz, cuando nos hacer correr, ir contra reloj, huyendo de esas manecillas implacables que nos agotan. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a su dinámica dictatorial, a ese ritmo que mide nuestra vida. Nos desenvolvemos en tiempos reales, ficticios, pasados, por venir; y nos hemos acostumbrado tanto a su potencia que nos induce a manejarlo a nuestro antojo.
No lo puedo remediar, me traslado con frecuencia a mi infancia, aunque está recomendado que no es bueno. Conclusiones que dan sentido a muchas de las realidades que la vida nos va presentando. Es verdad que muchas respuestas están en ese pasado, que nos ha hecho como somos, y que a mí me gusta curiosear, investigar, comprender y buscar respuestas; hábitos muy sólidos que antepongo a mis sueños. Y esos sueños recuperan muchas de las cosas que se quedaron atrás.
Hace unos días, con ayuda y por casualidad, encontré en internet la casa de mis abuelos en Málaga, donde pasé parte de mi infancia. También quería dar a conocer a la persona que me acompañaba, otra casa mucho más bonita, enfrente de la de mis abuelos, espectacular, como un palacio que no me cansaba de observar cuando era pequeña. Espiaba y me gustaba ver por la mañana la limpieza de la gran terraza de la entrada que era de mármol blanco. No sé cómo me darían permiso para cruzar la calle, pero tengo muy vivo este recuerdo de mis paseos solitarios; allí estaba el mar y los jardines de mis casas favoritas. Llegaba a la parte de atrás y era un divertido juego, donde no había playa, saltar por las rocas sin vigilancia y sin miedo, alternando con la atención puesta en los maravillosos jardines llenos de plantas, olorosos jazmines, rosas y otras bellezas que a mí me lo parecían, de esas casas encantadas e irresistibles. Es un recuerdo que tiene que ser real, y que choca con la edad que yo tendría en ese momento para corretear sola por allí. Cuando lo pienso, recupero un sueño y la experiencia de unos años en los que empezaba a vivir la soledad como una compañera siempre preparada para la aventura.
La Navidad se termina, ha agotado su tiempo, pero volverá resplandeciente, suavizando nuestro devenir diario. Somos irresponsables porque se nos ha escapado una vez más. Hemos corrido más de la cuenta, dos semanas en la que todo ha sido rápido y también largo. Tanto le hemos ido usurpando a este tiempo de Paz, Armonía y Solidaridad, que ha perdido parte de su razón de ser, esencia, sentido. Los tiempos han seguido su curso, tiranos en esta ocasión y un regusto a fracaso se nos queda en el cuerpo. Y qué decir del espíritu, que lo tenemos adocenado, llenos de “todo” en esta consumista sociedad que parece perder los papeles cada vez que termina un trimestre.
Pero para suavizar un poco, creo que también hemos tenido nuestros tiempos particulares que no han sido elegidos ni estaban programados. Más cuando hay que frenar de repente toda la fiesta y la alegría. Y es así, porque la vida no se detiene, y porque los tiempos tampoco piden permiso para entrar y salir. Quizá sea por estas particularidades que el hombre y la mujer, el joven y hasta los niños, necesitamos apartarnos de estas turbulencias a las que estamos sometidos, y la evasión sea lo más lógico para dejar de lado los sentimientos más profundos.
“Ensueño de rocas saladas frente el océano.
Jardines al descubierto. El mundo entero convertido en una ola.”
¡¡FELIZ VUELTA A LA NORMALIDAD!!

