
Confieso que he pagado parte de la hipoteca de mi casa vendiendo artículos mágicos para combatir el mal de ojo. Evangelios, lazos rojos, pulseras… son ya ventas clásicas en mi mercería. El mal de ojo es una enfermedad terrible que nos acecha desde hace miles de años, una extraña dolencia muy extendida en nuestra Región para la que no existe remedio en las farmacias. Hay referencias a este enigmático padecimiento ya en el Antiguo Egipcio, en Grecia y en muchas culturas primitivas.
El mal de ojo reside en la capacidad que tiene una persona en producir el mal a otra con solo mirarla. Según los expertos, se puede echar de forma voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente, tanto por la envidia como por la admiración que se siente hacia el ser que se tiene delante, trayéndole todo tipo de infortunios encadenados, y provocándole continuos episodios de mala suerte y desgracias. Los síntomas del aojamiento más habituales son el cansancio, adormecimiento y pesadez que logran en la víctima un estado generalizado de agotamiento vital. Los más vulnerables a esta enfermedad son los niños, sobre todo si son guapos y se crían hermosos. Por ello hay que llevar mucho cuidado en permitir quién se asoma al cochecito.
Lo que yo vendo en la mercería son artículos para evitar el ser aojado. Un evangelio de color rojo y bendecido que se coloca en la ropa interior del bebé, sujeto con un imperdible. Un lazo rojo de ciertas dimensiones para ser situado en la capota del carricoche, que logra absorber las malas miradas. Un cordón estrecho, también rojo, que se ata a la muñeca de niño. Todo es poco para prevenir a los recién nacidos de esas miradas nocivas para su salud.
En nuestra Región, en esa mezcolanza de paganismo y cristianismo que nos caracteriza, está muy extendida la Cruz de Caravaca como artículo previsor.
También he vendido cintas para atarlas a una planta que, colocada en una ventana, a la vista de la gente que pasa por la calle, se ha puesto mustia sin motivo aparente. O para ponérsela a un perro que, de pronto, ha dejado de ladrar o jugar a recoger la pelota que tira su amo. Sin duda, ha sido mirados mal.
Pero cuando alguien ha sido aojado ya no son válidos los lacitos y demás precauciones, y lo recomendable es acudir al especialista: el curandero. Lo primero es asegurarse mediante un diagnóstico si se sufre el mal de ojo u otra dolencia. Para ello, existen muchos rituales diferentes, aunque en la mayoría de ellos se utilizan los mismos elementos: mechones de pelo, agua y aceite. Si se confirma que es mal de ojo el padecimiento que sufre hay que actuar rápido y cortarlo de manera tajante, antes de que continúe debilitando la vitalidad de la persona dañada. Son variados los métodos y oraciones que se utilizan para sanar al doliente, aunque la mayoría de ellos son secretos, y solo se transmiten a personas concretas en días muy señalados del año.
Como en todo, la población se divide entre los defensores acérrimos de la existencia del mal de ojo y los agnósticos, que no conceden veracidad alguna a la existencia de esta dolencia, a la que no otorgan ningún tipo de constatación científica. ¿En qué lado se encuentra usted?

