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ENTRE TÚ Y YO

Una historia cotidiana

Gabriel Vivancos Martes, 17 de Enero de 2023 Tiempo de lectura:

                                                                                                                                             

In memoriam Lali”

 

No hace mucho, desafortunadamente se marchó una amiga de toda la vida de mis padres. Una más de la generación del silencio que lentamente se va yendo sin hacer ruido.

 

Tras la triste noticia, tuve que pasar por el trago de dar la mala noticia a mi madre la cual, como no podía ser de otra forma, lloró desconsolada.

 

A la mañana siguiente la acompañé a decir su último adiós a la que había sido su compañera de complicidades durante tantos años.

 

Yo siempre les he tenido afecto y he valorado su apoyo en los momentos difíciles, que, como toda familia, también hemos pasado.

 

La cuestión es que llegado el momento y tras las lágrimas ante el reencuentro, pude hablar con serenidad con el marido doliente y me contó una historia que desaparecería con él si no es porque la quiero rescatar en este escrito. Es una memoria que tendría los días contados (como nosotros). No se trata de una historia merecedora de una película de Hollywood, (aunque a lo mejor sí de una española). Se trata de una historia cotidiana, de una anécdota común como tantas otras ocurridas a lo largo de tantas vidas y que desaparecen con sus protagonistas. La verdad es que ni siquiera sé por qué me la contó, pero lo hizo y ahora deseo compartirla simplemente por el placer de saber que va a perdurar un poco más.

 

El protagonista, con voz cansada y castigada por el paso de casi 90 años me la relató más o menos así:

 

Siempre he tenido unos terrenos en mi pueblo. Hace ya muchos años cogí el coche y me marché allí para entretenerme trabajando con la tierra, como siempre solía hacer todos los fines de semana. La cuestión es que era (soy) un fumador empedernido de los de a paquete diario o más. Aquel día, tras llegar, lo primero que hice fue echarme la mano al bolsillo para descubrir con horror que había olvidado el tabaco. Alarmado busqué en la guantera el de reserva, pero sólo encontré el encendedor. Se ve que ya había recurrido a él en otra apretura y se me había olvidado reponer.

 

Me dije a mí mismo que podría soportar una mañana sin fumar y traté de olvidar el deseo ocupándome de mis cosas. Sin embargo, el ansia iba en aumento, tanto que llevaba camino de fastidiar mi sábado.

 

Cuando estaba decidido a coger el coche y buscar la gasolinera más cercana, me acordé de que, en mi juventud, los niños jugábamos a fumar unas plantas parecidas a los puros que eran huecas pero que podías encenderlas en el otro extremo consiguiendo el humo y caladas simplemente de aire. Pensé que aquello me ayudaría a calmar mi antojo y que era mejor opción que hacer varios kilómetros hasta poder comprar.

 

La cuestión es que cogí el mechero y comencé a andar buscando la planta. Tanto anduve que llegué a lo alto del monte sin hallarla. Eso sí, pude contemplar una vista magnífica de Orihuela y la calma del lugar me apartó unos momentos de mi objetivo. No duró mucho la verdad. Así que resignado comencé a bajar la colina. Casi abajo, por fin, vi la anhelada planta, allí estaba, tal y como la recordaba. Me la llevé a la boca y con presteza la encendí. Aspiré y para mi sorpresa en vez de obtener aire limpio conseguí una enorme calada de humo. Miré la planta y ésta no era hueca. Rápidamente me di cuenta de que me había confundido porque mis sentidos se nublaron y una enorme sensación de irrealidad me inundó. ¡Jolín mejor que el tabaco! 

 

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