
El invierno es tiempo de confort, de la buena comida y del calor, del roce de una mano amiga y de la charla junto al fuego: es tiempo de hogar.
Edith Sitwell
Al fin llegó el invierno. Las nieves se han hecho esperar, pero aquí están. Las nevadas hacen que se detenga el tiempo, son suaves, silenciosas y gustan hasta en las estaciones de esquí donde son recibidas con júbilo y alegría por los esquiadores. ¡Y nos dejan estampas tan bonitas! Dan paz y sosiego, ¡siempre y cuando sean moderadas! A “La mirada felina” le encanta el frío. Y a su gato más todavía. En estos días lo que más me gusta es leer y escribir junto a Maximiliano. Así es que, hoy vamos a poner las patitas sobre la nieve. Creo que los meses fríos son más productivos que los cálidos. Digo que creo porque me baso en mi propia percepción de la realidad. El frío me despierta y me da energía para seguir caminando por la calle. El invierno es tiempo de chimenea, de infusiones y de calefacción. La ropa es bonita y elegante. Mi gato se “esponja” y brilla más que nunca. Por no hablar de mis lecturas que varían en función de la estación. La literatura invernal puede ser más densa, apetece sumergirse en ensayos y biografías. Es tiempo también de practicar los deportes de invierno y de tomar fondue, ese rico manjar de bandera suiza hecho a base de queso Emmental, Appenzell, Gruyère, vino blanco, maizena, kirsch (licor de jugo de cerezas ácidas o silvestres), sal, pimienta, ajo y nuez moscada. ¡Deliciosa! Se toma con trocitos de pan, hay quien pone también patatas hervidas, y se acompaña de vino blanco o infusiones. El agua no conviene. Esta comida, que en su origen pudo ser de aprovechamiento en las montañas, es un clásico de los países alpinos que todo el mundo debería probar al calor del hogar y en buena compañía.
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Y también es momento de escuchar música. En realidad, lo es todo el año, al entusiasta del jazz, o de Mozart, cualquier mes le va bien, pero lo cierto, es que el invierno forma parte de la temporada musical por excelencia en cualquier capital que se precie. Y ahí quería llegar yo. Al frío y a Vivaldi. Al barroco. Y a los violines. Qué sonido tan embriagador. Hay talentos como el de Johannes Wittgenstein, hermano del célebre filósofo Ludwig Wittgenstein, que reproducía en su cabeza los sonidos de un cuarteto sin haberlo escuchado nunca, simplemente leyendo las partituras. Mucho más conocido es el caso de Beethoven, que no pudo ni escuchar los aplausos durante el estreno de la célebre Novena Sinfonía, se dice que un intérprete le tocó para que se girara y viera el éxito de la obra. Hablamos de genios dotados de una capacidad excepcional para la música. Un amigo de mi familia, célebre romanista y gran melómano, solía decir que cómo era posible que el sonido de una orquesta, con tantos instrumentos musicales, fuera tan bello en su conjunto. Otro profesor mío de la facultad de Letras afirmaba que el arte que más emocionaba era, sin lugar a dudas, la música. Y yo también lo creo porque tiene la virtud de trasladarte a otro tiempo, a otro lugar. Te recuerda a seres queridos. Al escuchar una pieza que te gusta la piel se eriza y el corazón se acelera porque el sonido colorea y anima el espíritu. Es el alimento del alma.
Pero sigamos con el frío. Estamos en el siglo XVIII, Las cuatro estaciones fueron compuestas por Vivaldi en 1721 y son el claro ejemplo de la música descriptiva. Luis Ángel de Benito en un formidable podcast de su programa Música y significado de RTVE nos desgrana el contenido del concierto nº.4 en fa menor (el invierno), que describe las sensaciones que se experimenta con el frío. Vivaldi publicó los conciertos para violín y orquesta junto con unos poemas de acompañamiento, en el primer movimiento hace sonar acordes congelados como el temblor, el hórrido viento interpretado por el violín, el arrastrar de los pies o el castañeo de los dientes por el frío. En el segundo, dibuja la chimenea y el repiquetear de la lluvia. En el tercer y último movimiento representa pasos cortos y apresurados sobre el hielo por miedo a caer, hay patinazos y caídas y hasta se rompe el hielo. Al final el siroco hace su aparición, los vientos entran en guerra. El texto termina con un “así es el invierno y estos son los goces que nos aporta”. Es un cuadro burgués como los que mostraré a continuación de la música. Pero antes, subid el volumen porque merece la pena escuchar y ver las imágenes de este vídeo.
Vamos con un poco de arte. Hendrick Avercamp (Amsterdam,1585-1634) se especializó en la representación de escenas invernales en las que aparecen patinadores, gente jugando al golf sobre hielo o realizando actividades cotidianas. Sus cuadros son al arte, lo que el invierno de Vivaldi a la música. Estamos ante una pintura descriptiva al igual que Las cuatro estaciones, en ella se narra una pequeña historia de un día cualquiera en un pueblo holandés. ¡Está llena de detalles! Pájaros, graneros, iglesias, jugadores de kolf, mendigos pidiendo dinero, granjeros en sus quehaceres cotidianos, burgueses patinando, señoras poniéndose los patines, resbalones e incluso alguna escena impúdica de necesidades fisiológicas. Todos tienen su espacio. A continuación, incluyo fragmentos de diversos cuadros en los que se aprecian algunos de los aspectos que acabo de mencionar.
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El siglo XVII es el siglo de oro por excelencia del arte holandés. Y Avercamp uno de sus máximos exponentes. La incipiente burguesía era la que encargaba las pinturas, abundando así los paisajes y las escenas familiares, ya que veían en ellas una manera de embellecer sus casas. Había también muchos mercados en los que adquirir estos óleos donde la figura del marchante comienza a adquirir fuerza. Banqueros, comerciantes o abogados de Centroeuropa confiaban en ellos. En la España del siglo XVII, el mecenazgo fue ejercido por la Iglesia y por los reyes, y a ellos debemos nuestra gran pinacoteca, el Museo del Prado. Actualmente, el precio de mercado de Avercamp es alto a pesar de que muchos artistas pintaron paisajes similares, pero él fue el primero de los pintores holandeses en especializarse en este tipo de escenas invernales. La pintura holandesa es testigo de la vida y de las costumbres. Es decorativa y gusta mucho.
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Hendrick Avercamp, Patinadores junto al castillo, 1608-9, National Gallery, Londres
Y con este escrito tan frío en el que he mezclado el sentido del gusto, el del oído y el de la vista, espero haber transmitido un poco de calidez a estos días helados y grises, que sé que no gustan a todo el mundo por igual. Pueden causar tristeza y aislamiento. Yo, por mi parte, pienso que cada estación encierra su propia belleza, aunque verla depende en gran medida de nuestra mirada y de nuestra actitud. Y la felina es siempre la mejor. Sigamos brindando por el invierno y por el confort que él nos ofrece. ¡Me encanta!

