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ENTRE TÚ Y YO

Galeotes en Lepanto

Gabriel Vivancos Martes, 31 de Enero de 2023 Tiempo de lectura:

 

Corría el año 1571, en el Golfo de Patras, cerca de la ciudad griega de Lepanto. En aquel lugar se iba a producir la mayor batalla naval del Mediterráneo. Allí se encontraban frente a frente las dos armadas de galeras más potentes y voluminosas de la historia:  unas 233 galeras musulmanas y unas 213 cristianas.

 

Las galeras eran impulsadas por galeotes, “chusma” en la terminología de la época (término que aún ha llegado a nosotros con el mismo significado). La mayoría, convictos que se consumían lentamente hacinados, en unas condiciones higiénicas imposibles, mal alimentados y desprovistos frente al frio. Se decía que a una galera se la olía antes de verla por el hedor insoportable que esparcía.

 

Comienza la batalla, se escucha el silbido de los arcabuces, los gritos de dolor de los heridos, el retumbar de las armas de fuego, las órdenes en diversas lenguas de los capitanes mientras el olor a salitre se mezcla con el de la pólvora y el de la sangre. Se huele el miedo, el odio, la carne quemada.

 

Se enfrentan dos mundos, dos formas de entender la vida… y la vida después de la vida. Por un lado, La Liga Santa compuesta mayoritariamente por españoles, apoyados por genoveses, venecianos, y soldados del Ducado de Saboya y de los Estados Pontificios. Por el otro lado, el imperio Otomano, los tan temidos turcos comandados por el gran estadista bélico Ali Pasha.

 

En soldados se enfrentaron unos 90.000 turcos frente a 48.000 cristianos, los cuales se encontraban en clara desventaja no sólo por la inferioridad en hombres, también por desarrollarse la gran batalla en aguas otomanas no tan conocidas para los combatientes de la Liga Santa.

 

Sin embargo, todo acaba en menos de 4 horas, cuando tras el abordaje de la nave Sultana, un malagueño del que no se conoce el nombre remata a Alí Pasha y clava la cabeza de éste en una pica para exponerla a los enemigos. La victoria es aplastante, tan solo quedan unas 30 galeras otomanas mientras los cristianos únicamente han perdido 12 y en bajas humanas los turcos perdieron más de 25.000 almas y los cristianos no llegaron a 8.000.

 

¿Qué pasó? es fácil adivinar qué mucho tendría que ver la maestría bélica del hermano bastardo del rey Felipe II, D. Juan de Austria, almirante jefe de los cristianos.

 

Sin embargo, de todas las decisiones adoptadas en estrategia militar hay una que se eleva sobre el resto. Don Juan de Austria prometió la libertad y el indulto a los galeotes. Esta decisión cambió las tornas y cerca de 50.000 hombres que luchaban por su libertad, se sumaron a las huestes comandadas por España. Los otomanos no pudieron hacer lo mismo ya que sus galeotes eran mayoritariamente cristianos prisioneros y de soltarlos se hubieran puesto inmediatamente a luchar por su bando aún a costa de su propia vida.

 

Este es quizá el principal detalle de la victoria. Las ansias de libertad del ser humano, la necesidad de mejora continua, las ganas de una segunda oportunidad. Realmente se puede afirmar que la victoria en la batalla de Lepanto supuso la victoria de la libertad sobre la opresión, de la esperanza sobre la oscuridad.

 

Es tal la necesidad de libertad en el ser humano que incluso en ocasiones cuando ya la tiene no la identifica y la pierde buscándola, generando conflictos donde no los hay y siguiendo causas a veces inventadas por otros con oscuros objetivos de enfrentamiento.

 

En ocasiones la borrachera de libertad nos lleva a desandar los pasos, desnudar nuestros logros y poner en riesgo los valores que inspiran nuestra cultura y nuestra forma de ser… y es que no hay mayor peligro para la libertad que realmente tenerla.           

            

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