Jarrones chinos
Ojeo de forma distraída la revista de decoración, que ha salido a mi encuentro, mientras espero a ser atendido en una consulta.
Voy pasando las páginas a la vez que mis ojos van escaneando las imágenes. Mientras tanto, mi cerebro procesa esa información de forma inconsciente, porque así es 'él', trabaja de forma automática sin esperar a que yo le dé instrucciones.
Llevo ojeado poco más de la mitad del “temario” y ya estoy recibiendo “inputs” cerebrales que me permiten sacar las primeras impresiones.
Priman las estancias poco recargadas. La decoración se reduce a la mínima expresión, el espacio lo viste todo y la luz natural es la paleta de color más utilizada. Las paredes son grandes murales blancos o de colores neutros, donde un niño “armado” con rotulador podría dar rienda suelta a su imaginación.
Se observa mucha generosidad en las proporciones. La distancia entre suelo y techo albergaría una canasta oficial de baloncesto y por las puertas y ventanas de las habitaciones podrían pasar, a la vez, al menos dos pívots tamaño NBA, sin tan siquiera rozar los marcos.
Abunda el acero, el cristal, las maderas con sus vetas e imperfecciones al descubierto y las líneas rectas y puras en los diseños. Por el contrario, los complementos aportan el color y las formas imposibles que al resto de los elementos se les niega.
Sigo avanzando en mi exploración en busca de alguna 'disrupción', pero no la hallo y doy por finalizado mi curso intensivo de decoración. Me pregunto desde cuándo está vigente este patrón. Si es una moda pasajera, una tendencia muy afianzada en fase de expansión o si por el contrario está amenazada de 'muerte' por otra corriente antagónica que la sustituirá, colocando numerosos elementos ornamentales, donde ahora solo hay espacio.
Hace ya algunos minutos que cerré esa revista, pero no puedo dejar de pensar quién decide qué y sobre todo por qué.
¿Por qué las casas de revista se parecen más a un museo de arte contemporáneo, que a un hogar? ¿Por qué en ellas no hay rastro de recuerdos, no hay lugar para fotografías familiares, colecciones de toda una vida y esos objetos pintorescos que todos tenemos y que decoran y dan vida a los rincones de nuestras viviendas?
¿Quién ha implantado ese pensamiento único, por el cual, la decoración de la década de los veinte del segundo milenio, tiene menos variedad cromática que la vestimenta del genial Eugenio?
Si es un tema generacional, yo tendré que asumir la parte de culpa que me corresponde, ya que formo parte de la llamada Generación Dominante, donde se nos encuadrada a todos aquellos que estamos entre los 40 y los 50 años. Por simplificar, somos lo suficientemente viejos para no considerarnos jóvenes, pero a la vez, lo suficientemente jóvenes para no estar tan de vuelta desde un punto de vista profesional y, por qué no, personal.
Echo de menos esos elementos que aportan historia a una habitación. Quiero muebles que me transmitan emociones y no me devuelvan tanta frialdad o asepsia. Necesito recuerdos que me mantenga vivo y diseños, que sean el resultado de la experiencia y no de las imposturas.
Vuelvo a coger la revista y busco esa vivienda modelo “jungla de cristal” que disparó todas las alarmas en mi cerebro. Creo que en ese enorme salón haría falta colocar un imponente Jarrón Chino. Lo está pidiendo a gritos, pero nadie parece haberlo escuchado.
Ese 'jarrón' estuvo allí mucho tiempo y fue reemplazado en la última reforma. No estaba roto, desgastado ni obsoleto. Simplemente se quitó sin consultar y ya nadie ocupó su hueco. ¡La de cosas que ha visto y vivido ese jarrón y esa historia se ha perdido!
Ahora reflexionemos un momento y analicemos lo que está pasando en las empresas. Estamos sustituyendo los jarrones chinos por huecos vacíos o, en el mejor de los casos, por muebles de diseño en apariencia, pero de manufactura low cost.
Si Goya levantara la cabeza vería a 'los hijos' de esa generación dominante, devorar con ansia viva a Saturno, hasta romper en mil pedazos ese imponente jarrón chino, repleto de sabiduría y buen oficio.





















