
De todos es sabido que los difuntos cuando han muerto sin cumplir alguna de las promesas que hicieron en vida no suelen descansar en paz, mostrándose inquietos hasta lograr saldarlas. Para ello, es habitual que soliciten la ayuda de algún vivo; normalmente, de un familiar o vecino. El método más usual que suelen utilizar los difuntos es el de la repentina aparición, dando unos sustos de muerte.
En los pueblos se suelen narrar historias de espíritus atormentados que vagan sin descanso hasta lograr su objetivo. El otro día me contaron en la mercería un suceso ocurrido en la Ribera de Molina, sólo unos años después de acabar la Guerra.
Hacía sólo unos días que había muerto la madre de Josefa. Esa noche, tras acostarse junto a su marido y apagar la luz, rezaron a oscuras un padrenuestro por el alma de la difunta. Había pasado media hora y aún no se habían quedado dormidos cuando notaron el primer tirón de la cubierta.
- Estate quieto, que me vas a destapar- le recriminó ella.
- Yo no he hecho nada -contestó él.
No había transcurrido un minuto, cuando la cubierta comenzó de nuevo a deslizarse lentamente hacia los pies.
- ¿Has sido tú?” -se preguntaron, a la vez y pasmados, el uno al otro.
- ¡Ay, nene, algo raro está pasando! -gritó Josefa asustada, abrazándose en la oscuridad a su esposo y sintiendo como iban quedando cada vez más destapados sobre la cama.
Entonces el marido se incorporó sobre el lecho y, santiguándose, dijo:
- Ay, nena, seguro que es tu difunta madre que quiere decirte algo. Enciende la luz y pregúntale qué quiere, para que se vaya enseguida.
En ese momento, ella, tiritando de miedo, se armó de valor y dijo en voz alta:
- Madre, si estás ahí, ¡manifiéstate! -y pulsó el interruptor que colgaba sobre el cabecero de la cama.
De pronto, al verse sorprendido por la luz, un conejo que se había escapado del corral salió huyendo del dormitorio.

