
Hace unas semanas ordenando mi despacho me encontré con un artículo del periodista Pedro G. Cuartango, publicado en el ABC, dedicado a Marcelino Orbés “El Mejor payaso del mundo”.
Lo primero que me sorprendió fue la fecha de publicación, el 22 de enero de 2018, puesto que recordaba perfectamente el haberlo guardado, pero en modo alguno podía imaginar que hiciese tanto tiempo “tempus fugit”.
Mi afición por las biografías viene de muy niño, concretamente de una noche de reyes en la que mis padres me regalaron la biografía de “El Gran Capitán. El conquistador de Nápoles”. Publicada por la editorial, hoy tristemente desaparecida, Toray, quien publicó una colección que llevaba por título “Hombres Famosos” (¿quién se atrevería hoy a titularla así?) y que a mí me dio pie para leer las vidas de Cervantes, Lincoln, Napoleón, Ramón y Cajal, Jaime I, Edison, Goya, o Hernán Cortés que recuerde. Aquellas lecturas estimularon mi curiosidad por conocer vidas de personajes históricos que han trascendido a ellos mismos.
En fin, que como digo, hace 5 años guardé el artículo dedicado al “Mejor Payaso del Mundo”. Al volver a leerlo entendí por qué me había cautivado su historia.
Marcelino Orbés nacido en el seno de una familia muy humilde de Jaca fue el precursor del payaso vago y descuidado que se pasea por el escenario cometiendo un error tras otro. Fue el padre de un humor infantil que saca a los adultos el niño que llevamos dentro.
Se cuenta que salvó la vida de Alfonso XII al lanzar a la cara de un elefante enfurecido su sombrero de payaso despistando al animal de su objetivo: el mismísimo monarca.
El Mejor payaso del mundo inspiró a Charles Chaplin, triunfó en Inglaterra donde llegó a compartir escenario con el gran Houdinien en el circo Hipopodrome de Londres al que acudió para verlo el rey Eduardo VII.
Cuando decidió marcharse a Estados Unidos cientos de niños fueron a despedirlo con lágrimas en los ojos al puerto británico de Southampton.
Ya en Nueva York tenía un contrato de por vida llenando diariamente un circo de Broadway con aforo de 5.000 espectadores. Sin embargo, no supo adaptarse a los cambios de su tiempo y la llegada del cine lo postergó definitivamente.
Pronto merced a unos fallidos negocios y a su falta ya de “tirón” en los escenarios se convirtió en vagabundo errante por las calles de Nueva York, uno más de los famosos anónimos de la “Gran Manzana”.
Se suicidó en el Hotel Mansfield. En sus bolsillos encontraron un resguardo de venta de su alfiler de corbata con un diamante, su última y más preciada posesión. Con el dinero que obtuvo en la casa de empeños, se compró una pistola y alquiló la habitación del hotel donde se pegó un tiro. A su funeral tan solo asistieron una decena de amigos y admiradores, pero no faltaron las flores de Chaplin en reconocimiento a sus enseñanzas. Hoy nadie sabe dónde está enterrado.
La vida de este payaso me provoca tristeza y me hace reflexionar sobre varios aspectos de mi propia vida. El primero; lo importante que es saber gestionar lo que uno tiene, sea mucho o poco. Marcelino no supo gestionar su patrimonio. Llegó a tener un sueldo semanal de 1.000 dólares en Broadway pero acabó completamente arruinado.
Lo segundo, lo valioso que es saber adaptarse a los cambios. Chaplin, pese a la inicial resistencia al cambio, se adaptó al cine sonoro, pero Marcelino no supo adaptarse al cine mudo. Evolucionar con tu tiempo es un tema que me preocupa a mí mismo cuando veo, por ejemplo, las dificultades que tengo para no quedarme desfasado con las nuevas tecnologías y adelantos.
Pero la conclusión más importante que me ha enseñado la vida de Marcelino Orbés es que por mal que vengan dadas, nunca hay que perder la esperanza, siempre hay que buscar otro camino, porque cuando pierdes la esperanza acabas con lo último que te queda, tu propia vida.

