
Durante muchos años, cada vez que visitaba el cementerio de mi pueblo pasaba por la tumba de Consuelito. Allí estaba ella, mirándome desde la fotografía que, junto a su nombre en letras de molde, protagonizaba la lápida de mármol. Lo sorprendente de aquel panteón era que su inquilina, la señora de la foto, estaba aún viva; aunque lo tenía todo listo a falta de que llegara el día en el que introdujeran su ataúd en el nicho.
Una mañana que Consuelito entró a comprar unos botones en mi mercería, aprovechando que estábamos los dos solos, no dejé pasar la ocasión y le pregunté por la razón de aquella, a mis ojos, extravagancia. Me lo aclaró todo.
“Tengo 89 años y soy soltera. Hace 37 años que mandé edificar una capilla a mi gusto, con colores alegres porque la muerte, ya de por sí, es bastante triste. Le encargué a un escultor un ángel a tamaño humano que presidiera el mausoleo. Luego, pensé que cuando muriera me iban a poner la primera foto que encontraran mis familiares en un cajón; así que me puse una mantilla española y me hice un retrato de estudio. Como no me gusta molestar a nadie, elegí el mármol de mi lápida y dejé colocados junto a la foto, mi nombre y fecha de nacimiento; ahora sólo tienen que añadir la de mi defunción. También ordené grabar en la piedra mi epitafio: "Creo en la resurrección de la carne". Pero tendrán que seguir esperando, al menos hasta que pase septiembre, ya que tengo un viaje concertado y pagado para ese mes por siete ciudades alemanas que no pienso perder”.
Ahora, cada vez que visito el cementerio sigo pasando por delante del panteón de Consuelito. Como siempre, continua mirándome desde la foto que, junto a su nombre en letras de molde, luce en la lápida de mármol. La única novedad es que le han añadido la fecha de su defunción. Aunque haya tenido que esperar casi cuarenta años…, todo llega.

