
Voy por la ciudad; si no tengo la necesidad, veo mil papeleras alrededor. Como necesite una, parece que se activa el protocolo de “objeto desaparecido”.
Tengo la sensación de que alguien me está vigilando con mil cámaras, si prevé mi necesidad, presiona el botón “volatilizar” de las papeleras. Me observo con el codo en 45⁰ con la bolsita negra de las heces de Totó o el papelito de un caramelo, dando vueltas en 360⁰, a pique de caer desplomada por mi baile derviche.
Reconozco que me pierdo entre tanto modelo de papelera y que, a lo mejor, no es la ausencia es que… ¡no las identifico! Lo que sí sé es que ando y ando en busca del anhelado cacharro de mobiliario urbano para cumplir con un mínimo de educación cívica.
Cuando identifico “algo” comienzo otro tipo de estudio, ¿dónde está la abertura? Este pedazo de cemento, ¿es un macetero o es una papelera? Por aquí, ¿me cabe la mano o lanzo la bolsita a ver si atino? Paso de derviche a capoeirista en décimas de segundo. Observando el artilugio, moviendo mi cuerpo a un son inventado y arrítmico en busca del orificio.
De toma falsa de serie televisiva parece si lo que tengo enfrente, es un contenedor de esos de darle con el pie a una palanca de plástico para que suba la inmensa tapadera. Ni en la categoría de semipesado consigo yo que se eleve la tapa verde lo suficiente para, con solvencia, colocar la bolsita dentro. Además del baile, me acompaño de pudor por aquello de la pegatina (destrozada), que advierte del horario para el uso de dicho armatoste. Miro hacia la derecha, hacia la izquierda, elevo el pie y dejo caer mi peso sobre la pequeña plataforma, confío en que se abra algo y lanzo la bolsa… ¡directa al suelo! Recojo, con una sutil flexión, mi fracaso y huyo en busca de otro modelo.
Si me encuentro con esos tan graciosos de subir una barra que se eleva en parábola y por inercia baja otra vez, entre el asco que me da tocar la barrita y lo rápido de la bajada, es otro número circense el que me monto yo sola. El desperdicio al suelo y otra flexión para recogerla y seguir mi periplo en busca de otro artefacto que se acople mejor a mis habilidades.
Las hay aferradas a farolas, con bridas metálicas, en distintas alturas, con “gorrito” y sin “gorrito”. Las hay que parecen un tótem. Las hay de cemento. Las hay atornilladas al suelo, monísimas sin gorrito, muy cómodas para atinar y, lamentablemente, objeto de deseo de algunos energúmenos que las giran volcando su contenido al suelo.
En fin, es lo que hay. Miles de papeleras y, por aquello del destino, ninguna me viene a mano para deshacerme de un pequeño residuo. Estoy venciendo mi vaguedad, busco, aprendo y atino.
Nunca llueve a gusto de todos… pero, para aquellos indolentes, que veo tirar lo que les estorba donde les sale al paso, les informo que no hay que salirse de la ciudad para encontrar una papelera y que se trata de colocar dentro la basura, no de hacer una “performance de detritus” alrededor del mobiliario urbano.
¡Y que llueva!

