
Quien me conoce sabe que tiendo a “liquidar” a aquellos con los que no me cruzo durante un tiempo. ¡Qué no se asuste nadie! Voy sin armas. Ni blanca, ni negra, ni gris marengo.
Esta mafiosa tendencia aniquiladora debe estar fundamentada en mí llegada a este mundo fuera de tiempo; me explico: soy la menor de un clan de seis, con una diferencia de años considerable.
Mis padres comenzaban la tierna madurez cuando nací. El círculo de relaciones era tal, que los hijos de sus amigos me llevaban alguna década. Claro, con esas distancias temporales, mi reconocimiento de la muerte llegó pronto.
La conversación: “Se ha muerto menganito, el marido de fulanita. ¿Sí? Hace tiempo que no me lo cruzaba por la calle. ¡Qué lástima!”, era cotidiana. Por lo que mi cabeza de niña estableció la relación “Si no lo ves por la calle, ha muerto”. De esta manera, desde mi infancia hasta mis soberanos 55 años, me he “liquidado” a media ciudad (y creo que me quedo corta).
Al volver a la calle, así a lo bruto, voy de susto en susto, de pasmo en pasmo. Se me aparecen por todas partes fantasmas arrastrando los pies…el tiempo pasa para todos. Los veo vivos, coleando e incluso sonriendo. Sé que mi cabeza no me engaña haciéndome creer que tengo un desvarío tipo 'Thriller', aquel vídeo clips de zombis de Michel Jackson. Reconozco la pura vida.
Me tengo que contener para no asaltar sus cuellos, gritar los datos de mi biografía y, entre besos y lágrimas, darles la enhorabuena por haber vuelto a la vida. Esa que nunca abandonaron pero que yo despaché y me quedé tan pancha.
Voy por las calles con los ojos bien abiertos, me cruzo con alguna de “mis víctimas” casi todos los días. Es como un perdón divino verlos callejear… Mi querido y abstraído profesor de universidad, el dependiente de la tienda de ropa que sacaba pesetas de mi nariz, el zapatero del cuchitril donde se afilaban tijeras, el hábil camarero que llenaba las cañas de cuatro en cuatro, el encantador vendedor de retales, la simpática chica que colocaba una bola de helado en mi mona, la señora con moño que me entretenía haciendo carreras con botones en su mercería, el ferretero (pelín antipático y que me caía fatal) que me hacía rabiar preguntándome si quería más a mi mamá o mi papá, o si iba con mi abuela siempre o a ratos.
Me cruzo con ellos y… con locales vacíos o con negocios distintos donde ellos estaban, donde anduve jugando entre mostradores, donde salía siempre con algún trofeo material o emocional. Recorro las calles en busca de esos espacios de mi vida y pocos, muy pocos, permanecen. Algunos tienen un cartel de SE VENDE/SE ALQUILA con un número de teléfono diluido por el sol, otros son un extraño batiburrillo de compro/vendo oro, aspiradoras o lo que se tercie, y, tremendo, la de negocios que hay de cuidado de uñas y de ¡venta de empanadillas!
Si con mi cabeza de niña liquidé a quien no debía, con mi ojos de adulta liquido espacios, sitios, y sonrío pensando que el tema, en definitiva, es… ¡ir liquidando!

