
“Cuando la calidad nos decepciona, tendemos a buscar redención en la cantidad”. Zigmunt Bauman (Polonia, 1925), de su libro 'Amor líquido' (Editorial Paidós, 2018, página 15).
No voy a definir “el amor” y, menos aún, calificarlo; y, desde luego, en ningún caso, degradarlo a mera teoría o relación de trucos para su práctica, más o menos reconfortante.
Solo deseo recordar la profunda distancia que separa, la fría mirada de soledad, de un niño abandonado, aunque cuidado con esmero por la institución pública de amparo; y, el brillo profundo que irradian los ojos de otro niño, cuando es acogido en los brazos de su madre o padre y el abrazo perdura en armónica sintonía y se extiende en inabarcable sonrisa. La pasión adolescente con la que las miradas de los amantes preludian un estallido que, siendo humano, parece alcanzar el cielo o, al menos, compartir instantes con los dioses. El abrazo potente, casi fiero, de completa ternura con el que el salvador recupera de los escombros el cuerpo asido a un hilo de vida de la victima de un terremoto. O la entereza de unos brazos que, a fuerza de medio siglo compartido, unen con indestructible ternura, dos cuerpos surcados por el tiempo y adornados por limitaciones funcionales, que se funden en una sola apariencia.
El amor es, a mi juicio, motor de la historia: individual y compartida; al menos, la que verdaderamente importa. Y, es por ello, que no creo en el “fin del amor”, salvo para aquellos que, con más o menos voluntariedad e infeliz existencia, deseen quedar degradados a meros autómatas sobrevivientes. Aquellos egoístas incorregibles que creen amarse a sí mismos, pero realmente, se odian, lo cual les impide amar; y arrebatados en su interminable carrera por agrandar sus posesiones y conquistas, definitivamente, se pierden la caricia auténtica, el placer generosamente compartido y la confianza cómplice que permite sentir la vida trascurrir con la madurez que solo da la experiencia del amor.
El amor es, en esencia, lo que nos hace humanos. Experimentar el amor nos convence, definitivamente, de la “dignidad de toda persona”; y, cualesquiera que sean nuestras creencias religiosas, filosóficas o políticas, nos compromete con la defensa del ser humano, en todo tiempo, lugar, cualidad y circunstancia.
Dicho con otras palabras:
Amar al prójimo: “no tanto como un “mandamiento” externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor”. JOSEPH RATZINGER (Carta Encíclica Deus Caritas Est, parágrafo 18).
Civilización: “amar al prójimo es el acto que da a luz a la humanidad” y, por tanto: “hace que la supervivencia humana sea diferente de la supervivencia de cualquier otra criatura… el trascendental paso del instinto de supervivencia a la moral”. ZIGMUNT BAUMAN (obra citada, página 125).
Amoralidad: “toda amoralidad comenzó con la pregunta de Caín, ¿acaso soy yo guardián de mi hermano?”. KUND LOGSTRUP (The Ethical Demand, Editorial Universidad de Notre Dame, 1997, página 24).
Si nos referimos al amor en pareja, mucho se ha escrito (siempre y ahora), hasta el punto de hacer imposible dar noticia de todo ello. No obstante, me permito citar algunas aportaciones recientes de dos mujeres:
TAMARA TENENBAUM (“El fin del amor: Amar y follar en el siglo XXI”, Editorial Seix Barral, 2022): celebra el fin del amor romántico, la ruptura de los modelos de identificación y felicidad que el patriarcado propone a la mujer: esposa y madre; describe el paso de la armonía conyugal, como mandato moral a parámetro de éxito social; la fuente inagotable de ansiedad que provoca el “escrutinio permanente en que vivimos”, por la ausencia de un orden moral compartido entre todos, la incertidumbre y el vacío que nos dejó la caída de los grandes relatos. En definitiva, como dice la autora (página 92): “Queremos vínculos igualitarios y honestos, y estamos ansiosas por tratar de entender qué significa eso. También queremos enamorarnos”.
MONA CHOLLET (“Reinventar el amor: Cómo el patriarcado sabotea las relaciones heterosexuales”, Editorial Paidós, 2022): propone deshacerse del ideal romántico promovido por la visión patriarcal, basado en una pretendida inferioridad femenina, para adentrarse en “la aventura de alto riesgo, el acto de heroísmo” de examinar lúcidamente la dominación, auténtico veneno del amor. En definitiva, partidaria de una “heterosexualidad profunda; hombres, tan irresistiblemente heterosexuales que estarían ávidos por oír lo que las mujeres tienen que decir, que desearían verlas en puestos de poder, que estarían ansiosos por conocer su plena humanidad y vibrarían con su liberación”.
En mi opinión, lo que ambas autoras exigen a los hombres es igualmente reclamable a cualquier persona en una relación amorosa (sean hombres o mujeres). Esto es: respetar la libertad personal, desear el desarrollo y celebrar el éxito de la persona amada. Por tanto, no ha de existir diferencia en el “compromiso” exigible a los integrantes de la relación amorosa. O, como oía decir a mujeres importantes en mi familia: “quien te quiere, de verdad, no te hace sufrir; te ayuda a vivir”.
A pesar de los años transcurridos desde su primera edición (1959), me parece totalmente recomendable el libro de ERICH FROMM: “El arte de amar” (Editorial Paidós, 2021); por sus sugerentes reflexiones, desde la constatación del error de partida al considerar que “no hay nada más fácil que amar”, cuando las pruebas de lo contrario son abrumadoras; la consideración de “amar” como un verdadero “arte” que, consiguientemente, hay que aprender; y para ello, debemos partir de utilizar la razón para conocernos y amarnos a nosotros mismos (en cuanto, querer nuestra propia vida, desear la felicidad, el crecimiento personal y la libertad propios); a fin de dar el salto a amar a otra persona, que significa: “unión a condición de preservar la propia identidad, la propia individualidad”; con ciertos elementos básicos: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento”.
En definitiva, nos dice ERICH FROMM: “Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso, es una decisión, es un juicio, es una promesa… El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de ellas se experimenta a sí misma… el amor es un desafío constante; no un lugar de reposo, sino un moverse, crecer, trabajar juntos…”.
Como suelo decir: una aventura que merece la pena iniciar y seguir, en un camino no exento de sobresaltos o desencuentros, sin construir un universo cerrado sin tempestades en el que anide la mentira; encontrar la belleza de un tiempo abierto a la esperanza, pese a las adversidades; y alcanzar la seguridad de vivir con intensidad la relación con la persona amada, que nos hace mejores e incrementa nuestra capacidad y arte de amar; aunque el futuro -como todo lo humano- no esté garantizado por adelantado.
Arte de amar, belleza de vida y esperanza compartida.

