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ENTRE TÚ Y YO

Razón y emoción

Gabriel Vivancos Miércoles, 12 de Abril de 2023 Tiempo de lectura:

 

 

 

Es curioso comprobar cómo, en ocasiones, el ser humano actúa exactamente en contradicción con lo que dice, haciendo bueno el refrán de “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”.

 

La especie humana está llena de contradicciones y es ciertamente compleja. No hay más que ver como un mismo hecho es interpretado de forma muy distinta por varias personas.

 

Hace unos días presencie, lo que yo, ignorante en medicina (y en muchas otras cosas) diagnostique como una crisis de ansiedad. Fue en Urgencias de un hospital.

 

Allí se encontraba una madre con su hija de unos treinta años. La progenitora tenía puesta la mano, por dentro de la ropa, en el pecho de su hija, sin duda tratando de transmitirle afecto y tranquilidad mientras ésta no paraba de hablar en un tono mecánico y ausente. Recuerdo mirar a los ojos de la chica y sobresaltarme al advertir que me miraban. Sin embargo, en aquellos instantes, detrás de aquellas pupilas no había nada, su mente estaba en otro lugar muy lejano. La madre trataba de tranquilizarla asintiendo continuamente a los desvaríos de la joven sin mucho éxito.

 

De pronto, la chica empezó a elevar el tono y la asustada madre comenzó a gritar reiteradamente: “tranquila, ¡no te pongas nerviosa!” Sin darse cuenta de que la pobre estaba haciendo exactamente lo contrario que le pedía a su hija. Por descontado que es más que comprensible su reacción, únicamente no podía ser coherente con lo que demandaba atendiendo a las circunstancias.

 

Días después, aún conmovido por la escena que presencié, me puse a buscar información sobre aquel gesto de la madre buscando el tacto directo con su hija y encontré que aquello que probablemente la mujer había hecho de forma instintiva, tiene una base científica. Resulta que, al parecer, un contacto físico produce que la piel emita una señal de bienestar al cerebro, lo que a su vez provoca una reducción del cortisol que es la hormona relacionada con el estrés.

 

Volviendo a la escena; en un momento determinado, la chica comenzó a llorar mientras la madre a la carrera buscó un sanitario que finalmente trasladó a la joven al interior.

 

Desconozco cuál era el origen del problema, pero en aquellos momentos, no sé muy bien por qué, vino a mi mente la frase del Quijote: “Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.”

 

En aquel momento le di un nuevo significado al refrán del principio “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga” y dejó de ser mi frase emblema de la hipocresía para ser la expresión del miedo, de la necesidad humana por controlar una situación que se desequilibra.

 

Aquella madre me mostró la complejidad de la mente humana, emoción frente a razón, una lucha eterna en la que no siempre hay un claro ganador, pero que libramos a diario en nuestras vidas. Dos caras de la misma moneda, pero con resultados muy distintos dependiendo de qué se imponga en cada momento.

 

Y es que el ser humano es un coctel maravilloso de impulso y pensamiento y esta correlación de fuerzas es la que precisamente nos hace distintos a los demás seres vivos que comparten nuestra existencia.

 

Hoy vuelvo a pensar en aquellas mujeres y espero de corazón que la tormenta haya pasado y que si vuelve no sea con la misma intensidad mientras me afano por encontrar la medida que me permita vivir con emoción, pero siempre en mi sano juicio.

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