
De las coplas infantiles (sí, ya sé que la palabra ´copla´ no es muy cool, pero ¡qué le vamos a hacer!, no me interrumpan) ya va quedando poco. No es que yo las eche de menos, pero parece que algunas ya están quedando bastante obsoletas. O al día, no sabría decir. Porque lo que es con esto de la sequía se está formando un pequeño lío. Sí, que dicen los periodistas que está de ´rabiosa actualidad´ (nunca entenderé los motivos por los que la actualidad se muestra ´rabiosa´ según algunos periodistas, no sé, bueno, yo a lo mío) de manera que últimamente no hay día que no te sorprendan con la cuenca del Guadalquivir, con los pantanos vacíos o con el Parque Natural de Doñana. Yo, les confieso que ya abro el grifo de la ducha de manera furtiva. Miedo me da cuando se afiance el verano, empiecen las piscinas a llenarse y caiga un sol de justicia. Entonces sólo nos quedará recurrir a las fórmulas del siglo XVI (aunque seguro que a muchos tampoco les parecerán muy cool, pero es lo que hay, Borjamari).
Seguro que nuestros lectores ya saben a lo que me refiero. Pues sí, efectivamente, es verdad lo que están pensando: las coplas infantiles. Ellas parece que dan con la única solución para llenar piscinas en las que se preparen nuestra Genma Mengual y las campeonas de gimnasia sincronizada, tener los campos de golf en los que tantas satisfacciones dan nuestros ´Severianos Ballesteros´, y sobre todo, sobre todo, regar y cultivar los campos y que no tengamos que comer piedras con huevos fritos. El agua ¡ah! El agua tan necesaria, díganme si no ¿qué pasaría con la rica huerta murciana?, ¿y con las aceitunas de Andalucía? Y no hablemos de los cítricos de Valencia.
Pues desde 1410 al menos en Valencia lo saben. Un monje, Fray Bonifacio Ferrer (seguro que no les suena de nada, pero sí les sonará su hermano, San Vicente Ferrer), después de haberse casado, tener 11 hijos, morir la mayoría y quedarse viudo, ingresa en los monjes Cartujanos del monasterio de Porta Coeli y más tarde llega a ser prior en la Cartuja de Valldecristo en la Villa valenciana de Altura.
Como era muy mariano (y seguramente también ´manitas´) se dedicó a fabricar imágenes de yeso y alabastro para regalarlas a los pastores y que pudieran llevarlas consigo a sus refugios al ser fácilmente transportables. Los pastores usaban una cueva llamada Cueva del Latonero para refrescarse ellos y dar agua a su ganado. Pues, bien, parece ser que uno de ellos se dejó allí olvidada la imagen de la Virgen que le había regalado Fray Bonifacio y un siglo más tarde se la encontró otro pastor argumentando que era la Virgen de la cueva la que había guiado sus pasos hasta allí.
El manantial de Berro en la Villa de Altura es el que aflora en la Cueva del Latonero (que ya pasó a llamarse Cueva de la Virgen) y comenzaron a atribuirle propiedades curativas de tal modo que se santificó el lugar. Y ya en tiempos de Felipe II, impulsada por los prodigios que procuraban sus aguas, se levantó allí un Santuario. Y su advocación corrió como un reguero de pólvora no solo por la comarca y las localidades valencianas, sino que la hicieron patrona de la diócesis de Segorbe, de Santa María de Dota en Costa Rica, de Piacoa en Venezuela y de Cochalema en Colombia (fíjense que no he exagerado ni un pelín cuando les digo que la advocación corrió como la pólvora, parece ser que cruzó mares, fronteras y continentes).
El auge que tomó la Virgen de la Cueva fue tal que durante los siglos XVII y XVIII el antiguo reino de Valencia se acostumbró a trasladarla por sus territorios con prerrogativas para que intercediera y enviara la lluvia. Pero fue en 1726 cuando Valencia padeció una sequía muy grave (¡Ja! Me río yo que sea tanto como la de ahora, creo que en esa fecha no había mucho control pluviométrico) y en la 11ª traslación se decidió bajarla de la cueva a la Catedral de Segorbe. La crónica cuenta (según yo he leído) que “el 27 de febrero, que era martes, amaneció lloviendo y nevando, y siguió así toda la semana, hasta llenar la medida de los deseos de todo el Reino”.
Así, no es de extrañar que en 1955 la Virgen de la Santísima Cueva fuese designada alcaldesa perpetua de la Villa de Altura, y 10 años más tarde el Papa Pío XII la nombrase patrona de los espeleólogos españoles por lo que cada vez que exploran una nueva cueva, procuran fijar en ella una imagen de la Virgen.
La cueva es una gruta de origen kárstico de unos 30m. de profundidad a la que se puede descender por unas escaleras hasta la Capilla de la Virgen de la Cueva. Y ya adivinan ustedes que les voy a aconsejar que visiten Altura durante la romería de la Cueva Santa. Está considerada como fiesta de interés turístico Provincial de la Comunitat Valenciana y recuerden que el ciclo de romerías ocupa buena parte de la primavera y el verano. Comienza con la romería de Altura en abril y se prolonga hasta la primera semana de octubre.
Mientras tanto, y como siga el tiempo así, sólo nos queda cantar como los chiquillos: que llueva, que llueva/ la Virgen de la Cueva/ los pajarillos cantan/ las nubes se levantan… Yo ahí lo dejo.

