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ENTRE TÚ Y YO

La mirada felina en la selva

PATRICIA LÓPEZ HAAS Viernes, 28 de Abril de 2023 Tiempo de lectura:

 

La vida nos pone a veces en situaciones inesperadas por lo que tomamos decisiones igualmente inesperadas, que no desesperadas. Nos dejamos llevar por la espontaneidad y terminamos en sitios increíbles que nos encanta haber visto, pero a los que es difícil que regresemos. La naturaleza en estado puro no es para “La mirada felina”. Ella prefiere observarla desde la barrera con respeto y admiración. Si la llevas a la selva su comportamiento puede ser hasta ridículo por puro desconocimiento del medio. Las ciudades son su hábitat natural. Sí, esas junglas de hormigón no exentas de peligro, pero cuyas reglas domina en mayor o menor medida. Excepto las de la compleja y desafiante Ciudad de México.

 

Esta vez, las huellas felinas se alejan del arte, los libros y los pasteles para trasladarse hasta la selva Lacandona, donde el río Usumacinta hace de frontera natural entre Guatemala y México. En ese punto se encuentran unas ruinas mayas dignas de admirar: Yaxchilán y Bonampak. A estos conjuntos arqueológicos no puedes llegar por tu cuenta. La zona es peligrosa y las carreteras apenas intransitables. Se organizan grupos a modo de convoy, varias furgonetas de calidad diversa te trasladan hasta el interior de los frondosos bosques tropicales. La nuestra recorría el camino de manera furiosa y perniciosa. Los badenes eran sorteados con soltura para angustia de sus ocupantes. Si encima sois los últimos en acceder a ella, os encontraréis sentados en la última fila sometidos a un baile de baches sin fin y sin nadie que se apiade de vuestra situación. El modo “peonza” duró cuatro horas ida y cuatro de vuelta. Tiempo suficiente para jurar en arameo. Casitas de colores y perros sueltos dispersos junto a la carretera distraían a la “felina” ocupante camino de la selva. El paisaje cada vez se hacía más exótico. Árboles de todos los tamaños y formas avisaban de que el trópico estaba ahí.

 

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El recorrido en cayuco por el río Usumacinta me llevó hasta mi añorado Mediterráneo. Cerré los ojos y la brisa me transportó hacia ese sitio en el que tan feliz soy. Faltaba el olor a salitre. Al abrirlos el paisaje me sorprendía más. Era espectacular, sin duda. Una vez en tierra ya no había vuelta atrás. El camino hasta Yaxchilán estaba poblado de hojarasca y rodeado de lianas. Mi calzado era más que discutible, no sabía si mirar al suelo o hacia el cielo. Qué cielo, si había árboles increíbles que lo tapaban con un montón de vida en ellos. Genial para el planeta y para los amantes de la aventura. Aire limpio, sensación de libertad, belleza en estado puro y paz, paz aparente claro, porque ciertas selvas esconden peligros y no solo por sus animales. Eso es casi lo de menos. El conjunto arqueológico sorprende, pero cuando el susto entra en el cuerpo la capacidad de atención se dispersa entre las lianas por si acaso “algo” o “alguna” se descuelga silenciosamente. En un momento determinado de la visita me quedo sola con una mexicana que lleva un bebé de tres meses. Qué valentía. ¡Quién fuera bebé! Mientras el grupo andaba perdido viendo los vestigios de un palacio del que me separaban centeneres de escalones llenos de moho, un sonido inclasificable y ensordecedor vino a llenar de “música” el ambiente ya de por sí inquietante de la selva. “Son changos” me dice la madre del bebé con voz tranquila y pausada. “¿Changos, y eso qué es?”, pregunto aturdida y con cierta desesperación. “Monos aulladores”, contesta sonriente La respuesta me dejó igual puesto que nada sé yo de todo esto. Quería correr hacía el río, pero había que pasar por unos restos llenos de murciélagos, arañas y, tal vez, algo reptando por el suelo. Y en el río nada salvo cocodrilos. No había nadie en todo el conjunto. Sin cobertura, ni móvil encima la idea de subir a un árbol tampoco parecía muy acertada. Cuando iba de vuelta en el cayuco respiré, navegando me encuentro muy cómoda. El del barco nos acercó amablemente hasta un cocodrilo que se me antojaba bastante grande. Íbamos contracorriente y le dije que era mejor no tentar a la suerte, que no hacía falta tocarle el lomo. Yo estaba pensando en los posibles incidentes como quedarnos sin motor y esas cosillas. La perspectiva de nadar por ese río turbio me angustiaba un poco. Me angustiaba todo en realidad.

 

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Para llegar a Bonampak, el siguiente conjunto maya, tuvimos que adentrarnos más todavía en la jungla. Fuimos en una furgoneta que tenía el salpicadero lleno de cables, y cuya tapicería dorada y negra le confería un aspecto entre hortera y decadente. El camino era puro polvo. El bosque cerrado. Al llegar escucho una de las múltiples lenguas mayas por primera vez en mi vida. El sonido de la selva nos sigue acompañando. Las hormigas me atacan y me pican. El conjunto impresionante. Pero me quiero ir. Mi estómago se quejaba y todavía había que regresar hasta Palenque, nuestro punto de partida en el estado de Chiapas, por un camino que nos había hecho botar cual pelotas de goma y que había maltratado nuestras espaldas. Seguíamos sentados al final. Palenque es un pueblo que tiene alguna calle pintoresca, está situado igualmente en la selva, tiene hoteles y restaurantes construidos a base de palapas y es famoso por tener las mejores ruinas mayas de todo México. Y lugar de nacimiento del actual presidente de la nación. Pero esa es otra historia.
 

Al día siguiente, con un guía para dos y en un entorno más habitado y amable, tuvimos la gran suerte de visitar los basamentos funerarios de Palenque. Es curioso pensar que esta civilización, que tuvo su máximo apogeo en el siglo VI d. de C., tuviera una forma de enterrar a sus soberanos parecida a la de los egipcios. Pirámides con cámaras funerarias, dibujos, alhajas y un fuerte veneno que hacía que nadie pudiera profanar las tumbas reales. Eliseo, nuestro guía, vivía en la selva, hablaba dos lenguas mayas y tenía una educación exquisita. Era arqueólogo y contestó a todas nuestras preguntas con amabilidad, incluida la de los monos aulladores, que resulta que son herbívoros y no bajan a tierra más que para beber agua. La información es poder. Ay Eliseo, si lo hubiera sabido el día anterior.

 

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Me fui de allí con un calendario maya que me define como Mac, es decir, una persona amante de la sabiduría y dotada de rapidez mental. Pues no sé, tengo mis dudas después del inesperado viaje a la selva con el que ya sabía yo que no encajaba ni remotamente. Agradecida por celebrar hoy mi cumpleaños en la vieja Europa, solo espero ser un poco más sabia en esta y otras cuestiones de índole personal. Voy a colgar mi calendario maya no sin dar las gracias a quien me posibilitó esta experiencia. Que la selva cumpla muchos años y yo también, ¡pero lejos de ella!

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