
Aunque no soy creyente me fascinan las vidas de los santos. Me muero por saber de sus milagros, sus martirios, sus reliquias… ¿Han oído hablar de San Cayetano?; es uno de mis santos favoritos. Hay una ermita levantada en su honor en Monteagudo, a 12 kilómetros de mi pueblo, Molina de Segura. Desde tiempos inmemoriales, cada 7 de agosto, mis vecinos organizaban una romería a pie, en carro o en camión hasta allí para venerarle. Cuenta que el último tramo, en un alarde de fe, lo hacían descalzos y de rodillas. El motivo de tanta devoción era que este santo realizaba un montón de milagros entre la gente de Molina de Segura. Me lo confirmó un amigo de Monteagudo: “Aquí no le rezamos a San Cayetano: es un desagradecido. Nosotros le levantamos la ermita y se la limpiamos a diario, le encendemos las velas, le ponemos las flores, le pagamos las misas… y él va y hace los milagros siempre fuera, en tu pueblo. ¡Un ingrato!” Y debe de ser cierto porque, el otro día, mientras le vendía unos hilos para hacer bolillo a una clienta de edad llamada Cayetana le pregunté si sabía de algún milagro cometido por su patrón en nuestro pueblo. “¡Yo soy el milagro! –me respondió-. Cuando mi madre quedó embarazada de mí, tuvo unas hemorragias terribles. El médico condujo a mi padre a un rincón y le dijo que la ciencia ya nada podía hacer, que le quedaban unas horas de vida y que perdería al bebé. Entonces mi padre echó a mi madre al carro y puso a las mulas rumbo a Monteagudo. La introdujo como pudo en la ermita y, de rodillas ante la imagen, le informó de que eran de Molina y juró ponerle Cayetano al hijo que tuviese si salvaba a su esposa y al niño… Y aquí me tienes; como nací niña…, pues Cayetana. Y ya he pasado de los 80 años. ¿Te parece poco milagro?”

