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ENTRE TÚ Y YO

La mirada más felina en Londres

PATRICIA LÓPEZ HAAS Viernes, 12 de Mayo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Pensaba seguir escribiendo sobre México y su colorido, pero una ceremonia muy Real se ha colado en mi propio protocolo. “La mirada felina” tiene una cierta conexión con Londres, ya que allí vivió dos etapas apasionantes de su vida llenas de arte y refinamiento, pero también de estudio, trabajo y mucho tesón. La belleza estaba presente en su día a día entre museos, porcelanas, impresionantes casas de campo inglesas y libros. Muchos libros. La escritura y la investigación apenas le dejaban tiempo para pasear por los alrededores del palacio de Kensington junto al que vivía. La Coronación del rey Carlos III en la Abadía de Westminster, donde está enterrado su admirado Dickens entre otras muchas personalidades, fue seguida por ella con curiosidad.


La sucesión de símbolos que vimos fue tan larga, que me faltaría espacio en esta columna. En Europa estamos acostumbrados a las Casas Reales y a sus fiestas, pero la Coronación de Carlos III fue espectacular. El orbe, el cetro, las coronas, las túnicas, los armiños y el carruaje Real hicieron que nos transportáramos hasta otro siglo. No obstante, Carlos III quiso dejar su impronta introduciendo algunas novedades en una coronación de tradición milenaria. Hubo reyes y mandatarios extranjeros, enfermeras, representantes de oenegés y redujo la lista de invitados. Donde antes estaba la aristocracia británica por una cuestión de linaje, ahora quiso que estuvieran aquellos que él consideraba que habían obtenido logros por mérito propio. Cuando yo vivía en el reino de Su Majestad la Reina Isabel II, recuerdo que le llamaban el “príncipe entrometido” porque le gustaba opinar sobre arquitectura o ecología, y ya, dicho sea de paso, yo adquiría sus mermeladas, helados y yogures en unos conocidos almacenes, ¡que por cierto estaban muy ricos!

 

En las ceremonias anglicanas la música cumple un papel importantísimo, y ese Aleluya mientras el rey estaba oculto tras los biombos sonó regio. El bastidor central llevaba bordado un árbol con 56 hojas en referencia a la Commonwealth, tras él, el Rey estaba siendo ungido con el óleo sagrado traído desde Jerusalén, que estaba perfumado con esencias de rosa, jazmín, canela y azahar, y sin componentes animales como novedad. La coronación se produjo poco después en una silla del siglo XIV situada sobre la “Piedra del Destino”, que es un guiño a Escocia, aunque esto para algunos ácratas en cuestiones reales pueda tener muchas lecturas y, alguna de ellas, jocosa. Ahí se le impuso la corona de San Eduardo, que solo lucirá una vez en su vida, es de oro macizo y pesa más de 2 kilos. De la Abadía salió con la no menos espectacular corona imperial hecha para el rey Jorge VI en 1937, y que tantas veces hemos visto lucir a su madre la Reina Isabel II. Se desplegó toda la pompa y circunstancia en un día para el recuerdo, sin lugar a dudas.

 

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Por otro lado, no puedo dejar de mencionar a Enrique VIII. Creo que su figura es de sobra conocida por todos, así como su escisión de la Iglesia de Roma haciendo del Rey la cabeza de la Iglesia Anglicana. Una particularidad que llega hasta la actualidad. Imbricar Iglesia y Estado en Inglaterra fue también una afirmación soberana frente al temor de una intervención española. De hecho, la Iglesia Anglicana ha sido descrita como la menos religiosa de las iglesias para uno de los pueblos menos religiosos. Es una institución práctica, cómoda y nada entrometida, es decir, que cada uno puede creer lo que quiera. Y ya, desde un punto de vista más prosaico, decir que desde Enrique VIII, el Gobierno británico ha tenido siempre un gato. Sí, un gato. Ahora explico el porqué.

 

Londres es una ciudad acuosa llena de ratas y ratones, por ello muchos han sido los gatos oficiales y, además, en Inglaterra creen que son portadores de buena suerte, sea como fuere, voy a mostrar que existe uno muy famoso: Larry. Vive en el 10 de Downing Street, depende del erario público con una asignación de 100 libras anuales, tiene consideración de funcionario en calidad de gato ratonero mayor del gabinete. Tiene una cuenta en Twitter con más de 800.000 seguidores, es ingenioso y tiene la “lengua afilada”. Sus comentarios son políticos. El día de la Coronación al ver desfilar a todos los ex primeros ministros comentaba que “todos sus mayordomos estaban allí y que él no”. Ignoro quién está detrás de él, pero se lo pasa en grande. Hay otros gatos ratoneros residentes en edificios gubernamentales como Gladstone, Evie o Palmerston, ya retirado y residente en el campo. Todos ellos se intercambian Tweets y han sido recogidos de la calle. Estas excentricidades me encantan. Por cierto, en el Reino Unido si quieres adoptar uno te hacen un cuestionario muy serio. Lugar de residencia, habitabilidad adecuada y, si eres extranjero, saber si tienes a quién dejar el gato cuando sales del país. De lo contrario, no te lo darán.

 

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Gladstone, Palmerston (retirado) y Larry

 

Esta columna, que es muy felina, no puede dejar pasar un anuncio de las páginas del periódico The Times, según recoge Ignacio Peyró en Pompa y Circunstancia, que decía así: “Señoritas Mills-Palmer. Cuidadoras de gatos a domicilio. Excelentes referencias”. Me parece divertidísimo, qué bien me vendría poder dejar a Maximiliano con gente cualificada. Es bien sabido por los amantes de los gatos que donde mejor están es en su casa, y qué mejor para el gato imperial que las Mills-Palmer.

 

Después del inciso felino, me gustaría apuntar que llegué a comprender lo que significa ser escocés o norirlandés en el Reino Unido, que es uno de los retos a los que se van a enfrentar tanto el Rey Carlos III como sus descendientes. Mi querido profesor de Porcelana china, Gordon Lang, era escocés, extraordinario comunicador y muy prestigioso en su especialidad. En sus clases siempre hacía un guiño a su procedencia escocesa. Años más tarde, coincidí en mi trabajo con una católica de Belfast. La mirada felina, que siempre ha sido curiosa y dada a hacer preguntas, a veces demasiadas, no podía dejar pasar la cuestión de Irlanda del Norte, “es un tema intocable”, me dijo Angela, y ahí se zanjó la cuestión en un ambiente de respeto y corrección.

 

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Me hubiera gustado pasear por los barrios y grandes hoteles londinenses, todos ellos engalanados para la ocasión con flores y coronas, algunas de chocolate. Probar los postres realizados para celebrar al nuevo Rey, entrar en Fortnum & Mason para tomar un afternoon tea y brindar por la vida. God save the King!

 

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