
No hace mucho, conversé con una joven que cursa bachiller y que pronto se presentará a la temida Evaluación del Bachillerato para el acceso a la universidad, más conocida como EBAU, (o como Selectividad para los que no somos ya tan jóvenes).
Su angustia era notoria ya que, a tan solo unos meses de la prueba, aún no sabía qué estudiar. Me contaba que no le gustaba nada; que no había algo que le llamara la atención como para dedicarle toda su vida. Cuanto más hablaba del asunto, más se agitaba. “Es una decisión trascendente”- me decía. “Voy a condicionar mi futuro”. Y una y otra vez entraba en bucle amargada con el hecho de que todas sus amigas sabían a qué dedicarse en el futuro y ella estaba completamente liada. “Cuanto más lo pienso menos segura estoy”.
La angustia había calado ya en sus padres y en toda su familia, lo cual era normal. Lo que no era tan normal era que su zozobra no se hubiera propagado ya por toda la ciudad porque en diez minutos que llevaba con ella me daban ganas de saltar por la ventana.
A mi mente vinieron fugaces las escenas de mi vida en las que tomé la decisión de estudiar mi carrera. Iba con mi padre en el coche, los dos solos. Lo acompañaba a hacer gestiones en su querida Totana, tras las cuales yo sabía que alguna cerveza caería. En aquellos momentos yo estudiaba segundo de BUP (lo equivalente a cuarto de la ESO ahora) No hacía mucho había desechado estudiar medicina. De pronto mi padre, aún decepcionado por mi negativa a estudiar su carrera, me preguntó: “¿y entonces qué vas a estudiar? - “Ni idea” -respondí “Pues si no vas a estudiar medicina...”- (que era su ilusión) “...estudia Derecho que tú hablas bien y tiene muchas salidas”. (Otro día contaré su reacción cuando finalmente le dije que iba a hacerle caso).
La verdad es que fue la primera vez que me planteé cursar esos estudios que finalmente tanto me han dado.
Hoy, con el paso de los años he aprendido a relativizar cualquier decisión, por trascendente que parezca. Digamos que he aprendido a “alejarme de la montaña” para poder ver todo el paisaje y me he dado cuenta que pese a que mi trabajo no me apasiona tampoco me disgusta, que, aunque nunca tenga deseos de que llegue el lunes, tampoco me siento castigado una vez allí y que, en definitiva, el trabajo es trabajo y punto.
Envidio a las pocas personas que de verdad están enamoradas de su quehacer cotidiano, pero estoy también seguro que somos muchos más los que vamos al trabajo simplemente porque es nuestro medio de vida, por eso todos (o casi) nos alegramos de que lleguen las vacaciones y los fines de semana.
Así que a mi amiga le dije que simplemente tenía que decidir una opción que se le diera bien, que no le desagradara y que tuviera salidas profesionales ya que ella tampoco había sido tocada con la varita mágica de la vocación.
Yo, la pasión la dejo para mi tiempo libre y es cambiante. ¿Quién no se cansa de hacer continuamente lo mismo, cinco días a la semana, ocho horas diarias durante años y años por mucho que al principio sea una afición?
La clave, en mi opinión, (si no tienes vocación) no está tanto en buscar lo que te gusta (porque si realmente te gustara lo sabrías sin necesidad de preguntártelo) como en acertar a desechar lo que de verdad no te atrae.
Eso sí, una vez obtenido el puesto de trabajo hay que ser consciente de lo afortunados que somos por tenerlo y de saber valorar las muchas cosas que nos aporta para nuestra vida: Compañeros que se hacen amigos, charlas interesantes, momentos de humor, historias de vida, el sentirse útil para las personas y la sociedad y por supuesto tener la cabeza ocupada en una obligación y no divagando por los terribles acantilados de la desocupación que te pueden llevar a buscar problemas donde no los hay o a magnificar lo que tan sólo son pequeños incidentes.
Así que, querida amiga, toma una decisión serena; que tomes el camino que tomes vas a encontrar sustancialmente lo mismo: un trabajo.
¡Ah! se me olvidaba y luego tienes la recompensa del sueldo… ¿será que soy vocacional? No creo, me gustan demasiado los fines de semana.

