
La frase del titular es de Freddie Mercury y resume a la perfección lo que ocurrirá en nuestro país en las próximas semanas.
Tras la debacle electoral del 28M y con un pie y medio fuera de la Moncloa para cualquiera que sea capaz de recordar la tabla de multiplicar del dos, Sánchez prepara a la carrera una insólita campaña política que desafía la lógica donde todo es posible. Soltar las asas del fastuoso bolso de Louis Vuitton que supone dirigir los destinos de una nación no es una opción viable para él, sobre todo ahora que con el paso del tiempo adquieren ese color característico y se han ajustado como un guante a las medidas de sus manos.
De los resultados de las municipales no solo se puede apreciar un masivo trasvase de voto del PSOE al PP, cosa que no ocurría desde el año 2011 con el ilustre Zapatero. Pedro Sánchez ha pasado de ser un revulsivo electoral para convertirse en la plaga que ha provocado la masacre a su izquierda, enfrentando a podemitas y sumaristas, para terminar ahora a la desesperada, extremándose mucho más abrazado al nuevo comunismo.
Está claro que busca con esta medida movilizar el voto de aquellos que antes votaban a Pablo Iglesias contra la derecha, invadiendo el espacio de sus antiguos socios que desde ahora se deben considerar “los suyos”. Las viejas consignas contra sus rivales políticos están a punto de aparecer en escena. Que arda Roma si es necesario, el eco de los aplausos que todavía resuena lóbrego lo encumbra para seguir creyéndoselo, sin menoscabo de que pueda convertirse en el réquiem más triste y desolador de toda su existencia.
En este impase cabe esperar cualquier posible escenario inédito y, por tanto, también cabe imaginarlo pues, muy lejos de haberse realizado de manera exhaustiva, en todo momento son de esperar pruebas y más pruebas, así como sorpresas inesperadas que terminen por originar el deseado golpe de suerte que, de antemano, se antoja improbable.
Los primeros experimentos no se han hecho esperar mucho: así lo demuestran los seis debates propuestos con la oposición y la propia y reveladora convocatoria electoral anticipada del 23 de julio en pro del abstencionismo, planeada -casualidades de la vida- justo cuando media España está de vacaciones lejos de su domicilio habitual.
La idea de la Moncloa es que se vote poco y mal, que el ciudadano prefiera ir a la playa en vez de a la urna, pues cualquier escenario medianamente normal o lógico daría sin duda con los huesos de Sánchez en la calle. El presidente, carente de toda iniciativa, pretende que la tónica sea recuperar lo perdido reenganchando la atención del electorado a base de golpes de efecto y distracciones.
Es de esperar una respuesta democrática a ese juego sucio. No en vano, el 28M fue la antesala de lo que ocurrirá en las generales. Pero nada le achanta, él seguirá a lo suyo, provocando confusión, golpeando bajo o retando a sus rivales en terrenos donde su ventaja logística sea palmaria. Y si con esto no basta, seguirá sacando todos los conejos que hagan falta de su chistera mágica.

