
Seguimos caminando por la Quinta Avenida, siempre por la zona del parque, y llegamos hasta la Neue Galerie. Insisto en que esta zona está limpia y es tranquila. Atrás queda el bullicio del Empire State, del Rockefeller Center, de los almacenes Saks o de la Trump Tower. Y es que el parque marca la diferencia en una ciudad en la que el tráfico y los rascacielos te marean tanto como la marihuana, legal en el estado de Nueva York. De ahí, que Central Park ejerza todavía más de pulmón con su gran arbolado, césped, lagos y puentecillos. Las casas y hoteles que lo bordean son los más exclusivos de la ciudad. Y los hemos visto en múltiples películas. Los porteros apenas te dejan aproximarte a las lujosas entradas que, bajo los clásicos toldos verdes, dan acceso a todo un mundo de arte, poder y sofisticación: los fabulosos penthouses neoyorkinos. Bienvenidos de nuevo al Upper East Side.
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A pocos metros del Metropolitan Museum se encuentra la Neue Galerie, fundada por Ronald Lauder (1944), multimillonario, filántropo y coleccionista de arte. Heredero del imperio de los cosméticos Estée Lauder, la compañía en la actualidad factura 11.000 millones de dólares al año. Ronald Lauder es judío y fue embajador en Viena durante la presidencia de Reagan. De ahí su lucha por la restitución de las obras de arte expoliadas por los nazis.
Pero volvamos a la Neue Galerie. Es un palacete con vistas a Central Park, en el que bajo la fórmula “pay what you wish” (pague lo que desee) accedes a la colección sin apenas esperar. Este pequeño museo alberga a la famosa Dama Dorada de Klimt. Una de mis Miradas felinas estuvo dedicada a ella, a la mujer del retrato, Adele Bloch-Bauer. Mecenas en la Viena de principios del siglo XX, Adele encontró en el arte y en las tertulias filosóficas la manera de canalizar sus inquietudes culturales.
Mi acompañante escuchó con atención la historia que encierra el lienzo, que no es poca, ¡vaya con Adele! Klimt, de quien fue amante, la retrató como a una reina, “la reina de Viena”, tal y como quiso su marido, el industrial Ferdinand Bloch. Finalmente, después de una dura batalla legal contra el estado austríaco, la sobrina de Adele recuperó la obra que legítimamente le pertenecía y se la llevó a Estados Unidos. Ronald Lauder la adquirió en 2006 por 135 millones de dólares. Adele no vivió la invasión alemana en Viena, que como judía le hubiera supuesto huir con lo puesto, en el mejor de los casos, junto al resto de su familia, ni se hubiera imaginado que el destino de ese cuadro fuera otro diferente al del Belvedere de su querida ciudad, que en 1900 brillaba tanto como su cuadro.
Merece la pena visitar este pequeño gran museo que atesora arte austríaco y alemán de principios del siglo XX. En la planta baja hay una tienda de libros que parece una biblioteca, otra de regalos diminuta y exquisita, y un coqueto Café con chef estrella Michelin, Café Sabarsky, al estilo de los vieneses. Una escalera de caracol y un elegante pavimento en damero despiden al visitante. Me voy pensando en Viena como centro de la vida intelectual y artística de principios del siglo XX, en sus palacios y en sus tartas.
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Al salir del museo la visión del parque te reconforta, seguimos caminando por esta elegante parte de la Quinta avenida hasta que la construcción blanca en espiral de F. Lloyd Wright nos da la bienvenida. Estamos ante el Solomon R. Guggenheim, sin duda, uno de los grandes museos de Nueva York. Aunque de procedencia suiza, estamos ante otra de las grandes fortunas americanas. Solomon Robert Guggenheim (1861-1949) fue industrial, coleccionista y filántropo. Comenzó coleccionando obra de los Maestros Antiguos y paisajes americanos hasta que en los años 20 descubre las vanguardias europeas y, entonces, el rumbo de su colección cambia. Entrar en este paraíso diseñado por Wright, es acceder a Picasso, Seurat, Delaunay, Léger, Juan Gris, Modigliani, Mondrian, Chagal y muchos Kandinskys, hasta 150, que rivalizan en color, estilo y cotización. En su Fundación se muestra su colección privada y la de otros que vinieron ampliar los ya de por sí increíbles fondos del museo.
El diseño helicoidal de Wright hace muy cómoda su visita, el descenso por las suaves rampas te permite observar todo sin temor a perderte por las salas. Aunque el edificio no estuvo exento de críticas por la luz, la altura, etc. Y qué decir de la Colección Thannhauser, donada por el marchante alemán Justin Tannhauser (1892-1976) al Guggenheim por compartir con Solomon su visión por el arte. Todo un lujo. Ahí me detuve un buen rato ante Pisarro, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Degas, Monet o Vouillard.
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Y, por último, cierro este paseo por el mundo de la “aristocracia” y del arte en Nueva York con Marguerite Guggenheim (1898-1979), más conocida como Peggy, sobrina de Solomon Guggenheim. Multimillonaria, excéntrica y coleccionista de arte, parece que de amantes también, fue una mujer liberada que vivió de forma intensa el París de los años 20, era la Barbara Hutton de la bohemia o la Princesa de los dólares. Ocupó muchísimas portadas de la época y se relacionó con los mejores artistas de principios del siglo XX, que no llevaban una vida burguesa precisamente. Max Ernst, su segundo marido, Duchamp, Chagall o Léger estaban en su círculo.
Adquirió gran parte de su obra durante los años 30, su lema era comprar un cuadro al día, aprovechó la caída de precios previa a la guerra. Picasso, Klee, Giacometti, Magritte, Brancusi…forman parte de su colección. En 1941 regresó a Nueva York con su colección, que hubiera sido objeto de deseo de los nazis al ser “arte degenerado”. Fruto de la frenética vida de Manhattan, fundó una galería llamada Art of This Century. Rompedora y visionaria apoyó a las mujeres artistas, algo muy progresista para la época, y a los talentos emergentes americanos de los años 40 como Mondrian o Jackson Pollock. El expresionismo abstracto se abría paso gracias a ella.
En el 47 Peggy se instala en Venecia, se pasea en su góndola particular con unas llamativas gafas de sol y empieza a abrir su colección al público, que finalmente lega a la fundación de su tío, pero con una condición, que estuviera expuesta en su palacio de Venecia: Palazzo Venier dei Leoni, donde está enterrada junto a sus 14 perros. Técnicamente es una colección de la Quinta Avenida, por eso la menciono, es ella “la que me inspiró” a la hora de escribir sobre los grandes nombres del coleccionismo neoyorkino y sus legados.
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Ya sea por altruismo, por dar lustre a los apellidos, por educar a la población, por pasar a la Historia o por cuestiones fiscales, lo cierto es que el coleccionismo en los Estados Unidos y sus donaciones o legados a los museos son espectaculares como hemos visto. Y qué decir de Europa. Que tiene muchísimo. Ahora bien, ampliar un museo no es tarea fácil, por eso destaco las palabras del filántropo Leonard Lauder en la Fundación Arte y Mecenazgo de Madrid, “si hoy los museos buscaran nuevas fórmulas para a animar a hacer pequeñas donaciones, el día de mañana serían mucho mayores”. Todo un reto, sin duda, estas palabras no deberían pasar desapercibidas en un país en el que algunos museos como el Reina Sofía no pueden ni organizar exposiciones temporales. Pero eso es otra historia.

