
No hay forma de que me entere de algo desde el principio y en profundidad. Cuando me vengo a dar cuenta ya están las personas, con etiqueta de expertas, efectuando críticas, correcciones y variaciones del tema. Refieren versiones 2.0 o 33.0, ya ni sé por dónde van.
Se me queda cara de tonta ¡otra vez! Salen como setas en otoño a parlotear en unos términos en los que voy con retraso. Hablan de la aluminosis y no me he enterado de cuándo echaron el cemento.
Es tal el aluvión de información que parezco la niña de “El exorcista”, el cuello me da vueltas, sin saber dónde mirar. El resultado es tan tremendo que ni puedo distinguir qué es información y qué es desinformación. Entre verdades que no identifico y mentiras intencionadas, que tampoco identifico, me está saliendo un edificio sin ascensor, con escaleras sin rellano, viviendas sin cocina, ni un triste balcón por donde corra el aire y un mínimo de tres baños (no comeré en casa, pero aseada iré y… vomitaré). Es indiferente el tema. Me ocurre con política, geografía, economía, puntos de molde, cotilleos de famosos, proyectos de leyes municipales, autonómicas y nacionales, etc. Voy tarde y con la cabeza (por dentro y por fuera) para irme al Circo Price y hacerme de oro con mi show giratorio.
Es tal el empacho que dudo si dormir o pasarme el día garbillando cosas que leo o escucho. Ni de guardia 24 horas sacaría un mapa conceptual aceptable.
Es tal el chaparrón que nos dejamos llevar por el insulto más grosero, nada ocurrente y en exceso impertinente para tomar posición (o suposición). Si yo, que lo estoy viviendo, no me entero ¿cómo van a entender este presente, cuando sea pasado, leyendo las crónicas las gentes del futuro? ¿Dónde está la entrada, dónde el cuerpo, dónde el debate, dónde la conclusión? ¿Me pasa solo a mí o a más gente?
Es tal la avalancha, perfectamente medida, de los emisarios de lodo para generar confusión que consiguen acólitos con un simple movimiento del rizo de su cabellera. Tremendo lo que veo. No aportan, no informan, no argumentan, solo juzgan y critican. Yo no me entero y los días pasan entre mis cábalas y sus variaciones.
Es tal el cúmulo que se atienden sólo los titulares en mayúscula y negrita. Con eso se construyen chabolas de consignas, se generan horas televisivas zafias, se publican opiniones disfrazadas de corderitos buenos que, a la mínima, sacan el buril y dejan surco sangrante. Ya se sabe… del surco a la urna.
Punto doble en la partida para los expertos en todo. Para mí, los actuales expertos en todo, son un globo henchido de soberbia construido desde la sinopsis, un breve prólogo, faltos de análisis, tres frases “molonas” y un alto grado de inconsciencia. A mí me han sobrepasado.
“Tontica, ya eras tontica” me dirán en mi grupo “Despertares” de WhatsApp.

