
Si vives en Murcia, eres murciano, juegas al tenis, aun sin practicarlo eres aficionado a este deporte de raqueta, el 9 de junio tenías la sobremesa a tu libre disposición… Me atrevo a afirmar que, si reunías al menos dos de estas condiciones, ese viernes a las 15.00 encendiste la tele, tu ordenador o tableta para ver la semifinal del torneo de Roland Garros. Lo que algunos calificaron como una final adelantada. Por cierto, si no cumples ninguna de las condiciones apuntadas, decirte que la disputaron Novak Djokovic y Carlitos Alcaraz. El jugador serbio ocupaba entonces el puesto n.º 3 y español el n.º 1. El resultado del partido fue 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1.
En mi caso se dieron cuatro de las condiciones. A lo mejor, por esto, no solo vi los 143 minutos del partido, sino también el antes y el después. En relación con ese después, leí y escuché las crónicas, las opiniones de periodistas, comentaristas deportivos, tenistas en activo y retirados. Dicho con otras palabras, me empapé de “sabiduría tenística”. Me pareció muy acertada la que dio el serbio: «lo siento mucho por él, es un competidor increíble; ganará este torneo muchas veces, no tengo ninguna duda». Supongo que, a estas alturas, seas o no aficionado al tenis, sabrás que el murciano se lesionó en el tercer set. Al principio se habló de calambres. Albergué la esperanza de que se recuperaría en un par de juegos, mi experiencia con este tipo de malestar se remonta a mi embarazo y… -He estado a punto de contarte una anécdota sobre rampas, calambres y diccionario, pero no me quiero desviar del tema-. Los calambres de Alcaraz tenían otro cariz, jugaban en otra liga o por utilizar argot tenístico eran de Grand Slam y los míos no llegaron a un Challenger. Tras la lesión de Alcaraz, el partido cambió el ritmo y la calidad. Algunos tildaron el partido de desgracia. Otros se preguntaban por qué Carlos Alcaraz no se retiraba. Pese a la insistencia de Juan Carlos Ferrero y su banquillo, el número uno no quiso tirar la toalla y decidió alargar su agonía en la pista central de Roland Garros.
No solo se usó la expresión ‘tirar la toalla’ durante el partido también el día después, mejor dicho, todo el fin de semana. Me llegó a resultar cansina que los medios abusasen de esta expresión pugilista para definir el comportamiento del tenista español (*). No me parecía apropiada, Carlitos ya sabía que no iba a ganar. En mi opinión seguir en la pista era una muestra de respeto a los espectadores que habían venido a ver el partido tras pagar su entrada -Nadal también nos tenía acostumbrados a no abandonar la pista a pesar de los dolores físicos-.
Algo me dice que lo que calificaron como desgracia, se va a convertir pronto en un simple contratiempo. Y es que Carlos Alcaraz ha vivido su mejor Roland-Garros, poco importa como haya acabado el torneo. Ha crecido como deportista y persona. Los aficionados al tenis estamos acostumbrados al sabor agridulce y Carlos a sus 20 años, puede utilizarlo en su beneficio, incorporando a su bagaje personal y deportivo importantes lecciones. Es lo que ahora se conoce como resiliencia.
Antes he apuntado que las palabras de Djokovic me gustaron especialmente. El ganador del Roland Garros del 2023 obtuvo en el torneo de París su 23 Grand Slam, este récord le otorga autoridad para hablar de ganar. Si Novak pronostica que Carlos va a ganar en futuro Roland Garros, mi confianza en su carrera deportiva aumenta.
Hasta ahora he hablado del después, apenas del durante y menos del antes. Como yo no soy comentarista deportivo, si quieres saber el durante, te propongo que te bajes el partido y disfrutes los dos primeros sets. Dicho esto, quiero compartir un antes que tiene que ver también con una toalla, que no fue acompañada del verbo tirar. Te lo cuento en próximo párrafo.
Estaban los dos tenistas en el túnel del vestuario, justo enfrente de un retrato de Rafa Nadal, preparados para salir a la pista. Primero salió el serbio. Carlitos abrió su bolsa, sacó su botella reutilizable y derramó agua. Desapareció del plano, los comentaristas especularon que había ido al baño y no dieron más detalles -supongo que no resultaba elegante especular las razones de hacer uso del servicio segundos antes de saltar a la pista-. Enseguida volvió con una toalla doblada, o eran dos, y se dispuso a secar el agua que había vertido. Para mí, este gesto dice mucho más de este joven que el que siguiera en pista dos sets a pesar de lo que le dolía el cuerpo. Me habla de que él es responsable de sus actos y las consecuencias que estos provocan, que no se le ha subido el ranking de la ATP a la cabeza, que no se le caen los anillos... En definitiva, me habla de una educación en casa impecable. Limpió lo que él ensució. Mi más sincera felicitación a la familia de Carlos Alcaraz y a todos los que han participado en su educación.
María José Bataller
(*) 'Tirar la toalla' significa darse por vencido, abandonar, no combatir más y rendirse cuando se sabe que no se saldrá airoso o vencedor de una situación. Se refiere al abandono de una búsqueda, objetivo o meta que puede ser tanto personal como académica, laboral, deportiva e, incluso, amorosa.
Dicha expresión tiene su origen en el boxeo. Cuando en medio de combate un entrenador tira la toalla al cuadrilátero, está indicando que su boxeador debe desistir de la lucha para evitar lesiones que puedan llevar daños irremediables.

