
Con este artículo “La mirada felina” se va de vacaciones estivales. Los dos últimos estuvieron dedicados a Nueva York y a sus grandes colecciones de arte, ahora toca cambiar la perspectiva y dirigirme hacia el mar. En junio suelo hacer balance del año, o mirarlo de refilón, es algo que no puedo evitar, y me parece que a día de hoy es mejor dejarlo estar.
En estas Miradas felinas aplico el triple filtro de Sócrates para que la comunicación sea saludable y constructiva. Antes de escribir me pregunto si lo que voy a contar es cierto, bueno y necesario. De no ser así, esto sería un tabloide en el que primaría el rumor y el cotilleo. Si lo que me cuentan es incierto, negativo e inútil, entonces prefiero no saberlo. Ni contarlo. Y mucho menos escribirlo porque esta columna, como todo lo que he hecho a lo largo de mi vida, es para el deleite de los sentidos.
Y que mejor sitio para deleitarse que el mar, donde olfato, tacto, vista, oído y gusto se fusionan sin esfuerzo. El mar me hipnotiza, no me canso de observarlo, es como si cada día lo estuviera viendo por primera vez. Ahora que se acerca el inicio de la temporada marina por excelencia, aunque me guste todo el año, siento un fuerte deseo de disfrutarlo. La brisa veraniega, nadar en sus cálidas aguas, hacer deporte junto a los acantilados mientras algunas embarcaciones perezosas siguen fondeados al caer el sol y las animadas cenas de verano me transportan hasta mi Arcadia feliz. El sonido vespertino de las chicharras, el viento de levante, el tacto de la arena, el olor a salitre y a algas y su espléndido color azul hacen de él un espectáculo de la naturaleza. ¿Morirá de éxito? No podemos obviar que la fuerte presión urbanística ha deteriorado no pocas zonas del litoral mediterráneo.
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Y el mar me lleva a mi auténtico Patrón, ese que quiso permanecer para siempre entre oleajes y estelas, y al que tanto echo de menos. El mismo que me enseñó a querer y a respetar el Mediterráneo, por eso cuando me sumerjo en sus tibias aguas lo siento un poco más cerca. Él lo disfrutaba todo el año. A veces salía a navegar en condiciones difíciles por el frío, las marejadas propias del invierno y las nubes. Y con la radio como única conexión con el puerto más próximo. Lecturas como la del “Acorazado Bismark” o “La guerra naval en el Pacífico”, llenaron su cabeza de Historia y de barcos. De navegación y pesca. De submarinos y portaviones. Ahora bien, no le hubiera convencido nada bajar a 3.800 metros para ver el Titanic en un batiscafo incómodo, frío y peligroso. Una de tantas tragedias que se reserva este medio, que no deja ser tan hostil como bello. Para eso tenía sus lecturas, para nutrirse de aventuras que nunca realizaría. Y para recrearse una y otra vez con el color que siempre le hacía soñar: el azul. El azul marino.
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Sea como fuere, el mar atrae como un imán. Grandes gestas se han realizado en él a través de los siglos. En España tenemos un ejemplo muy claro: Cristóbal Colón. Y el de otros muchos hombres valientes que navegaban en carabelas a merced de los vientos y las tormentas, del hambre y de la sed, de los motines a bordo y de las enfermedades. Otro español, Vasco Núñez de Balboa, en 1513, descubrió el Océano Pacífico. Se introdujo en el agua con la espada y el pendón de Castilla donde realizó un juramento en nombre de la Corona. Cuánta Historia guardan los océanos y los mares.
Como decía al principio, en unos días nadaré a diario en las aguas del mar Mediterráneo, beneficiándome así de las bondades relajantes de sus iones. Los buenos recuerdos y los mejores propósitos de vida aflorarán de forma natural al verme inundada por esta especie de agua “bendita”, si se me permite el símil. Las gestas heroicas se las dejo a los aventureros, exploradores e investigadores. Aquí me despido de la gente que me ha leído durante este tiempo y que con tanto cariño me ha transmitido su gusto por mi Mirada felina, y que ahora pone tierra de por medio para oxigenarse en su mar: el Mare Nostrum. ¡Buen verano amigos!

