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Opinión |
Martes, 10 de Octubre de 2023

Vidas apresuradas

 

“A veces llega un momento en que te haces viejo de repente…” Eso dice la canción de Celtas Cortos. No sé si decir “de repente” … es mucho decir pero que envejecemos es algo evidente.

 

Desconozco si este tema me ha venido a la cabeza por haber escuchado la canción, por haber entrado ya en la década de los 50 o por una mezcla de ambas a la vez, pero lo cierto es que asusta pensar que en unos quince años (que serán más…) llegará la jubilación para los de mi generación y es increíble porque tan sólo fue ayer (al menos en mi cabeza) cuando estudiaba en la facultad.

 

El tiempo vuela y no soy consciente de ello hasta que me paro a recordar vivencias con mis hijos y hago de “mi abuelo”. Entonces me doy cuenta de que, en efecto, he vivido mucho y bien.

 

Es importante darse cuenta del paso del tiempo porque así podemos disfrutarlo.

 

Mi generación ha ido muy rápido, quizá demasiado y es que nos pasamos la vida empujándola. Los lunes estamos deseando que llegue el viernes, en septiembre la Navidad, en febrero la Semana Santa, en abril, el verano y claro así no me extraña que todo se pase tan rápido.

 

¿Quién no ha escuchado alguna vez: “se me ha pasado la vida en un santiamén” o “no me he enterado de la infancia de mis hijos”?

 

Reconozco que a mí es al primero que le pasa. Quizá no nos gusta lo que tenemos y por eso tratamos de evadirnos, de saltar hacia delante.

 

La verdad es que no tengo claro si no nos gusta porque realmente es una situación no deseada, o simplemente porque el ser humano nunca está contento con lo que tiene y tiende a imaginar siempre algo mejor, incluso cuando lo consigue.  

 

  Creo que es necesario parar y ser consciente de los buenos momentos que a diario nos acompañan y que por la prisa pasan inadvertidos. Estamos rodeados de instantes agradables pero nuestra mente no los aprecia porque los da “por contado”. Se suelen apreciar cuando se pierden y forman parte del pasado, entonces viene a nuestra mente Jorge Manrique y lo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

 

Por eso yo me resisto a no ser consciente de lo bueno que me rodea y trato, a veces con éxito, de tener “conciencia plena” de mi vida. Más ahora cuando llevo consumida más de la mitad.

 

Lo cierto es que durante siglos nos han tratado de avisar de la fugacidad del tiempo, no hay más que ver antiguos relojes de péndulo y buscar la inscripción de Virgilio “Tempus fugit” que trata de advertirnos de lo efímero que es lo que mide el reloj.

 

La preocupación por el tiempo es universal (aunque en Occidente “no nos dé tiempo” a pensarlo al menos hasta que se nos ha escapado) Los japoneses tienen su propia visión al respecto y por ello hay una corriente dentro de la escuela Zen que se llama “Mono no aware” que defiende vivir la vida como un conjunto de momentos presentes y fugaces en vez de como una meta a largo plazo.  

 

En este contexto se entiende mejor la costumbre japonesa de contemplar la flor del cerezo. Cada año millones de japoneses se sientan bajo ellos para apreciar la belleza de la flor, la cual tiene una vida muy corta, tan solo de unos días por lo que es poco tiempo el que se puede admirar. Cuando desaparece, el sentimiento es de nostalgia por lo que se ha ido, pero al ser un proceso cíclico, todos los años vuelven a florecer, lo que supone nuevas alegrías al constatar que la vida continúa su camino floreciendo una y otra vez y de paso recordándonos lo breve de nuestra existencia.

 

No se trata de caer en la melancolía, muy al contrario, se trata de ser conscientes para ser más felices; el conocimiento ayuda a la felicidad.

 

Así que disfrutemos del tiempo que nos quede sabiendo que es lo más valioso que hay, porque es lo más escaso, de lo poco que además no se puede comprar. Parémonos de cuando en cuando a contemplar lo bello que nos rodea y nos sentiremos afortunados y en paz.

 

Como dice la actriz argentina Jimena Guevara:

 

“Tal vez lo terrible es el reloj y no el tiempo,

Pero igual nunca lo recomiendo

Quizá sólo aprovéchalo”

 

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