La vejez a lo Errol Flynn
Hace muchos años, cuando yo era un niño, conocí a una persona singular. Se trataba del abuelo del que por entonces era mi mejor amigo.
D. Antonio, que así se llamaba, tenía un aspecto distinguido, alto, pelo canoso, en forma pese a su edad y un bigote muy característico a lo Errol Flynn. Debo señalar para no ofender su memoria, que la apariencia física era lo único que tenían en común puesto que las personalidades, a juzgar por lo que he leído del actor, no podían ser más distintas.
Sus modales eran extremadamente educados, salvo cuando se enfadaba que soltaba varios tacos, que a nosotros, los niños, nos hacían reír, más por lo inesperado del personaje que por el propio contenido de los mismos.
Como digo, pese a su edad, se mantenía en forma; hacía deporte todos los días y cuidaba su alimentación, quizá en exceso.
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Recuerdo que a mí me encantaba charlar con él y pienso que de todos los amigos de su nieto, yo estaba entre sus favoritos. Quizá fuera porque, siquiera en apariencia yo era el más “formal” de la pandilla.
Me gustaba oírlo hablar de cualquier cosa puesto que tenía una inteligencia viva y un acento mitad madrileño, mitad murciano que me atraía, la verdad es que lo apreciaba mucho.
Se enfadaba bastante con nosotros si hacíamos algo que él pudiera pensar que fuera perjudicial para nuestra salud. Desde jugar al fútbol en la hora de la siesta y no guardar “el reposo” tras la comida, hasta más adelante fumar o beber.
No podía entender cómo los jóvenes de entonces no cuidábamos nuestros cuerpos. -Sólo tenemos uno- me decía.
La alimentación era otro pilar de su discurso. Debía ser variada, aunque escasa y con abundantes frutas y verduras.
Desde luego predicaba con el ejemplo puesto que hacía todo aquello que el manual de lo saludable predicaba y recogía los frutos a su esfuerzo ya que su apariencia física distaba mucho de la normal para las gentes de su edad de aquella época.
Recuerdo que en una de nuestras conversaciones que manteníamos al margen del resto me comentó:
-Gabriel, si uno se cuida, puede llegar fácil, muy fácil a los 90 años, el cuerpo humano es como un coche, si lo cuidas te puede durar toda la vida, pero si no lo haces te deja tirado en la cuneta a las primeras de cambio.
Aquella conversación se me quedó grabada, no sé muy bien si fue por su forma de contarlo o por la convicción con que me lo dijo.
Lo cierto es que pasó el tiempo y la vida nos llevó por caminos distintos a su nieto y a mí, lo que provocó que perdiera todo contacto con aquel hombre tan especial.
No volví a saber nada de él hasta que un día, muchos años después de aquella conversación, me lo encontré en una clínica de rehabilitación. Me hizo mucha ilusión volverlo a ver. Su aspecto era el de siempre, quizá la mirada algo más cansada, pero con el mismo porte.
Sin dudarlo me acerqué a él y lo abracé. D. Antonio se emocionó al verme y hablamos un rato de pie hasta que me llamaron para el tratamiento. Me acuerdo que se interesó por mis padres, por si había terminado mi carrera universitaria y por si ya había encontrado trabajo.
Fue entonces cuando compartí con él mi recuerdo de aquella conversación. Le dije:
-Aún pienso en lo que me contó veinte años atrás sobre el cuerpo humano; que si lo cuidas es muy fácil llegar a los 90. ¡Usted lo ha conseguido! ¡Enhorabuena!
En ese momento, las lágrimas arrasaron sus ojos y mirándome fijamente me dijo:
-Sí, Gabriel, pero… ¿para qué?
Aquella frase fue su última enseñanza y la última vez que lo vi.
Desde entonces contemplo con otros ojos la vejez y la soledad y pienso que no quiero ser el último en marcharme cuando mi mundo comience a desaparecer.
Sigo aplicando sus consejos en cuanto a cuidarme pero tampoco me exijo el sacrificio del presente por una vida futura incierta y cautiva.
Descanse por fin en paz D. Antonio, donde quiera que esté.





















