La casa abandonada
Lo pienso muy a menudo. Normalmente cuando más estresado me encuentro, lo que no es muy raro teniendo en cuenta las vidas que llevamos, sobre todo en las ciudades.
Los trabajos, los hijos, las ocupaciones familiares, los problemas cotidianos que siempre vienen o los compromisos con nosotros mismos o con terceros, nos mantienen en alerta y en ocasiones con una sensación de querer pero no poder.
Quizá la vida que llevamos vaya demasiado rápida (o nosotros demasiado lentos). En ocasiones tengo la impresión de que persigo algo pero cuando llego ya se ha ido. Por eso, me gusta contactar con la naturaleza siempre que puedo y en especial los fines de semana; para darme cuenta de que fuera de la vorágine humana hay otro ritmo.
Lejos de lo humano todo tiene su propio compás y observándolo, me contagio y por fin me relajo.
Todo obstáculo parece más insalvable en la gran urbe pero frente al mar o la montaña cualquier dificultad se hace más pequeña.
Los seres humanos tenemos la rara habilidad de complicarnos la vida tratando de facilitárnosla. Viviendo en sociedad potenciamos nuestra propia complejidad porque nos animamos, a veces de forma inconsciente, unos a otros.
Un sábado hace ya mucho tiempo, en Sierra Espuña, muy cerca de los Pozos de la Nieve de Murcia, caminaba bajo un frío intenso, tanto que de pronto comenzó a nevar. Lejos de regresar al coche, decidí continuar un poco más y admirar el paisaje. Reconozco que mi primer pensamiento fue bajar de la montaña por miedo a quedar atrapado por la nieve, pero lo cierto es que en ese momento las precipitaciones no eran preocupantes.
Tras unos minutos más de caminata, divisé en medio de un valle los restos de lo que en otro tiempo debió ser la vivienda de alguien. Con ánimo de encontrar refugio me acerqué a las ruinas y me acomodé como pude en lo que fuera el cobertizo. La nieve amainó hasta dejar de ser una amenaza, lo que aproveché para desenfundar los bocadillos y reponer fuerzas.
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Fue entonces cuando mi cabeza comenzó a divagar por aquellas cuatro paredes ya sin techo. Me imaginé lo que debió ser la vida de aquellos habitantes de la casa, en aquel entorno hostil, rodeados de nieve, con frío y viento. Teniendo que alimentar a sus animales y sin comodidades tan rudimentarias como agua corriente o electricidad. Debiendo bajar a los pozos para compactar la nieve y cubrirla de ramas aguardando el verano
Ese pensamiento me llevó a tomar conciencia de que aquellas vidas sí que eran difíciles y no porque esas gentes se las quisieran complicar. Eran penosas porque no había alternativa, porque pararse suponía el desastre. Allí no cabía el ocio o el aburrimiento, se trataba de trabajar, ni más ni menos que para poder comer y subsistir.
Sin embargo, me sentí atraído por aquellas vidas sencillas, en las que la conciencia sólo se centraba en el momento. En las que no había más competición que la que tuvieras con tu propio destino.
Allí mismo, caí en la cuenta de que algo no debía estar haciendo bien cuando sentía una falsa nostalgia de aquellas vidas tan difíciles. Fui consciente de que lo que envidiaba era la sencillez de tener un sólo foco de atención, un solo frente.
Me gustaría decir que desde aquel día, algo cambió en mí, pero por supuesto que mi vida sigue siendo tan compleja como la de cualquiera de mi tiempo, pero cuando todo se arremolina a mi alrededor, cuando siento que soy incapaz de llegar, que me encuentro sobrepasado y estoy a punto de estallar, de cuando en cuando, me acuerdo de aquella casa solitaria en medio del valle, rodeada de montañas y pienso en sus habitantes para focalizar un problema detrás del otro y hacer más sencilla mi propia vida.






















