FLECHAS, PALABRAS Y OPORTUNIDADES PERDIDAS
No es una novedad que por internet circulan toda clase de cosas. Es prácticamente un universo en el que encontrar estrellas, planetas y, por supuesto, toda clase de chatarra «espacial». Por eso mismo hay que coger con pinzas prácticamente todo aquello con lo que nos topemos en la red, especialmente cuando se trata de citas célebres o proverbios procedentes de lugares lejanos.
Uno de los proverbios que circulan por la red, del cual no digo que no sea cierto, pero tampoco he podido verificar que lo sea, es el que reza «En la vida hay tres cosas que no vuelven atrás: la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida». Se encuentra en infinidad de sitios web y se atribuye a la cultura china. Como digo, no he podido verificar que sea así, pero, pensándolo bien, qué más da. La idea que transmite es igual de potente ya fuese inventado hace tres mil años en China o anteayer por la tarde en la calle de atrás.
De las tres cosas que no vuelven atrás, hoy quiero centrarme en la segunda: la palabra pronunciada. Todos hemos herido con palabras pronunciadas a destiempo o en momentos de gran tensión; todos hemos sido heridos por palabras de ese mismo tipo en alguna ocasión. Y es que las palabras, aunque no son más que aire (y van al aire, como los suspiros), a veces parecen tomar cuerpo y golpear directas al mentón. O, al contrario, pueden suavizar la reunión más incómoda que se pueda imaginar (incomodidad que, con alta probabilidad, también ha sido causada por palabras).
En definitiva, las palabras pueden comportarse como flechas lanzadas y, al igual que éstas, ser imparables hasta alcanzar su destino. En ese momento, el daño ya está hecho. Un daño que ha podido ser voluntario… o involuntario, y esto último es el drama definitivo. Porque no pocas veces habremos metido la pata (al menos yo me confieso culpable de ello) diciendo lo que no debíamos, de la forma más inadecuada y/o en el momento menos oportuno. En el peor de los casos, somos conscientes del daño que vamos a causar en el mismo instante de estar pronunciando esas palabras. Y ahí ya no hay freno de seguridad ni airbag que nos salve. Estamos perdidos.
Pero no tiene por qué ser así. Podemos aprender a expresarnos de forma adecuada. Podemos aprender a comunicarnos de forma eficaz y, de esta manera, reducir al mínimo las posibilidades de meternos en líos con discursos inapropiados al mismo tiempo que aumentamos nuestras probabilidades de éxito. Y todo ello a través del uso de las palabras, a través del arte que rige su uso de forma eficaz: la Retórica.
La Retórica no es más (ni menos) que la disciplina que estudia el lenguaje para dotar a nuestras palabras de eficacia a la vez que, yéndonos a la definición más clásica, deleitamos, persuadimos o conmovemos. E incluso las tres a la vez. Y, como ya he dicho en otras ocasiones, durante siglos constituyó una parte fundamental de la educación en Occidente, pero diversos motivos la relegaron a un rincón, acusada de materia maldita orientada al discurso vacío de objetivos torticeros. Huelga decir que pocas cosas hay más lejos de la realidad que esa falsa impresión, pero el caso es que la imagen caló hasta hacer desaparecer la Retórica de nuestra realidad pedagógica. Tal vez sea interesante estudiar en detalle hasta qué punto las épocas en que se ha dado de lado la Retórica (y otras ciencias casi inseparables de ella) han coincidido con los momentos más oscuros de la Humanidad, pero esto es materia de investigación doctoral y en esta columna no hay espacio para ello.
La cuestión que nos atañe aquí es la reivindicación del arte de la palabra como herramienta fundamental para la convivencia social y asignatura imprescindible en cualquier sistema educativo que quiera presumir de ser ambas cosas (sistema y educativo, quiero decir). Porque es el uso adecuado de la palabra el que nos abre puertas, así como es su uso inadecuado el que nos las cierra. Es el uso adecuado de la palabra el que nos permite demostrar nuestras mejores habilidades, así como es su uso inadecuado el que nos impide hacerlo.
En definitiva, las palabras son flechas lanzadas que no tienen vuelta atrás, pero también son la mejor herramienta para evitar lamentos futuros por oportunidades perdidas.





















